Por Calixto Alonso del Pozo

Una nota aclaratoria sobre Concha Espina y la difusión del son en España

 

​El periodismo cultural tiene la inmensa virtud de rescatar del olvido pasajes que, de otro modo, quedarían sepultados por el polvo del tiempo. Es el caso de la aproximación que el acreditado cronista Ciro Bianchi Ross realizara en la revista “Social”, en agosto de 2025, número 242, bajo el título “Lorca, pasaje a La Habana”. En dicho artículo, el autor sostiene que fue Federico García Lorca, acompañado por Adolfo Salazar, quien quedó hechizado por el son cubano, convirtiéndose ambos en los introductores de este género en la Península. Es una tesis seductora, pues vincula el magnetismo de la música nacional cubana a la figura de un poeta universal. Sin embargo, en un ánimo estrictamente constructivo y con el respeto que merece la trayectoria de Bianchi, vamos a matizar este relato histórico. Los documentos, y en particular la obra de la escritora montañesa Concha Espina, nos invitan a devolver el timbre de gloria a quien realmente merece el reconocimiento por haber descubierto, descrito y facilitado la llegada del son a tierras españolas.

​La historiografía, cuando se trata de la influencia del son en Europa, suele caer en la sugestiva ‘lorquización’ del relato. Es indiscutible que García Lorca sintió una fascinación profunda por Cuba, pero cronológicamente, su labor no fue la pionera. Antes de que el ‘Granada’ —el barco que transportó al poeta— atracara en el puerto habanero, otra pluma, la de Concha Espina, ya había operado como el verdadero puente cultural entre el Vedado y Santander.

​El 13 de junio de 1929, fecha fundamental para esta crónica, Concha Espina fue invitada al Lyceum Femenino de La Habana por su presidenta, Berta Arocena. Fue en el número 81 de la calle Calzada, en el Vedado, donde ocurrió el gran encuentro. Allí, no solo oyó y departió con el maestro Moisés Simons y la cantante Carmen Burguette, sino que experimentó lo que ella misma definiría como un descubrimiento estético: la escucha, por primera vez, del septeto de sones de Ignacio Piñeiro.

​Este momento no es un dato menor; es un hecho documentado con precisión en su libro  «Singladuras» (Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1.ª Edición de 1932).

En sus páginas, describe con una sensibilidad excepcional no solo el ritmo, sino la dimensión humana de aquellos soneros dirigidos por Juan de la Cruz e Ignacio Piñeiro. Para ella, el son no era una curiosidad exótica, sino una fuerza popular que ya se imponía como vanguardia musical. Su crónica es la de una espectadora admirativa que, con una lucidez preclara, comprendió que el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro portaba una novedad capaz de alterar el panorama cultural de la metrópoli.

​Más aún, el relato revela una faceta de gestora cultural que hasta ahora ha sido omitida en los análisis que priorizan la figura de Lorca. Tras conocer sus ambiciones, Concha Espina acompañó a los músicos en su travesía hacia Nueva York el 18 de junio de 1929. Durante el viaje, los integrantes del grupo compartieron con ella sus planes de expansión, sus contratos pendientes y su deseo genuino de dar a conocer el son en España. Fue la propia autora quien, entendiendo la trascendencia de la oportunidad, se ofreció para facilitar su presentación ante una figura clave de la intelectualidad santanderina, el poeta y periodista José del Río Sainz (Pick).

​Pero el argumento definitivo que refuta la primacía de la pareja Lorca-Salazar se encuentra en los registros de la actividad cultural española de aquel verano. El Septeto Nacional no llegó a España de la mano de la vanguardia lorquiana, sino por una ruta trazada por Concha.

Aproximadamente el 6 de julio de 1929 (pág. 83 del libro de viajes), los músicos ofrecieron un concierto histórico en el Ateneo Montañés. Fue en Santander, y no en los círculos madrileños frecuentados por Lorca y Salazar, donde el público español se familiarizó por vez primera con joyas como “Suavecito”, “Esas no son cubanas” o “Las cuatro palomas”.

​Es, pues, en la figura de Concha Espina donde debemos situar el epicentro de esta vanguardia. Mientras Lorca vivió Cuba como una experiencia telúrica y poética de incalculable valor, ella ejerció un papel de cronista y promotora activa. Sus “Singladuras” actúan como una cápsula del tiempo que nos demuestra que el son, antes de ser una moda en las tertulias de Madrid y Sevilla, fue una revelación intelectual experimentada y difundida por el trabajo de la autora santanderina.

​Ciro Bianchi Ross ha realizado un trabajo encomiable al evocar el paso de Lorca por La Habana, y es justo reconocer el valor de su prosa.

No obstante, la historia cultural es un mosaico de voces, y es deber de quienes investigamos el pasado integrar todas las teselas.

Al rescatar el papel de Concha Espina, no pretendemos desmerecer la figura de Lorca, sino ensanchar el foco para que la historia haga justicia a quien, con la sensibilidad de una escritora y la visión de una gestora, supo ver en el son de Piñeiro algo más que música: el pulso vibrante de una modernidad transatlántica que ella, y no otros, fue la primera en traer a nuestras costas.

​La historia del son en España, tal como nos la cuenta la evidencia, tiene un nombre que debe ocupar el lugar que le corresponde en las enciclopedias del género. Es hora de reconocer que la puerta de entrada fue abierta por Concha Espina, bajo el sol de junio de 1929, en la calurosa Habana y en el Ateneo, entonces denominado «Montañés».

Aunque ‘Singladuras’ es un libro extenso, las valoraciones sobre el grupo destacan por su emotividad y claridad analítica.

  • Sobre su impacto como fenómeno social, refleja que el son, desde los orígenes más populares, se había convertido en música de moda; un ritmo que conquista los ánimos con una fuerza formidable, capturando la esencia misma de Cuba en su transformación hacia lo urbano.
  • ​Sobre la calidad del grupo y su dirección, deja dicho que tuvo la fortuna de escuchar en varias ocasiones, como espectadora admirativa, al grupo de soneros dirigidos por Juan de la Cruz e Ignacio Piñeiro. Es, sin lugar a dudas, la novedad más vibrante que le esperaba en las Antillas… “un espectáculo original y atractivo de armoniosa belleza”.
  • Sobre la singularidad de los músicos, destila que encuentra en los componentes del septeto una especial sensibilidad, una forma de entender el compás que los eleva por encima de lo meramente folclórico para convertirlos en intérpretes de una modernidad necesaria y genuina: “Todas las junglas africanas, resonantes en América por atavismos del clan bárbaro, adquirían en mi espíritu roncos murmullos de la raza tardía y misteriosa, recién puesta en contacto con la civilización” (pág. 82).
  • ​Sobre la capacidad transformadora de su repertorio, se colige que la autora al escuchar sus composiciones, comprendió que no era solo música para el baile, sino un lenguaje que estaba definiendo el gusto popular y marcando una pauta estética que merecía ya ser conocida en España.

​Estas afirmaciones, rescatadas de Singladuras, demuestran que Concha Espina no fue una simple testigo, sino una entusiasta promotora que comprendió, antes que casi cualquier otro intelectual español, la potencia de lo que el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro representaba para la música hispanoamericana del siglo XX.


Por José L. Demaría López «Campúa» (1920-01-17). «Nuestras visitas. Concha Espina». La Esfera (315). ISSN 1577-0389., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=138868168