Por Pablo Salvador Coderch

Hay reformas a coste cero. Una de ellas consistiría en añadir dos pruebas a las oposiciones a jueces y fiscales: un caso práctico de derecho y una redacción de 5.000 palabras sobre una de entre tres temáticas propuestas en cada ocasión por el tribunal de oposiciones, a escoger por el opositor: ciencias sociales, arte y humanidades, o ciencia y tecnología. Luego, en la Escuela Judicial, los jueces en prácticas deberían escoger tres asignaturas no jurídicas de entre diez ofrecidas por académicos y profesionales ajenos al derecho.

Pero todo es empezar desde el primer día, cuando uno era estudiante de primero de derecho: el resplandeciente libro cuya lectura recomiendo como deberes de vacaciones a los juristas en ciernes –opositores de 2020- no versados en la ciencia lúgubre –la economía- será probablemente el manual de referencia sobre la materia del resto de esta década. Por lo  menos.

Lo han escrito Daron Acemoglu, del MIT, David Laibson, de Harvard, y John A. List, de Chicago. Añade a predecesores legendarios – como los beneméritos manuales de Paul Samuelson y William Nordhaus, el de Gregory Mankiw, o el de Paul Krugman y Robin Wells- el enfoque empírico en todos los temas tratados. Es un libro empirista y esto es algo que los juristas agradecemos mucho. Y los jueces más aún: ya he escrito en otro Pie de Foto que para el juez, en el principio siempre está el caso, un caso real que exige a Su Señoría ese ir y venir de la mirada desde el texto de la ley general al caso particular y de vuelta a la ley. Este libro ayuda, ayuda mucho a quien quiere ingresar en el mundo de las profesiones jurídicas sin haber pasado por un curso elemental de economía.

Y, naturalmente, ayuda a todos aquellos que abogamos por políticas públicas fundadas, por leyes ajustadas a su consecución y por buenos gestores de la leyes y del gobierno; también nos ayuda a muchos de nosotros, que abogamos por los derechos e intereses de nuestros clientes, para entender la realidad: ¿por qué el salario medio de los camioneros es bastante superior al de los maestros de escuela? Bueno, la primera profesión es mucha más dura que la segunda. O ¿por qué exámenes ciegos son mejores que las burdas cuotas de género? Pues es que, en las orquestas sinfónicas, un biombo hace maravillas: permite elegir a los mejores instrumentistas –hombres o mujeres- de mucha mejor manera que si la ley obligara a los directores del teatro de ópera a escoger a priori a un 40% de mujeres. O los números asignados a los candidatos en lugar de sus nombres posibilitan pruebas anónimas cuya corrección evita el sesgo de quien prefiere a Abraham, Moisés y a Noé, por un lado, sobre a Ibrahim, Musa y Nuh, por el otro -¡qué poco caemos en la cuenta de lo cerca que estamos los unos de los otros!-. O ¿Por qué son tan frecuentes las guerras de precios entre líneas aéreas?, ¿por qué es tan difícil de regular coherentemente el mercado del taxi?, ¿por qué no hay que fomentar el juego, un impuesto sobre la estupidez?.

Los tres autores del libro responden a cientos de preguntas como las anteriores desde su conocimiento contrastado de la ciencia económica, pero, además y en todos los casos, desde la empiría. Aquí el jurista ya no puede objetar que algunos modelos empleados por el economista para proponer tales o cuales respuestas o medidas regulatorias o para interpretar la legislación vigente están construidos como castillos en el aire -o en España-. La realidad manda tanto como la teoría.

Tras haber leído este libro u otros comparables, estoy seguro, absolutamente cierto de que muchos de mis lectores podrán mejorar fundadamente la propuesta de reforma de las oposiciones judiciales españolas que he formulado al inicio de este post. Hay muchos otros libros que permiten construir en derecho sobre buenos cimientos. Pero, a riesgo de haberme equivocado, este es un candidato óptimo a estar en la lista de los diez primeros.

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