Por Carsten Baecker

Una poderosa voz que resonará por mucho tiempo*

Antes de su muerte el 5 de septiembre de 2026, Robert Alexy vivía aislado. En sus últimos años se sentaba casi siempre solo en su cocina, en su sitio de costumbre, la gran mesa redonda, justo junto a la radio, sintonizando música clásica; con el teléfono, algunos libros, el correo, el periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung y sus documentos más importantes a mano. En una última visita, una semana antes de su muerte, tuvo que reconocer el esfuerzo que debía reunir para superar los pocos pasos de distancia entre este lugar y la puerta de su casa. No obstante, se mostró hasta el final  hospitalario y alegre de alterar en algo su desolador día a día gracias a una visita.

Apenas se quejaba de su estado físico, pese a la creciente dificultad para permanecer en pie y caminar. Él mismo daba cuenta de su decadencia corporal en un análisis a su manera, sobrio y perspicaz (“me desmorono”). Lo mismo cabía decir, de modo más moderado, del que un día fue su indomable espíritu. En esta última conversación con él, formuló una vez más, satisfecho explícitamente con sus logros alcanzados en la vida, un balance acerca de su impacto académico.

Del derecho como es, hacia el derecho como debería ser

Su balance se sustentaba en gran medida en cifras. En los últimos días, mientras el contenido de sus obras se difuminaba, nombraba a sus huéspedes y, con placer, el número de libros y artículos, el número de traducciones de cada uno, reflexionando además sobre el número de sus alumnas y alumnos dentro y fuera de Alemania, y calculando sus honoris causa. La clara expresividad de estas cifras le servían de apoyo y le agradaba, entretanto y con traviesa intención, preguntar por sus propias cifras a su interlocutor.

Sin embargo, el mero balance de sus obras en cifras expresa algo meramente superficial. Sus libros, junto a sus dos textos para la brillante obtención de cualificación (doctorado y habilitación, respectivamente)  La Teoría de la Argumentación Jurídica (1978) y la Teoría de los Derechos Fundamentales (1985) son desde su publicación (como también el libro El concepto y la validez del Derecho (1992), marcadamente más modesto respecto al contenido y extensión) obras estándar de la teoría jurídica y la teoría constitucional. A través de sus múltiples traducciones, cada cual con su propia historia, estas obras fueron acogidas a nivel mundial. Estas traducciones lo convirtieron en el jurista alemán más famoso en el extranjero de nuestro tiempo. Sus artículos han hecho accesible campos de la filosofía del Derecho contemporánea a sus lectoras y lectores incluso mucho más allá de sus obras principales con la energía analítica propia de él.

Sus últimos artículos se concentraban en gran medida en unir los componentes presentados de su teoría (los fundamentos discursivo-teóricos orientados esencialmente en Jürgen Habermas, la teoría de los derechos fundamentales vinculada a Ronald Dworkin y la teoría retomada del pensamiento de posguerra de Gustav Radbruch de un no-positivismo incluyente) y el asociarlos en una construcción teórica monumental.

Así consiguió elaborar una teoría original y explicativamente fuerte de los elementos esenciales de los Estados constitucionales liberales, en los que los derechos humanos – como fundamento ético-jurídico – y la jurisdicción constitucional – como garante jurídico-estatal del Estado constitucional – son de central importancia. Desde su aproximación a la explicación analítica del Derecho como es, reflejada en sus escritos tempranos, ha desarrollado cada vez más la pretensión de aspirar a que el Derecho sea medida de cómo debería ser. Es una suerte que su obra, tal como queda perpetuada en sus escritos, sobrevivirá a la muerte de este gran jurista.

Un mediador de la genuina ciencia del Derecho

No obstante, con su muerte hemos perdido una personalidad académica extraordinariamente inspiradora y cautivadora. Su particular carisma como docente de Derecho se revelaba a sus estudiantes de la carrera de Derecho desde los primeres semestres, ya sea en sus clases o ejercicios de Derecho del Estado, Filosofía del Derecho o Metodología Jurídica. Siempre lograba llenar de manera particular el auditorio Audimax de la Universidad de Kiel. Ahí, en el auditorio, se podía sentir la vivencia de un profesor que explicaba el Derecho con ingenio y profundidad, que organizaba el contenido a través de claras distinciones e introducciones a categorías y subcategorías, y que  sabía recapturar la atención cuando surgía el alboroto, por medio de frases concebidas espontáneamente y que se debían apuntar. Así, conseguía transmitir a sus estudiantes el sentimiento de que acababan de obtener claves extraordinarias de los correspondientes contenidos de la clase, que siempre conducían a nuevos interrogantes y que ahora merecían abordarse con una motivación intrínseca.

Mostró y transmitió de esta forma a sus estudiantes la ciencia jurídica en el mejor de los sentidos. Nos transmitió la sensación de que podíamos entrever la amplitud y profundidad del Derecho, sin perdernos, porque creíamos haber recibido las herramientas necesarias para comprenderlo. Su retórica en el aula consistía en enunciados cortos y claros, que se aseguraban la atención a través de variaciones en la entonación. Las cuestiones complejas se pronunciaban en un lenguaje silencioso y lento, seguidas de enunciados rápidos y muy fuertes que hacían claro el final de la digresión. Siempre estuvo hasta final orgulloso de la enorme fuerza de su voz ¾una de sus historias favoritas contaba la petición de una compañera de estudios de que ajustara el micrófono a un volumen más bajo, a lo cual él la miró y en voz alta sentenció: “Querida compañera, no tengo ningún micrófono”.

Trabajo duro y sociabilidad relajada

Junto con sus clases, los seminarios de Alexy sobre filosofía del Derecho eran magnéticos. Valía el principio de iniciación de que cualquiera podía participar en estos seminarios en la medida que se presentara una ponencia propia de manera exitosa. Esto conducía a que el círculo de participantes se compusiera – junto al ponente – en buena medida de miembros cercanos a la cátedra y especialistas, lo cual elevaba el nivel de los eventos. Las ponencias seguían un patrón claro: Los trabajos del seminario no solamente se debían entregar por escrito, sino que también debían ser distribuidos a todos los participantes y ser leídos en voz alta desde el lado derecho del director del seminario, quien se sentaba en la silla con el respaldo más alto dentro de la distribución de asientos con forma de “U”. La discusión ulterior conformaba un trabajo riguroso sobre el texto, esto es, se partía del texto de la ponencia del seminario, cuyos enunciados eran organizados por Alexy siempre en un contexto más amplio.

Este manejo palabra a palabra del trabajo original y el texto modificado nos ayudaba a los participantes a interiorizar la importancia del análisis preciso del texto y la argumentación clara. Sin embargo, el punto culminante del seminario lo constituían las agradables veladas en el Sehlendorfer Kolleg, perteneciente a la Universidad de Kiel, cerca de la costa del mar Báltico. Estas veladas reforzaban igualmente el sentimiento de unidad en la cátedra de una bonita forma, sobre todo, porque invariablemente el director del seminario se encontraba entre los últimos en retirarse.

Una interacción similar, de fuerte intensidad académica seguida por una convivencia relajada (por la cual Alexy era conocido en el contexto de los congresos académicos), lo constituían los coloquios de doctorandos (Doktorandenkolloquium) de la cátedra. Formalmente dirigidos por los mismos doctorandos, había dos o tres sesiones por semestre, en las cuales una doctoranda, un doctorando o un huésped de investigación presentaban sus proyectos de investigación. Al igual que el seminario, aquí regía la exigencia de su carácter escrito: la contribución era leída en voz alta y distribuida a todos los participantes para su lectura. A continuación, comenzaba la discusión, en la cual Alexy proporcionaba su esperada y siempre anhelada orientación intelectual, entresacando ciertas tesis de la presentación, que por encima de todo reproducía de manera más precisa y certera de lo logrado en la previa ponencia, y reflexionando al hilo de numerosas objeciones y estímulos continuos.

Al finalizar el coloquio, de alrededor de dos horas, Alexy invitaba por regla general a su casa, en donde era recreada, en una forma ritualizada por los colaboradores de la cátedra, una cena originada en la dolce vita italiana de un profesor invitado, a saber, espagueti con jamón y salsa de tomate, más adelante con una variante vegetariana. Adicionalmente, fluía vino sin fin, especialmente, Grauburgunder (Pinot Gris en Italia). Estas cenas eran enriquecidas con una visita guiada del anfitrión – amenizada con breves cuestiones teóricas – de su impresionante colección de pinturas, localizada sobre todo en la sala de estar. Estas visitas guiadas eran compartidas con todo recién llegado al círculo. Tal tradición halló su abrupto final en un trágico robo de arte, que privó a Alexy de casi la totalidad de su querida colección.

Un ideal regulativo del científico

Por lo demás, la investigación diaria en la cátedra transcurría típicamente sin intercambio alguno con su titular. Para él regía el ideal del investigador solitario, que se concentraba, de la manera más aislada posible, en el trabajo de su texto. Las discusiones sobre el texto realizado no tenían lugar en cualquier caso dentro del círculo de la cátedra. Por el contrario, Alexy esperaba de sí mismo y sus discípulos la misma intensidad de dedicación en sus proyectos, que éste buscaba apoyar con frases motivacionales no siempre pronunciadas de manera totalmente seria (por ejemplo: “uno debe trabajar 16 horas al día en la etapa final de la tesis de doctorado”). De parecida ambivalencia eran sus iniciativas motivacionales para con sus discípulos de cara a ponencias académicas en proceso (por ejemplo: “o brilla usted o naufraga”). Para todos era totalmente claro que Alexy deseaba el éxito de sus discípulos, pero consideraba que era un asunto del que ellos mismos debían ocuparse. Cuánto se alegraba cuando estos alcanzaban el éxito. Varios de sus discípulos diseminados alrededor del mundo han conseguido darle esta felicidad.

Robert Alexy permanece en la memoria como un investigador paradigmático, como un docente apasionado y como el ideal regulativo del estudioso del Derecho. Sus escritos harán accesibles su persona y su argumentación, sin adornos, a todos aquellos por venir que ya no podrán experimentarlos en persona. Para todos los demás, resta el recuerdo de un embajador de la ciencia jurídica alemana de finales siglo XX de un corazón cálido, pleno de humor y de extraordinaria agudeza.


* Original publicado en Beck-Aktuell. Traducción de Alejandro Nava Tovar y Arnulfo Daniel Mateos Durán y revisión de Alfonso García Figueroa.

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