Por Juan Antonio García Amado

(la primera parte aquí)

7. ¿Vestuario?

En una conferencia o evento similar no es diferente de en otros momentos de la vida social. Por ejemplo, a usted se le sienta al lado alguien en el avión y con un vistazo levísimo ya se ha hecho una idea de por dónde van el personaje y sus tiros. Margen de acierto, el noventa por ciento, poco más o menos. Así que no hablamos de prejuicios gratuitos, sino de lo que la experiencia vital enseña.

Cuando usted tiene que hablar ante un público que no lo conoce a usted de antes, puede preguntarse si quiere ser previsible o si prefiere sorprender. Una de las maneras de hacer que el estilo de lo que vamos a exponer sea certeramente adivinable es el manejo de la apariencia. Por ejemplo, hace poco escuché en un país latinoamericano a un orador que iba con chaqueta de pana negra, sin corbata, con pantalones informales de un color que no ligaba con la americana y zapatos de esos muy cómodos para caminar por senderos asfaltados en el bosque, y lucía unos hermosos rizos levemente canosos. Con verlo subir al estrado y echar un ojeada al título de su charla ya me podría haber marchado, sabiendo a ciencia cierta lo que iba a decir y cómo. Me quedé y no erré ni un ápice en mis previsiones. Es más fácil que nos sorprenda uno con traje oscuro y encorbatado.

Muchos conferenciantes, al menos en determinados contextos o ambientes, suman un objetivo adicional al de exponer las ideas sobre el tema asignado o elegido: el de exponerse a sí mismos, el de hacerse notar como personajes con una impronta particular o, sobre todo, ligados a un cierto grupo o tendencia. ¿Eso es bueno o malo? Depende del auditorio, pero, salvo que se trate de una reunión de fieles de la misma secta o de ovejas en rebaño común, yo diría que es malo. Porque ese orador, por previsible, ni va a sorprendernos ni se va a atrever a proclamar cosa alguna que desentone con lo que por su peinado o por sus playeras de él se espera.

¿Estrategia posible si usted no quiere ser un orador así fungible y al que pudiera sustituir cualquier pelanas de idéntica cuadra y capaz de repetir tópicos y posturas? Pues o la sorpresa radical o el camuflaje enigmático. La sorpresa radical la da el que aparece con una pinta y luego no proclama lo que por ella se espera. Por ejemplo, uno llega todo modosito y aseado y acaba invitando al sexo libre o a dejar de ir a misa; o se presenta con la melenilla por detrás de la calva, con la camisa subida hasta los codos y en sandalias y sale con una propuesta para restaurar la familia tradicional, si eso es lo que piensa. El choque para el auditorio será garantía de que se le presta atención.

La otra alternativa es el mimetismo. Vaya como se suele, píllelos descuidados y sin ideas preconcebidas. Por ejemplo, en mi ámbito, que es el del Derecho y los juristas, eso significa traje y corbata, y hasta con camisa blanca y bien planchada. Con tal uniforme no van a saber qué esperar exactamente los oyentes, aunque ya excluyen que usted sea obispo o dirigente de Greenpeace. Es decir, los tiene a su merced porque andan mirando cómo ubicarlo y se van a poner a escuchar lo que les dice, a fin de ver por dónde respira y encajarlo en sus clasificaciones.

Y mire esto otro: salvo en las concentraciones de mindundis idénticos y uniformados, la gente agradece que el expositor se arregle un poco, ya que entenderá que se adecentó para ellos, para la audiencia. Y si usted, por moderno y fingidamente desenvuelto, aparece con el lamparón en la chaquetilla o los zapatos carcomidos por los años y la falta de cremas, no lo van a considerar tan natural, sencillo y “enrollado” como usted creía, sino como un cochino que no se asea ni cuando espera visita elegante o tiene cita con personas de provecho.

8. Que se le entienda, por favor, que se le entienda

En determinadas disciplinas, como las jurídicas, algunas de las llamadas humanidades y ciertas ciencias sociales influye el mito bobo de que el conferenciante oscuro es conferenciante muy erudito y extraordinariamente profundo. Vamos, que el fallo no está en él, sino en la lamentable falta de formación o la muy deficiente cultura del auditorio. Falso de toda falsedad, y aquí sí me atrevo a formular con la mayor contundencia la que podríamos llamar primera ley del conferenciar: Si no se le entiende es porque no lo entiende. El problema no lo tiene el que oye, sino él, quien habla. Tema dominado es tema que se puede exponer con claridad y con el grado de dificultad o profundidad técnica que convenga, en función de cuál sea el nivel esperable de los oyentes.

Dicho más claro todavía, si usted sale de una conferencia para la que no está usted completamente falto de recursos o formación y no ha comprendido ni maldita palabra, deje de cuestionarse a sí mismo y concluya sin lugar a dudas que acaba de oír a un incompetente que, para colmo, es bastante memo. Lo que bien se ha asimilado bien se puede explicar. Y punto.

Ser oscuro, y más oscuro a posta, es una de las mayores faltas de respeto con un auditorio; y el auditorio en el fondo lo sabe, aunque no se atreva a darle una buena pitada al nque habla nada más que para sí y para darse gusto, como un pobre Narciso dado a vicios solitarios.

9. Algunos modelos que se han de evitar, si se puede

Resultaría bastante entretenido pergeñar una tipología completa del conferenciante levemente repulsivo, grimoso incluso. Pero conformémonos por hoy con la mención de unos cuantos tipos elementales.

Está el aparentón, el que simula relaciones que no tiene y trato íntimo con quien seguramente ni de vista conoce. Usa cualquier pretexto para dárselas de colega y amiguísimo de autores, especialistas o personajes que de él no tienen ni vaga noticia o que ni de lejos lo recuerdan si es que en una oportunidad coincidieron, seguramente en una comida multitudinaria o orinando en los baños del vestíbulo de algún hotel donde se celebró un congreso multitudinario. Ah, pero cuando este impostorcillo tiene su ocasión, en algún certamen o seminario en su pueblo o en una charla para la asociación de vecinos de su parroquia, no dice que vio un día, de refilón, a ese destacado autor que está citando y que, pongamos, se llama Guillermo Calafate, sino que lo enfoca tal que así: “estábamos el otro día Willy Calafate y yo en Tegucigalpa…”. Cierto, estaban ambos, pero el doctor Calafate ni reparó en el otro pobre que ahora se estira para hacer como que son iguales y de lo más amigos.

Esos alardes le provocan al público una grima incontenible. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. No agregues a tu discurso nada que no abunde razonablemente en las tesis que expones, sino en el halago para tu persona, en el culto a tu ego. Si eres amigo de un premio Nobel y viene a cuento, puedes dejarlo caer o contar una anécdota, por supuesto que sí, pero con naturalidad y no poniendo esa cara de clímax o como si no consiguieras salir de tamaña planitud.

Otro personaje algo triste es el untuoso, el que le da coba al auditorio y trata todo el tiempo de halagar a algunos o de congraciarse con todos. Entendámonos, como parte de una buena técnica retórica está la captatio benevolentiae, el sutil agradar a los oyentes para que de mano le otorguen crédito a quien les habla y no lo vean ya como un estirado distante. Pero eso es una cosa, y otra ponerse a masajearle metafóricamente las ingles a los presentes a base de piropos que no vienen a cuento o de exageraciones que a distancia atufan. “Y de esto mucho más que yo sabe el doctor Ciempozuelos, prócer local que con emoción veo en primera fila, que nos honra con su saber y su sensibilidad y a quien agradezco esta deferencia de venir hoy a escuchar a este modestísimo profesor que les habla”. Uno que ya se ha pasado de rosca.

Cuidado, un cierto o aparente halago al auditorio o a alguna parte de él puede ser una herramienta útil en algún instante de una exposición, pero siempre que se capte en el orador un toque de ironía o algo de pícara actitud. Vuelvo a las comparaciones más claras y digo que es como si uno le dice a una señora que qué preciosos ojos: según el tono, el estilo y la cara que se ponga puede el piropeador resultar un picarón simpático, un elegante conversador muy desenvuelto o un cordero degollado. Depende.

¿Y qué me dicen del erudito de pega? Por cada frase, tres citas, generalmente incompatibles, churras con merinas, peras con manzanas y alguna banana de propina. Todo para que se note o se piense que uno está leidísimo y que se maneja con autores y obras con la misma soltura con que el malabarista lanza al aire cinco pelotas a la vez o hace bailar una docena de platos sobre una mesa. Un ejemplo en mi campo iusfilosófico, inventado pero que podría ser real del todo: “El Derecho es obra humana y social, como ya destacó Habermas en aquella polémica con Luhmann a propósito de si la hermenéutica gadameriana es deudora de la ontología de Heidegger o de la teoría de la interpretación de Schleiermacher”. A ver, tontín, volvamos al principio de esa frase: para justificar esa simpleza de que el Derecho lo hacen personas y rige en sociedades no hay por qué ponerse tan estupendo ni regar citas de semejante manera. Porque saltará a la vista que en verdad usted dice lo que dice solamente como disculpa para sacar esos nombres y que la gente que lo oye se crea que está a la última y sabe un montón.

Citas de obras y autores, mención de libros y variadas obras, detalle y pormenor sobre textos y ediciones, todo eso cabe y da buen tono, pero nada más que en lo que venga a cuento y cuando venga a cuento, sin excesos. Porque es la diferencia entre perfumarse un poco o refregarse entero de pachulí. Y ya sabe, cuando dejamos ver una ansiedad, se nos nota una carencia. En el fondo casi siempre sabe poco el que se revuelca en referencias eruditas. Y no nos damos cuenta que de esa forma nos distanciamos del público que nos atiende y de que si, por distanciarnos así, nos miran de lejos, nos harán menos caso o les importará a la postre un bledo lo que les contemos.

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