Por María Luisa Muñoz Paredes

Introducción: la innovación en la financiación

Es ya un lugar común señalar la amenaza que para el sector bancario tradicional supone un conjunto de actores y de servicios que tienen en común el uso de la tecnología. Los sistemas de “financiación no bancaria” ofrecen fuentes de financiación al margen de las entidades de crédito. Esta clase de pasarelas (préstamos de particular a particular) se ven favorecidas por la actual coyuntura de represión financiera en la que los productos financieros tradicionales obtienen una rentabilidad casi inexistente. La tecnología facilita que los potenciales deudores entren en contacto con una amplia base de potenciales prestamistas y hace posible un análisis de información que reduce el riesgo para ambas partes, replicando en cierto modo el análisis de riesgo de las entidades tradicionales. Al igual que ha sucedido en campos como el transporte con iniciativas como Uber y Blablacar (con sus diferencias), la tecnología (entendida en este caso como aplicación del esquema de compartir información propio de las redes sociales) ha convertido que un negocio que era local y tenebroso se convierta en global y competitivo porque, por la ausencia de costes, puede ofrecer tipos atractivos para quienes necesitan financiación y remuneraciones también atractivas para los inversores. La tecnología permite también dividir riesgos (de modo que los inversores no financien a un solo prestamista, sino que puedan atomizar su inversión), reduciendo aún más los riesgos. Es lo mismo que ha sucedido en otros ámbitos como el del alquiler turístico con modelos como el de Airbnb.

La idea del “coste marginal cero”, típica de la “economía colaborativa”, desempeña también aquí un papel muy importante, porque estas iniciativas permiten poner a trabajar recursos ociosos (por ejemplo, ahorros modestos) que con el sistema tradicional sólo recibirían una retribución insignificante. Es lo mismo que sucede con las ya mencionadas Uber o Blablacar, que pretenden poner a disposición de la demanda de transporte recursos ociosos (conductores y vehículos con tiempo libre) que con un sistema basado en la “dedicación exclusiva a la actividad” no serían aprovechados.

En definitiva, en el sector financiero se trata de abrir el campo hacia formas de financiación diferentes del préstamo bancario, que en buena medida son, desde el punto de vista jurídico, tan antiguas como él, como sucede con los préstamos de particular a particular, el préstamo participativo o la financiación mediante la emisión de deuda o de capital.

El sector del seguro

El sector del seguro también está experimentando, aunque más lentamente, cambios de este tipo, y todavía no está claro si el actual sistema y los actuales operadores los incorporarán como una simple innovación tecnológica, o si supondrán un cambio de modelo con la asunción de una parte del mercado por sistemas alternativos. En definitiva, es la lucha entre, por ejemplo, Uber y Mytaxi.

Bajo el nombre de “Finsurance” (derivado del conocido “Fintech”) han surgido múltiples iniciativas, unas más bien tecnológicas y otras con más carga financiera y, en último término, también jurídica.

Por un lado, los “comparadores” e instrumentos similares facilitan la competencia entre los operadores tradicionales y pueden permitir que los consumidores obtengan mejores condiciones, siempre que se superen los obstáculos legales y fácticos a la comparación y a la contratación a distancia, como los que la Comisión ha identificado en el Libro Verde sobre los servicios financieros al por menor, de 10 de diciembre de 2015 [COM(2015) 630 final].

Otras iniciativas permiten que las aseguradoras se relacionen de forma directa con los clientes, a través de plataformas tecnológicas. Con el argumento de la facilidad para el consumidor, lo cierto es que también se consigue eliminar un elemento de la cadena de distribución (el mediador), con la consiguiente ventaja para el asegurador. Además, éste logra fidelizar al cliente (gracias al valor añadido intangible de esa plataforma de servicio) sin el riesgo que suponía la figura del mediador independiente. Se trata, en cierto modo, de un movimiento de reacción frente a los comparadores.

La idea del “coste marginal cero” también está detrás de un cambio en la forma de contratación de los seguros, enmarcado en la lucha por la eficiencia y la reducción de redundancias que surgió con la crisis. Del mismo modo que los vehículos ociosos se ponen a trabajar, o las viviendas vacías se alquilan aunque sea por periodos cortos de tiempo (lo que supone también que los demandantes recurren a estos procedimientos antes de comprar viviendas o vehículos y dotarse de un capital infrautilizado), se trata de dar forma y precio a los productos de seguro para que se acomoden a las necesidades reales del consumidor, por ejemplo con seguros de automóvil cuyo precio depende del kilometraje real que haga el vehículo en el periodo asegurado.

En esta misma línea, se están desplegando muchos esfuerzos dentro del denominado “internet de las cosas” para que la posibilidad de conectar a la red múltiples objetos de uso diario no sólo sirva para manejarlos a distancia y para obtener datos, sino para que las aseguradoras puedan ajustar sus precios a las características concretas de su uso por el asegurado (pólizas de auto que tienen en cuenta los datos sobre velocidad recogidos por los sistemas del propio vehículo), y puedan prestarle a éste un servicio complementario que contribuya a la reducción de los siniestros. En definitiva, iniciativas que se canalizan a través de los operadores tradicionales, que son quienes contratan a las start-up tecnológicas para ofrecer mejores servicios a los usuarios y para ahorrar costes con una reducción de siniestros. O el uso de big data para “adivinar” qué tipo de seguro de vida deben ofrecer a qué cliente concreto.

Por último, un camino que supone una alternativa para los operadores tradicionales es el de la prestación directa del servicio por terceros, bien mediante la creación de cooperativas informales, a través de plataformas, para que distintos sujetos contraten la cobertura de sus riesgos, bien para que inversores dediquen fondos a la cobertura de siniestros, como una forma de inversión alternativa, constituyéndose en una suerte de reaseguro alternativo. Se trata de una versión de las plataformas de préstamos entre particulares (p2p lending) adaptada al mercado asegurador, hecha posible sólo a través de la tecnología. Los incentivos económicos existen, sobre todo en el actual contexto de bajos tipos de interés.

No son pocos los interrogantes jurídicos que plantean. Uno de ellos se refiere al ámbito de la protección de datos en el ámbito asegurador, puesto que nos encontramos ante cesiones de datos de amplísimo contenido, que permiten la selección de riesgos (seguramente con efectos positivos y negativos).

Y después surge la cuestión de si la actual regulación del mercado asegurador permite la incorporación de inversores como aseguradores directos o reaseguradores. Las exigencias normativas son mucho más importantes en el ámbito del seguro, lo que favorece que hasta ahora las nuevas iniciativas se hayan canalizado preferentemente a través de los operadores tradicionales. Además, no hay que olvidar la importancia del seguro obligatorio: aunque se contrate el seguro a distancia y los “nuevos operadores” puedan eludir los requisitos de las autoridades nacionales, los asegurados no verían reconocidos como seguro suficiente para cubrir las exigencias del seguro obligatorio a esas nuevas fórmulas, que no serían útiles.


 

Foto: voz Prudential Financial de Wikipedia