Por Jesús Alfaro Águila-Real

 

A propósito de Nathan Nunn, History as Evolution. 2020

 

… históricamente gran parte de la evolución cultural se produce a través del auge y la caída de las sociedades… el destino de los individuos y su éxito está tan ligado al éxito de su comunidad como su propio éxito relativo dentro de la comunidad… los rasgos culturales se adaptan así en función de cómo afectan a la sociedad en su conjunto. Esto se denomina selección a nivel de grupo y a menudo se utiliza como una explicación de por qué pueden surgir rasgos culturales prosociales (que son costosos para el individuo pero beneficiosos para el grupo), como el altruismo o la propensión a cooperar…

Si se conquista un reino, se conquista a todos los del reino. Así, la guerra y el conflicto interestatal son una forma de competencia a nivel de grupo. Cuando el éxito de un individuo está determinado en gran medida por el éxito del grupo y no por el suyo propio, pueden surgir rasgos culturales que no son óptimos para el individuo pero que son beneficiosos para la sociedad.

 

Este capítulo de Nunn resume los avances de los estudios sobre la Evolución Cultural desde una perspectiva transversal. Es, a la vez, un llamamiento al trabajo interdisciplinar en Ciencias Sociales si se quiere avanzar hacia la “consilience” de la que hablaba Wilson o, si se quiere avanzar en el programa de la Ilustración. El valor del resumen está, a mi juicio, en que Nunn es muy perspicaz respecto de lo que es o puede ser importante en estos estudios, donde hay mucha mercancía de segunda y muchos problemas metodológicos. Si hubiera que destacar una idea, sería sin duda, la que recoge el párrafo que inicia estas líneas. El individualismo tiene claros límites explicativos de la conducta humana. Como diría – de nuevo – Wilson, el individualismo metodológico es tan poco aplicable a la especie humana como el marxismo. Si la conducta humana se explica desde la Evolución, en una especie como la del linaje homínido en la que la suerte del individuo está tan ligada a la suerte del grupo, sólo desde el análisis de las dinámicas grupales (intercambios, acción colectiva) puede entenderse el comportamiento humano. De esto van los estudios sobre evolución cultural.

 

El concepto de cultura

 

Una primera y muy importante clarificación es la que realiza sobre el concepto de “cultura”. Nunn nos cuenta que hay dos conceptos: el que manejan los antropólogos, biólogos y psicólogos evolutivos y el que manejan los economistas. La diferencia está en que el de los primeros es más amplio porque incluye todo el “conocimiento” que se transmite de una generación a otra en las sociedades humanas. Por tanto, no sólo las “creencias”, los “valores” y, sobre todo las “normas” de todo tipo o los rituales, sino también la tecnología, la información valiosa para la supervivencia y el florecimiento del grupo. A esta, los economistas tienden a llamarla “capital humano”. A mí nunca me había convencido el concepto de cultura de los economistas básicamente porque no lo entendía. Es decir, no me permitía identificar cuándo un fenómeno o una característica social humana – el grado de confianza interpersonal, el nivel de corrupción, el nivel de cumplimiento de las normas, la participación en las elecciones, las donaciones de sangre o de órganos – tenía su causa en la “cultura” y cuándo no.

La definición de los estudiosos de la evolución es preferible por omnicomprensiva: todos los conocimientos, creencias y normas que se transmiten generacionalmente y entre individuos de una misma generación y que se acumulan. Y es preferible porque permite analizar cualquier fenómeno y preguntarse por la causa de los fenómenos que observamos. Dice Nunn que seguir las propias tradiciones culturales – hacer lo que hicieron nuestros padres y lo que hacen los que viven con nosotros – en lo que se refiere a la caza, a la preparación de alimentos, a la agricultura, a la construcción de acequias o al rezo o a la donación – es eficiente porque “confiar en la tradición… permite a los individuos tomar decisiones sin esfuerzo en entornos complejos en los que averiguar qué conducta es óptima es costoso si no imposible”. Recuérdese que tomar decisiones es muy costoso energéticamente.

Hay numerosos ejemplos en los que la acumulación de capital humano es realmente una transmisión cultural, es decir, información y conocimiento que se transfiere a través del aprendizaje cultural. Esos ejemplos también están presentes en la literatura económica, aunque a menudo se habla de adquisición de “conocimientos tácitos” en lugar de transmisión cultural… un modelo de evolución cultural es isomorfo a un modelo de acumulación de capital humano. En este sentido, dado que el capital humano ha estado en el centro de (la)… disciplina (de la Economía) durante siglos, resulta que todos hemos sido creyentes en la cultura (al menos según la definición de los antropólogos) todo este tiempo.

Y ¿por qué sabemos que esas decisiones serán, probablemente, “buenas”?. Dice Nunn que podemos confiar en que si el entorno es estable, (por el contrario, la tradición y la persistencia cultural son más débiles en entornos más inestables) la “selección cultural” habrá ejercido las presiones adecuadas para que los conocimientos erróneos, las creencias no adaptativas, o las normas ineficientes tiendan a desaparecer. P. ej., una forma de preparar los alimentos que no elimina las toxinas que tengan estos en su composición se abandonará a la vista de los resultados (la enfermedad o la muerte de los que siguen esas reglas) por lo que puede asumirse que se asistirá a un proceso de “optimización” de las normas y reglas.

La otra grandísima fuente de eficiencia de la cultura – de la tradición – es su carácter acumulativo. Como la cultura se transmite (social y asocialmente pero sobre todo socialmente) de generación en generación, los grupos sociales pueden aprender y acumular conocimientos “fuera” de los limitados cerebros individuales de cada uno de los humanos. Dice Nunn que así, los humanos no necesitan estar inventando la rueda continuamente – recuérdense los grupos humanos que “olvidaron” como se cultivaban plantas y tuvieron que reinventar la agricultura hasta 7 veces – “y pueden concentrar sus esfuerzos en añadir conocimiento a la sociedad”, es decir, es posible la formación de un “cerebro colectivo y “subirnos a hombros de gigantes” cuando emprendemos ese esfuerzo. Refiriendo los trabajos de Henrich y otros, dice Nunn que la idea de un “cerebro colectivo” se basa en las ideas de acumulación y de aprendizaje social. Y puede explicarse, también, la mayor o menor semejanza de comportamiento social en los distintos grupos humanos:

La evolución cultural, y no el medio ambiente, es el principal determinante de la variación conductual entre grupos, un hallazgo que indica queel aprendizaje social es el principal modo de adaptación humana. Debido a que la cultura se transmite de generación en generación – se hereda – y, por lo tanto, cuya evolución futura depende de las decisiones adoptadas (path dependence) por las generaciones anteriores, la cultura pone en marcha trayectorias adaptativas diferentes para cada grupo, incluso en grupos que vivan en entornos físico-naturales similares.

La evolución cultural ha permitido también explicar las modificaciones fisiológicas sufridas por el homo sapiens. Por ejemplo, como consecuencia del dominio del fuego. Pero explica también la división del trabajo:

“el mayor tamaño y fuerza física de los hombres fue un determinante importante de la división del trabajo basada en el género, históricamente, pero principalmente en las sociedades agrícolas que habían adoptado la agricultura intensiva de arado… Con esta forma de agricultura, se necesitaba una fuerza significativa en la parte superior del cuerpo para controlar o tirar del arado. Como consecuencia, en estas sociedades, había una división del trabajo por género donde los hombres trabajaban fuera del hogar en la agricultura y las mujeres tendían a trabajar dentro del hogar. Como muestran Alesina y otros (2013b), esta división generó normas sobre el papel apropiado de la mujer en la sociedad, que persisten en la era moderna y afectan al empleo femenino fuera del hogar hoy en día. Se ha descubierto incluso que la forma de agricultura tradicional afecta a las preferencias por teners hijos en lugar de hijas… (Alesina, Giuliano y Nunn, 2018).

Y en estos términos podemos entender cómo se producen las innovaciones. Las innovaciones más relevantes – todas – se producen por acumulación y, por tanto, “son imposibles si los individuos no se ven expuestos a ideas, creencias, valores y modelos mentales”.  Y si los individuos se “crían” en familia, será muy relevante la cultura de los padres porque ésta se transmite verticalmente. Como dicen Muthukrishna y Henrich: “La estructura más básica del cerebro colectivo es la familia”. De cómo sea la estructura familiar en una sociedad dependerá cuán innovadora sea. Hay quien explica así la diferencia entre Asia y Europa Occidental: la familia extensa, el clan en Asia hizo de las sociedades asiáticas sociedades menos innovadoras que la familia nuclear y las corporaciones – cuyos miembros no tenían que pertenecer al mismo clan – hizo de la sociedad europea. Pero lo extraordinario es que los hijos de inventores inventan más que los hijos de no inventores y que la Ley Seca redujo las interacciones sociales en los bares y, con ello, la innovación y que los grupos sociales (los negros en EEUU hasta hace relativamente poco) excluidos del acceso a la cultura reflejan esa exclusión décadas e incluso siglos después.

Nunn concluye esta parte diciendo que

una característica importante de la cultura es que permite resolver problemas de optimización inasequibles para un individuo en toda su vida pero resolubles para la sociedad cuando se aborda el problema de forma incremental durante muchas generaciones”.

 

La desaparición o el florecimiento de los grupos depende de la cultura: el entorno estable y los cambios en el entorno

 

O sea, el grupo esquiva la desaparición por inanición en más ocasiones cuanto más elevada sea su cultura. La cultura – la acumulación de conocimientos – explica la supervivencia o la desaparición de los grupos humanos. Y un grupo adaptado culturalmente a su entorno (es decir, que posee los conocimientos y las reglas que les permiten extraer alimento suficiente del entorno y protegerse de depredadores, grupos rivales y fenómenos naturales dañinos) puede desaparecer – o, en tiempos más recientes, decaer – cuando se produce un cambio en el entorno que hace menos “eficiente” su cultura. En este punto, Nunn pone los ejemplos de los exploradores europeos que perecieron en entornos donde otros humanos habían sobrevivido durante decenas de miles de años pero añade el famoso estudio de Greif sobre los comerciantes judíos en el siglo XI (los comerciantes Maghribies). En un entorno en el que los costes de agencia – hacer cumplir sus obligaciones a los agentes comerciales que un comerciante tenía en otros puertos del Mediterráneo – eran elevados por las dificultades de comunicación y la inexistencia de sistemas jurídicos eficaces, confiar como agentes en otros individuos del mismo grupo étnico y cultural – los judíos maghribíes recíprocamente – era una forma eficiente de reducir los costes de realizar transacciones comerciales. De ahí que este grupo acaparara el comercio en el Mediterráneo en el siglo XI. El mecanismo de “enforcement” era el castigo colectivo al miembro de la red que engañara a cualquiera de ellos (Greif, J. Pol. Econ. 102 (1994) p 912 ss, p 930 ss; A. Greif, “Contract Enforceability and Economic Institutions in Early Trade: The Maghribi Traders´ Coalition”, Am. Econ. Rev., 83 (1993) p 525 ss, p 544-545). Greif compara a los comerciantes judíos (magrebíes) con los comerciantes genoveses en la Edad media. Los genoveses pertenecían a una sociedad mucho más individualista y habían desarrollado mecanismos de reducción de los costes de transacción menos dependientes de la comunidad de creencias entre los participantes. Cuando en la baja edad media aparecen posibilidades de comercio entre personas que no tienen apenas creencias en común, los mecanismos genoveses se revelan mucho más eficientes y su sistema institucional se impone, lo que a su vez contribuye a que se desarrollen más innovaciones que tratan de perfeccionar el sistema. En particular, un sistema de garantía del cumplimiento de los contratos descentralizado fundado en la reputación sin una organización centralizada será menos eficiente en la innovación que un sistema fundado en la reputación igualmente pero en el que exista un órgano centralizado. En el primer modelo, nadie tiene incentivos ni información para proponer modificaciones a las reglas de comportamiento aún cuando tales modificaciones fueran eficientes. En el segundo, la organización central puede realizar tal función y, con los incentivos adecuados para proponer al grupo innovaciones institucionales eficientes. Lo que significa que cuando pueden extraerse beneficios del hecho de comerciar en un mercado superior en tamaño, las instituciones que hasta ahora eran eficientes pueden dejar de serlo, pero los costes que describimos en el texto pueden hacer imposible el cambio. V., también, J. McMillan/C. Woodruff “Interfirm Relationships and Informal Credit in Vietnam”, manuscrito 23 de febrero de 1998: “las pequeñas empresas y las empresas de crecimiento lento dependen de redes familiares, mientras que las grandes empresas y las empresas de crecimiento rápido no lo hacen, lo que sugiere que para tener éxito, más que para sobrevivir, una empresa debe romper de alguna manera su dependencia de los vínculos clientelares familiares” (por el contrario)… una red de empresas en la misma industria, al ser una red abierta en el sentido de permitir la entrada y la salida de empresas de la misma, no limita el éxito de una empresa en la forma en que lo hace una red familiar”.). Pues bien, dice Nunn que “la retribución que tenía que pagar un comerciante maghribi para que su agente no le engañara – y cumpliera fielmente el encargo – era menor que la que tenía que pagar un comerciante genovés”. Pero el entorno cambió: “desde principios de los siglos XI y XII, el comercio entre España y Constantinopla se expandió significativamente. Y el “sistema genovés” pudo aprovechar mejor esta oportunidad de negocio porque pudo crear la red de agentes comerciales utilizando a cualquier comerciante asentado en la plaza correspondiente con independencia de su raza o religión mientras que los maghribíes tendrían que esperar a que “uno de los suyos” se instalara en esas plazas. La retribución que tendrían que pagar los genoveses sería más elevada para asegurar la fidelidad del agente, pero en una época de mercados comerciales incipientes, las ganancias eran mucho más elevadas. Y, una vez establecida la red, los genoveses, como se ha dicho, se aplicaron a mejorar el entramado institucional, esto es, a reducir los costes de transacción. Resultado: el cambio en el entorno representado por el ascenso de Aragón como potencia mediterránea pudo ser aprovechado por los genoveses pero no por los maghribíes. Lo que había sido una ventaja devino desventaja en este nuevo escenario. La sanción colectiva es una institución cultural eficiente… hasta que cambia el entorno en el que ha de ser aplicada. En términos más usados recientemente, diríamos que la institución maghribí no era “resiliente” a un cambio consistente en el ascenso de nuevas plazas comerciales.

A veces, el cambio en las circunstancias es, simplemente, el cambio de opinión de la mayoría. Es decir, aunque la mayoría del grupo haya abandonado una creencia o una técnica ineficaces o contraproducentes para el bienestar del grupo, esta se conserva por razones muy diferentes. Por ejemplo, la anestesia fue una innovación que se extendió rápidamente pero la higiene en los quirófanos tardó mucho en hacerlo. ¿La razón? la gente veía como se dormía el paciente tras la aplicación del cloroformo pero no podía establecer con tanta facilidad la relación de causalidad entre la falta de higiene y la muerte del paciente, siendo, como era, muy costoso mantener la higiene. Nunn se fija en un trabajo reciente que analiza este problema suponiendo que el abandono de la institución o creencia ineficiente se debe a un fallo en la comunicación: los individuos tienen una creencia errónea respecto de lo que piensan los demás. Así, la solución a la falta de adaptación de una creencia o institución a un cambio en las circunstancias pasa por mejorar la calidad de la información que reciben los miembros del grupo sobre lo que creen que es la “creencia” del grupo. De este modo, las instituciones ineficientes pueden desmontarse más rápidamente. Nunn pone el ejemplo del trabajo de las mujeres saudíes fuera de casa. La tradición cultural es que las mujeres saudíes no trabajen fuera de casa y, para hacerlo, requieren de la autorización de su marido. Esta depende, a su vez, de lo que piense el marido sobre cómo afecta a su reputación que su mujer trabaje fuera de casa lo que depende, a su vez, de lo que los demás maridos crean al respecto. Pues bien, Nunn cita un trabajo que indica que convencer a los maridos que los otros maridos no creen que la mujer no deba trabajar fuera de casa aumenta la participación laboral de las mujeres: o sea, lo que los maridos creen que es la regla cultural dominante es relevante y las tradiciones o reglas culturales ineficientes – que la mujer no trabaje fuera de casa – pueden eliminarse más rápidamente si se informa a los maridos – que son los que deciden en último extremo si las mujeres trabajan o no – de cuál es la “verdadera” opinión de los demás miembros del grupo. Si eres un tradicionalista, es decir, alguien “comodón” que se limita a seguir la regla tradicional, “las acciones elegidas por estos individuos no se adaptan al entorno con tanta precisión como deberían. En otras palabras, generan la posibilidad de un desajuste con el entorno” porque el entorno haya cambiado pero la cultura no lo haya hecho. Añade Nunn el ejemplo de la tesis de Mokyr sobre que la Revolución Industrial sólo fue posible porque se extendió “la creencia novedosa en Europa occidental según la cual era aceptable para las generaciones más jóvenes cuestionar los conocimientos de las generaciones anteriores”. E pur si muove puso en marcha la revolución científica y “los maestros gremiales no tienen imaginación” puso en marcha la revolución industrial.

 

La confianza interpersonal y la riqueza de los pueblos

 

Otra de las cuestiones interesantes que examina Nunn es la de la confianza interpersonal. Al respecto hay pocas dudas de que los países en los que la confianza interpersonal es más alta son más ricos. La razón, en general, es que cuando la gente se fía los unos de los otros, han de invertirse menos recursos en vigilar y castigar al que incumple y, ex ante, el volumen de relaciones cooperativas entre los individuos – que generan una ganancia porque son juegos de suma positiva – es mayor. El nivel de confianza interpersonal se determina (mediante juegos como el del ultimatum o el del dictador y) preguntando a la gente, básicamente, si cree que se puede confiar en cualquiera o sólo en los familiares, conocidos, vecinos o nacionales. Según los mejores estudios, parece que la pregunta indica las expectativas de la gente respecto del comportamiento de los demás, o sea, “la creencia de un individuo respecto a cuán dignos de confianza son los demás”, sus expectativas estables al respecto. En definitiva, la respuesta a esta pregunta nos indica cuán desconfiada es la gente. España se ha podido convertir en un país de gente más desconfiada. Han proliferado las asociaciones “tipo Olson” en perjuicio de las asociaciones “tipo Putnam”. A mi juicio, el nacionalismo ha tenido mucho que ver. Los populismos recientes no son más que una forma de nacionalismo y, lo que es peor, los nacionalismos han aumentado la homogeneidad a nivel regional empeorando la heterogeneidad a nivel nacional, lo que dificulta la cooperación a este último nivel. Así, la comparación entre Madrid y Cataluña es reveladora: el triple de madrileños respecto de catalanes que contestan afirmativamente cuando les preguntan si se puede confiar en la gente en general. La correlación y la causalidad entre nivel de confianza interpersonal y riqueza parece demostrada. En los últimos años se han sucedido los estudios que analizan otras variables relacionadas con tal confianza generalizada. Así, por ejemplo Nunn nos resume un fascinante estudio de Nguyen en el que la autora examina el origen familiar – geográfico de más de 3500 consejeros-delegados de empresas cotizadas en los EE.UU y, combinándolos con datos sobre inventos e inventores, descubre que “la innovación es más rápida y de mayor calidad si el consejero delegado tiene su origen familiar en una región con mayores niveles de confianza generalizada” y lo propio respecto de los inventores de la empresa.

Lo más novedoso, a mi juicio, del análisis de esta cuestión por Nunn se refiere a qué explica que en una sociedad haya más confianza interpersonal que en otra. Nunn repasa las teorías al respecto (cataclismos históricos como guerras civiles o “trampas de desconfianza” de las que los pueblos no pueden salir). Para dar con una “explicación mejor” Nunn comienza recordando que los más confiados salen peor parados, es decir, que confiar en los demás es bueno para el grupo pero puede ser malo para el individuo (en términos técnicos “la conducta confiada tiene un efecto no monotónico sobre los ingresos de un individuo, conforme aumenta la confianza aumentan los ingresos del individuo pero luego caen para aquellos individuos que confían en demasía” lo que es intuitivo ya que estos confiados en exceso serán engañados – “pardillos” – más a menudo en función del nivel de parásitos que haya en esa sociedad pero “los que confían demasiado poco dejarán pasar demasiado a menudo oportunidades de ganancia“. De modo que hay una espiral virtuosa: cuanto más confiados sean los miembros de un grupo, más alto habrá de ser el nivel de confianza en los demás a partir del cual se reduzcan los ingresos. Simplemente, como en una epidemia, no habrá suficientes aprovechados que engañen a los confiados miembros del grupo y los aprovechados tenderán, como el virus, a desaparecer. “El nivel adecuado de confianza será intermedio y maximizará el ingreso individual… tal se alcanza por aquellos individuos cuyas creencias estén en línea con la confiabilidad promedio de la población con la que interactúan” (Butler, Giuliano, and Guiso, 2016).

O, en términos más simples: para maximizar tus ingresos has de confiar exactamente en la medida en los miembros de tu grupo lo merezcan.

En general,

“la confianza es un rasgo cultural prosocial y, por tanto, sujeto a las mismas ponderaciones entre beneficios para el individuo y beneficios para la sociedad que cualquier otro rasgo prosocial”.

pero, mientras que “una desconfianza excesiva en los demás y un exceso de confianza son dañinos para el individuo, la primera es también dañina para el grupo puesto que reduce la creación de riqueza” (Butler, Giuliano, and Guiso, 2016). Así pues, es necesario instilar en los individuos – que estos interioricen – las pautas de conducta prosociales. Sólo de esa forma el grupo florecerá y, con ello cada individuo que pertenezca al grupo. Entre estas conductas prosociales está la de confiar en cualquier otro miembro del grupo. ¿En qué escenarios es la confianza generalizada más valiosa? En caso de guerra con otros grupos. Los guerreros que pueden confiar en que el otro miembro de tu pelotón dará la vida por ti pueden arriesgarse más y ser, en conjunto, más eficaces que el enemigo. El estudio de Nunn y Sánchez de la Sierra sobre la “poción antibalas” ilustra la cuestión: creer que uno es invulnerable a las balas enemigas si toma una poción es falso y dañino para el individuo, porque le hace exponerse más en el combate. Pero es bueno para el grupo porque las posibilidades de vencer al enemigo son mayores. Si la supervivencia del grupo depende marginalmente de esta creencia, ésta se asentará en los individuos a través de mecanismos culturales (rituales, religión). En general, saber que los demás se comportarán prosocialmente reduce el problema del parásito o gorrón que es el principal obstáculo a la acción colectiva.

Lo propio ocurre con el altruismo en general, no solo con la confianza interpersonal

 Dar a otros cuando están necesitados reduce nuestro bienestar material. Sin embargo, si todos en una sociedad hacen esto, entonces la sociedad funcionará mejor y estará mejor. Por supuesto, sólo porque los rasgos sean socialmente beneficiosos no significa que se produzcan en equilibrio. Esto depende del balance entre los beneficios a nivel de grupo y los costes a nivel individual. Cuanto más fuerte sea la selección a nivel de grupo, más probable será que los primeros prevalezcan sobre los segundos

¿Y dónde es más fuerte la selección – cultural – a nivel de grupo? Cuando un grupo compite con otro. La forma más brutal de competencia es la guerra. Por tanto, podemos esperar más comportamientos prosociales, más altruismo, más confianza interpersonal entre los miembros del grupo en regiones donde han existido históricamente muchos conflictos bélicos. Que es justamente lo que sucedió en Europa.

Pero, en general, la población tendrá internalizados los rasgos prosociales en mayor medida cuanto más claramente perciban – instituciones – los beneficios para todos del comportamiento prosocial lo que exige, naturalmente, que la mayor riqueza social se reparta equitativamente.

Más interesante si cabe es examinar si la competencia “pacífica”, esto es, la económica o la deportiva incrementa la prosocialidad. Y lo es porque esta competencia tiene lugar, no entre grupos sociales sino en el seno de un mismo grupo. Nunn da cuenta de un trabajo de Francois, Fujiwara and van Ypersele (2018) del que me ocuparé en detalle en otra ocasión. Según este trabajo, existe una correlación entre “la competitividad de un sector industrial y el nivel de confianza interpersonal de los que trabajan en ese sector y descubren que “las empresas con empleados que confían más en los demás tienen mejores resultados económicos y más probabilidades de sobrevivir a pesar de que, como he explicado “hay indicaciones que si la confianza en los demás es demasiado alta, los ingresos individuales se pueden reducir”. Y también descubrieron que los que más confiaban, eran también contribuyentes más generosos en los juegos de bienes públicos. Es decir, que cuando los resultados individuales dependen parcialmente de los resultados del grupo, los individuos se vuelven más cooperativos, más prosociales. Contribuyen más a la acción colectiva. En un trabajo de 1997, Nalbantian and Schotter (A little competition goes a long, long way). descubrieron que “las aportaciones individuales voluntarias a la empresa común se podían incrementar mediante la creación de incentivos para el grupo – que se repartían equitativamente entre los miembros del grupo – esto es, recompensas que dependían de cómo quedaba el grupo en cuestión en la competencia con otros grupos que realizaban tareas parecidas

 

Los “parches”

 

El punto de partida es que la evolución por vía de selección natural no puede “bajar” una vez que ha alcanzado un determinado “pico” o altura. Si consideramos la “bajada” como una pérdida de adaptación, las mutaciones que reduzcan la adaptación del individuo no se pasarán a la siguiente generación. Esta imposibilidad tiene efectos notables sobre la configuración anatómica y fisiológica de los seres vivos. Nunn recurre a los ojos y a la exposición de Dawkins y Land. Hay dos tipos de ojos. Los compuestos y los ojos-cámara.

“los ojos compuestos no son capaces de ver con tanto detalle como los ojos-cámara a menos que sean extremadamente grandes. Por ejemplo, para que los humanos vieran tan bien con un ojo compuesto como vemos con nuestro ojo cámara, el ojo compuesto tendría que tener 24 metros de diámetro”

La evolución natural no puede hacer que un ojo compuesto alcance la perspicacia de un ojo de cámara porque, aunque se produjeran las mutaciones correspondientes, el ojo compuesto tendría que “descender”, es decir, perder adaptación antes de poder ganarla.

Una característica de los ojos-cámara es que la imagen que se forma está al revés. Con los ojos compuestos, la imagen está boca arriba. Por lo tanto, si un organismo que tiene ojos compuestos evolucionara para tener ojos-cámara, su aparato nervioso de procesamiento de imágenes ya no coincidiría con sus ojos y estaría peor. Tal innovación no sobreviviría. La única manera de hacer un cambio es que un animal pierda completamente su aparato nervioso de procesamiento de imágenes, de modo que con un cambio de ojos compuestos a ojos de cámara el organismo no esté en peor situación.

Algo análogo sucede con las sociedades humanas: que quedan atrapadas en “un equilibrio socialmente subóptimo” porque la evolución cultural funciona, como la evolución natural, a base de “parches” (kludges), es decir, mejorando lo preexistente, no deshaciendo – en el ejemplo todo el sistema nervioso de procesamiento de imágenes – y volviendo a construir desde cero. En una economía de subsistencia,

“todo el mundo está optimizando.. los que están en esta cima no pueden escalar más alto. Así como los países en desarrollo pueden ver la riqueza de los países ricos, los que están en este pico ven otro pico más alto a lo lejos. Sin embargo, no son capaces de llegar allí. Hacerlo requeriría que los individuos se muevan cuesta abajo; es decir, adoptar comportamientos que empeoren su situación. En este caso, se trata de pasar de la captura de rentas a la producción. En los medios de comunicación populares, e incluso en los artículos de las revistas, uno observa regularmente a los escritores que se preguntan “¿por qué los países pobres siguen siendo pobres?” Sin una perspectiva evolutiva, particularmente una enraizada en la evolución cultural, esta pregunta puede aparecer como un rompecabezas”

Un ejemplo fascinante de esta trampa es el que cuenta Woodburn de los Hazda y la dificultad para pasar de una cultura pastoralista a una agrícola. Simplemente la cultura – las reglas sobre cómo se produce y se comparte lo producido – adaptada a una sociedad pastoralista impide que se consolide un modo de producción de bienes más eficiente – el agrícola – una vez que se produce un cambio sustancial del entorno en el que vivía y vive hoy este pueblo africano (los hazda que se han pasado a la agricultura ven, simplemente, como sus compatriotas pastores arrancan sus cultivos sin el menor remordimiento). Pero la cosa puede ser peor que la stasis social. Lo que puede ocurrir es que las sociedades encerradas en esta trampa vayan cada vez peor, esto es, con reglas de comportamiento social cada vez más ineficientes.

Por ejemplo, dice Nunn, una forma de reducir la incertidumbre acerca de la paternidad (los varones necesitan saber que sus hijos son sus hijos si queremos que inviertan en criarlos, para lo que no tienen incentivos genéticos) es que, con el matrimonio, las mujeres abandonen su poblado y a su familia y se vayan a vivir con el marido y su familia.  Pero si la cría de mujeres por su familia acaba con el abandono de ésta, ¿qué incentivos tienen los padres de las mujeres para invertir en la crianza de sus propias hijas? El “parche” cultural coherente con el objetivo de reducir la incertidumbre sobre la paternidad pero no incentivar el feminicidio masivo (que dejaría a todos peor porque provocaría escasez de mujeres) es la dote. ¿Cómo sabemos que ese es el sentido de la dote? Porque la dote es muy infrecuente en sociedades matrilineales, esto es, en los que la pertenencia a una familia se determina por quién es tu madre y, por tanto, en las que el problema de la incertidumbre respecto de la paternidad se ha resuelto por otra vía.

El problema es que los “parches” pueden empeorar la situación. Es decir, pueden multiplicarse los “parches” en forma de innovaciones culturales que ayudan a reducir el problema de la certidumbre sobre la paternidad pero que lo hacen a costa de empeorar la situación de las mujeres. Así, en sociedades en las que esta incertidumbre es especialmente grave como “en las sociedades que practican el pastoreo nómada, en las que los hombres suelen estar ausentes durante largos períodos de tiempo… se requieren innovaciones adicionales”. Pero estas no pueden consistir en cambiar de ser una sociedad patrilineal a ser una matrilineal (no podemos empezar de cero), de manera que esa sociedad se ve forzada a “cavar más profundo”,

Como se documenta en (Becker, 2019), la ablación genital femenina y la infibulación se desarrollaron como costumbres que proporcionaban a los maridos una mayor certeza de paternidad. Con estas formas extremas de circuncisión femenina, el sexo se vuelve doloroso, reduciendo la tentación de tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, incluso cuando el marido está ausente durante largos períodos de tiempo. En otras partes del mundo surgieron otras costumbres que también sirvieron para controlar la autonomía y la sexualidad de la mujer, como el velo o la burka, las restricciones a la movilidad de la mujer y los límites a las decisiones que ésta podía tomar.


Foto: @aliceinbo