Por Pablo de Lora

Sobre el 8 de marzo y el género

Vivimos tiempos extraños. La ciudadanía está convocada el 8 de marzo a una huelga que, coincidiendo con el llamado “Día de la mujer”, llama a una movilización global para, dicho resumidamente, denunciar las violencias contra las mujeres y la LGTIfobia, la brecha salarial, el inequitativo reparto de las “tareas de cuidados”, la soberanía alimentaria de los pueblos, que las niñas puedan ser educadas fuera “del marco del amor romántico”, entre otras reivindicaciones y denuncias que engrosan un profuso manifiesto. Ese día, y para apoyar a la huelga feminista, los hombres son encomendados a ocupar un papel secundario y ocuparse de las dichas tareas de cuidado. El presupuesto de una huelga semejante, como de la propia y justa vindicación feminista que busca eliminar la discriminación por razón de sexo, es claro: existen hombres y mujeres – y tal vez un número pequeño de individuos de condición intersexual- y esa condición escapa a la voluntad de quienes ocupan una u otra categoría. Así, no se pide a los que “se identifican como hombres”, sino a los “hombres” que cuiden del hogar el 8 de marzo, y la brecha salarial que se denuncia consiste en una comprobación estadística que no controla en absoluto si quienes ganan menos en media son quienes “se identifican como mujeres” sino, rectamente, las “mujeres”. Y así sucesivamente. Perdonen la obviedad, pero ya verán que no es tan obvia.

Los representantes políticos de la ciudadanía española están llamados a discutir, y eventualmente aprobar en el Parlamento, un proyecto de ley del grupo Unidos Podemos sobre la “protección jurídica de las personas trans y el derecho a la libre determinación de la identidad sexual y expresión de género”. De acuerdo con dicho proyecto las personas trans son aquellas cuya identidad sexual o expresión de género no es la que les fue asignada al nacer mediante el análisis de los genitales con los que nacieron. De otra parte, las “personas no binarias” son aquellas cuya identidad sexual o de género se ubica fuera de los conceptos de hombre/mujer o fluctúa entre ellos. Así, la falta de correspondencia entre la identidad sentida y las normas y expectativas asociadas a ese sexo al nacer es la fuente de la discriminación dañina hacia esos individuos, se dice en el proyecto. La libre autodeterminación de la identidad sexual y expresión de género obliga a todos a respetar su integridad corporal, y el modo específico – con o sin tratamiento quirúrgico o farmacológico- en el que el individuo decide expresar su identidad de persona trans o no-binaria (así, véase en particular el artículo 5.3.). Todos los mayores de 16 años – e incluso los menores con capacidad intelectual y emocional suficiente- podrán promover ante el encargado del Registro Civil la modificación de su identificación sexual que, a partir de la aprobación de la ley, será de Femenino, Masculino o No-Binario.

La discriminación secular contra las mujeres se asienta sobre una panoplia de roles, expectativas y normas falazmente pretendidas como “naturales”, propias de la condición femenina. La reivindicación feminista de la primera ola consistió precisamente en quebrar una doble falacia: naturalista – las evidentes diferencias biológicas no justifican desigualdad en derechos- y de división – los rasgos predicables de un grupo no pueden ser mecánicamente atribuidos a los miembros del grupo.

Pues bien, la huelga del 8 de marzo se asienta sobre un conjunto de presunciones irrebatibles, expectativas y roles que se vuelcan in toto sobre todos y cada uno de aquellos que, en su día, como se dice al respecto de los trans, fuimos identificados al nacer mediante el análisis de nuestros genitales para engrosar la categoría “hombre”, circunstancias todas ellas que han escapado a nuestro control y voluntad. Parece no importar nada lo que pudiéramos sentir, creer u opinar sobre lo valioso – o discutible- de las reivindicaciones del 8 de marzo; sólo nuestros genitales son relevantes, por lo que parece, y viceversa con respecto a las “mujeres”. “Si eres padre cuida de tus hijos”, reza el primer mandamiento de una lista de cosas que los hombres podemos hacer el 8 de marzo. Soy hombre y padre, este es un dato genéticamente incontestable, como mi edad, y no siento ninguna necesidad de modificar la identificación biológica practicada cuando nací. Tampoco entiendo la categoría “no binaria” (aunque sí el fenómeno de la intersexualidad), pues no me parece que se deba inscribir la “concepción del sexo o del género” que tenga cada cual (de la misma manera que en la categoría correspondiente a la edad no procedería indicar “calendario no juliano”). Es más, me parece que lo más progresista e igualitario sería eliminar completamente la identificación del sexo en el Registro Civil (tampoco se registra el color de los ojos). Pero como los trans y los no-binarios, exijo que se me juzgue y valore como un individuo igual, esto es, que las atribuciones que alimentan este feminismo preponderante y rimbombante del próximo 8 de marzo no me socaven como persona, que no me posterguen de la forma en la que secularmente se ha hecho sobre las mujeres por el mero hecho de ser mujer durante siglos.


Remedios Varo, Mimetismo, Museo de Arte Moderno, México

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