Por Jesús Alfaro Águila-Real

 

En realidad, como han sido anglosajones los que han sostenido tal cosa, hay un poco de confusión sobre qué es lo que merezca tal honor de ser la “innovación no tecnológica más importante de la Historia”. Unos dirían que es la idea de personalidad jurídica o creación de patrimonios separados y personificados y otros dirían que es la idea de personalidad jurídica más la organización corporativa de dicho patrimonio, esto es, como una organización que dispone de órganos a través de los cuales los miembros toman las decisiones convenientes sobre el patrimonio común, con vida eterna y con libre transferencia de las participaciones.

Sea cual sea la razón, la persona jurídica corporativa merece tal honor, al menos, por las siguientes razones:

  • porque permitió la acumulación de capital para emprender negocios o aventuras de gran envergadura que requerían enormes inversiones en capital fijo que no estaban al alcance de ningún individuo aunque fuera el Rey de Inglaterra  (comerciar por mar entre Europa y Asia y acabar apoderándose del continente asiático gobernando dictatorialmente la India o a Indonesia, construir el Canal del Eire …);
  • porque las empresas sobrevivían intactas a los fundadores ya que sus herederos no tenían derecho a retirar los bienes del patrimonio social. Sólo a que les entregaran las acciones o participaciones sociales, lo mismo que los socios, que sólo podían reclamar, en su caso, su cuota de liquidación, pero no retirar los bienes que formaban el patrimonio de “otra persona”. Esto es fundamental para que puedan llevarse a cabo empresas de largo plazo (entity shielding). 
  • porque permitió a los rentistas (y a las viudas) invertir sus ahorros en actividades comerciales e industrialesya que se limitaban a comprar unas acciones y no corrían los riesgos de la empresa. Lo peor que les podía pasar es que perdieran el dinero invertido; “inventarse” a una persona permitía no sólo acumular capital sino aislar ese patrimonio respecto de los patrimonios de los miembros de la corporación (responsabilidad limitada) que no habían de temer que los acreedores sociales vinieran contra ellos a cobrarse sus créditos contra la sociedad y, a la vez, podían deshacerse de sus acciones rápidamente vendiéndolas en un mercado con lo que recuperaban lo invertido sin que el patrimonio de la compañía se viera afectado. Los holandeses, en el siglo XVII, inventaron así las primeras acciones libremente transmisibles (las de la Compañía de las Indias Orientales – VOC -) que se vendían y compraban en la plaza de Amsterdam de una forma tan eficaz que, si alguien necesitaba pedir dinero prestado, simplemente, empeñaba/pignoraba sus acciones de la VOC en garantía de que devolvería el dinero, con lo que dejaban muy poco negocio a los banqueros. Al centralizarse la gestión y el control de los activos que constituyen el patrimonio común en los administradores, se reducen las necesidades de comunicación entre los cotitulares y el número potencial de copropietarios puede incrementarse, casi, sin límites. Los cotitulares pueden dejar de preocuparse de lo que hagan los demás miembros de la corporación. Por supuesto, no tienen por qué tener experiencia alguna en la gestión de esos recursos comunes ni siquiera estar en modo alguno interesados en averiguar cuál es la mejor forma de explotarlo. Los accionistas pueden convertirse en unos propietarios “ausentes”.
  • porque se obtienen las enormes ganancias de eficiencia de la especialización. Al separar las funciones de propietario y controlador de los recursos, algunos particulares -los accionistas- pueden especializarse en “ser propietarios” y otros -los administradores- pueden especializarse en gestionar recursos. Aunque suena extraño, los inversores en acciones en un mercado bursátil son especialistas en ser propietarios. Se especializan diversificando riesgos. Al adquirir participaciones en empresas distintas cuyas actividades están sometidas a niveles de riesgo distintos y no correlacionados, el inversor soporta un riesgo muy inferior al que soportaría si hubiera concentrado la inversión en una empresa. Esto se traduce, de parte de las empresas, en que éstas obtienen capital a menor coste cuando aumentan el número de accionistas. En otras palabras, y ceteris paribus, tener muchos accionistas permite a las empresas financiarse a menor coste. De esta forma, los accionistas tienen, aparentemente, lo mejor de los dos mundos: gestión unificada y profesional de sus inversiones y diversificación.
  • porque la organización de los condueños – socios – era tan flexible que se podía utilizar para cualquier tipo de negocio o de actividad. Las colonias eran corporaciones. Las Iglesias eran corporaciones, las organizaciones benéficas eran corporaciones…
  • porque la “vida eterna” les permitió acumular conocimientos dentro de la organización e innovaciones incrementales. Por ejemplo, la Compañía de la Bahía de Hudson, que fue fundada en 1670 y sigue existiendo hoy, fue la “inventora” de lo que hoy llamamos gestión de recursos humanos. Crearon una escuela para formar a sus empleados que, a continuación, hacían carrera en la compañía hasta su jubilación. Hasta la invención de la sociedad anónima, tales innovaciones y conocimientos sólo podían acumularse en corporaciones religiosas o estatales. Por ejemplo, en una orden religiosa como los jesuitas o más tarde el Opus Dei o en una corporación pública como la Guardia Civil.

Imagen: Remedios Varo. Museo de Bellas Artes México