Por Pablo de Lora

 

Guión para un acto sexual contra-hegemónico

 

 

Una habitación. Un hombre y una mujer adultos se aproximan. Suena de fondo la voz de Julie London desde un viejo tocadiscos: “I’m in the mood for love, simply because you’re near me…”.

Él: Estaba pensando preguntarte algo. ¿Puedo?

Ella: ¿El qué? ¿Pensar o preguntarme? – dijo mientras le mordía el cuello.

Él: Bueno, no sé, las dos cosas.

Ella: Piensa, piensa…

Él: ¿Eso es un sí? ¿Sí puedo pensar?

Ella: Sí, no, sí, no… – susurraba mientras le desabotonaba la camisa. “Sí”- exclamó al llegar al último botón.

Él: Genial. Ya he pensado y debo saber si consientes a que te haga la pregunta.

Ella: Mmmm. Eres un poco atrevido, ¿no?

Sus manos apretaban sus nalgas firmes mientras se disponía a descamisarle del todo.

Él: Uff, no sé – dijo nervioso. ¿Te puedo preguntar si te puedo besar?

Al instante él notó su lengua vibrante aleteando en sus labios, sus dedos juguetones en la oreja, la pared en su espalda y la placentera tentación de su única escapatoria.

Ella: Sí, mi calvo, sí… – respondió mientras le aflojaba el cinturón y le bajaba los pantalones y los calzoncillos. Arrodillándose canturreaba: “estás perdiendo el tiempo pensando, pensando…”.

Él: ¿Te puedo besar?

Ella: Tú siempre me respondes, quizás, quizás, quizás… – seguía canturreando.

Él: ¿Consientes que junte mis labios con los tuyos? ¿Aceptas que mi lengua, de manera seguramente involuntaria, poseída por las circunstancias, por estas concretas circunstancias, nunca extrapolables, que nunca volveré a presumir, penetre, bueno, qué digo penetre, se introduzca suave, muy suavemente entre tus labios, atraviese la barrera de tus dientes? ¿Me das el sí a que te muerda el labio inferior sin hacerte daño, sin duda sin pretenderlo? ¿Me autorizas a que mientras tanto te palpe las nalgas a que, tal vez, llegue incluso a quitarte el sostén aprovechando el trazo de tu espalda?

Él no obtenía respuesta pues ella se entregaba con delicadeza a cultivar esa forma de reverencia oral para la que no hay palabras, desde la que toda perspectiva es de género, y de la que nunca se sale indemne.

Él: Necesito – musitaba con los ojos cerrados- tu consentimiento…. ¿Sí o sí? Perdón, ¿sí o no?

Ella le miraba con ojos de gata traviesa mientras acariciaba su vientre tenso y seguía reverenciando una masculinidad ya plena, dispuesta para cualquier contienda.

Antes de responder ella se alzó serpenteante. Antes de responder se abrió la blusa y le mostró la oculta plenitud que él había intuido, el volumen cierto, la tersura no exageradamente soñada. Antes de responder se quitó el sujetador, mirándole fijamente, y le colocó las manos sobre sus senos como si fueran a calibrar una febrícula infantil. Él gimió rendido mientras ella regresaba a su púlpito clausurando la ceremonia.

Como el cangilón de un pozo portaba ella la simiente, el depósito entero de una hombría obediente. Aún con los ojos chisporroteantes, aún vivaces sus uñas le arañaba el pecho mientras hacía el traspaso de poderes en su boca. Él, todo plácido, pero aún sin saber qué correspondía hacer, oyó como ella, liberada, susurraba:

Sí es sí.


Foto: Miguel Rodrigo Moralejo

 

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