Por Jesús Alfaro Águila-Real

 

En realidad, como han sido anglosajones los que han sostenido tal cosa, hay un poco de confusión sobre qué es lo que merezca tal honor de ser la “innovación no tecnológica más importante de la Historia”. Unos dirían que es la idea de personalidad jurídica o creación de patrimonios separados y organizados – gobernados – para insertarse en el tráfico jurídico y otros dirían que es la idea de personalidad jurídica organizada corporativamente, esto es, como una organización/sistema de gobierno que dispone de órganos a través de los cuales (i) los miembros de la corporación o (ii) los que formaron el patrimonio en primer lugar – en las corporaciones fundacionales – toman las decisiones sobre el patrimonio separado, con vida eterna y, en su caso, con libre transmisión de las participaciones.

Sea cual sea la razón, la persona jurídica corporativa merece tal honor, al menos, por las siguientes razones:

  • Porque permitió la acumulación de capital para emprender negocios o aventuras de gran envergadura que requerían enormes inversiones en capital fijo que no estaban al alcance de ningún individuo aunque fuera el Rey de Inglaterra  (comerciar por mar entre Europa y Asia y acabar apoderándose del continente asiático gobernando dictatorialmente la India o Indonesia, construir el Canal del Eire …). Además, permitió a los rentistas (y a las viudas) invertir sus ahorros en actividades comerciales e industriales ya que se limitaban a comprar unas acciones y no corrían los riesgos de la empresa. Lo peor que les podía pasar es que perdieran el dinero invertido. Pero, sobre todo, la constitución de las primeras sociedades anónimas redujo extraordinariamente los costes de transacción que enfrentaban los ahorradores para invertir sus ahorros y participar de las ganancias del comercio internacional. Hasta la constitución de las primeras sociedades anónimas, los ahorradores tenían que invertir a través de figuras como la commenda o el préstamo a la gruesa, lo que exigía la celebración de contratos individuales entre un comerciante y cada uno de los inversores. O bien, como ocurría con la financiación a los Austrias, mediante la distribución del préstamo por parte de los banqueros genoveses entre centenares de ahorradores que aportaban una pequeña cantidad. La sociedad anónima amplía así los mercados de capitales centralizados al incluir en ellos, además de la deuda, la participación en el capital de las compañías.
  • Porque las empresas sobrevivían intactas a los fundadores ya que sus herederos no tenían derecho a retirar los bienes del patrimonio social. Sólo a que les entregaran las acciones o participaciones sociales, lo mismo que los socios, que sólo podían reclamar, en su caso, su cuota de liquidación, pero no retirar los bienes que formaban el patrimonio de “otra persona”. Esto es fundamental para que puedan llevarse a cabo empresas de largo plazo (entity shielding). 
  • Porque “inventarse” a una persona permitía no sólo acumular capital sino reforzar la convicción de que el patrimonio de ésta estaba “aislado” o “incomunicado” con los patrimonios de los miembros de la corporación, lo que otorgaba a éstos, “naturalmente” responsabilidad limitada. Así, los miembros no habían de temer que los acreedores sociales vinieran contra ellos a cobrarse sus créditos contra la sociedad y, a la vez, podían deshacerse de sus acciones rápidamente vendiéndolas en un mercado con lo que recuperaban lo invertido sin que el patrimonio de la compañía se viera afectado. Los compradores de tales acciones podían hacerlo en la seguridad, a su vez, de que tampoco se les reclamaría el pago de las deudas sociales por el hecho de adquirirlas. Los holandeses, en el siglo XVII, inventaron así las primeras acciones libremente transmisibles (las de la Compañía de las Indias Orientales – VOC -) que se vendían y compraban en la plaza de Amsterdam de una forma tan eficaz que, si alguien necesitaba pedir dinero prestado, simplemente, empeñaba/pignoraba sus acciones de la VOC en garantía de que devolvería el dinero, con lo que dejaban muy poco negocio a los banqueros. Además, al centralizarse la gestión y el control de los activos que constituyen el patrimonio común en los administradores, se reducen las necesidades de comunicación entre los cotitulares y el número potencial de copropietarios puede incrementarse, casi, sin límites. Los cotitulares pueden dejar de preocuparse de lo que hagan los demás miembros de la corporación. Por supuesto, no tienen por qué tener experiencia alguna en la gestión de esos recursos comunes ni siquiera estar en modo alguno interesados en averiguar cuál es la mejor forma de explotarlo. Los accionistas pueden convertirse en unos propietarios “ausentes”.
  • porque se obtienen las enormes ganancias de eficiencia de la especialización al separar las funciones de propietario y controlador de los recursos. La separación permite la especialización: algunos particulares -los accionistas- pueden especializarse en “ser propietarios” y otros -los administradores- pueden especializarse en gestionar recursos. Aunque suena extraño, los inversores en acciones en un mercado bursátil son especialistas en ser propietarios. Se especializan diversificando riesgos. Al adquirir participaciones en empresas distintas cuyas actividades están sometidas a niveles de riesgo distintos y no correlacionados, soportan un riesgo muy inferior al que soportarían si hubieran concentrado la inversión en una empresa. Esto se traduce, de parte de las empresas, en que éstas obtienen capital a menor coste cuando aumentan el número de accionistas. En otras palabras, y ceteris paribus, tener muchos accionistas permite a las empresas financiarse a menor coste. De esta forma, los accionistas tienen, aparentemente, lo mejor de los dos mundos: gestión unificada y profesional de sus inversiones y diversificación.
  • porque la organización era tan flexible que se podía utilizar para cualquier tipo de negocio o de actividad. Las colonias eran corporaciones. Las Iglesias eran corporaciones, las organizaciones benéficas eran corporaciones; las profesiones eran corporaciones; los oficios eran corporaciones; las ciudades eran corporaciones. Todas las organizaciones sociales eran corporaciones hasta la Revolución Francesa.
  • porque la “vida eterna” les permitió acumular conocimientos dentro de la organización e innovaciones incrementales. Por ejemplo, la Compañía de la Bahía de Hudson, que fue fundada en 1670 y sigue existiendo hoy, fue la “inventora” de lo que hoy llamamos gestión de recursos humanos. Crearon una escuela para formar a sus empleados que, a continuación, hacían carrera en la compañía hasta su jubilación. Hasta la invención de la sociedad anónima, tales innovaciones y conocimientos sólo podían acumularse en corporaciones religiosas o estatales. Por ejemplo, en una orden religiosa como los jesuitas o más tarde el Opus Dei o en una corporación pública como la Guardia Civil.

Imagen: Remedios Varo. Museo de Bellas Artes México

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