Por Jesús Alfaro Águila-Real

Desde hace casi 15 años imparto, con el profesor Paz-Ares la asignatura de Derecho de Sociedades y Contratos Mercantiles en la UAM a los alumnos del doble grado en Derecho y Empresariales. Desde hace cuatro o cinco años, según las estrictas ordenanzas derivadas del plan Bolonia que, básicamente, obliga a dividir la asignatura en clases magistrales y seminarios (para los cuales, el grupo de magistrales se divide en dos). El plan Bolonia supone más trabajo para los profesores, sobre todo, en lo que a preparación del curso se refiere. Pero sólo el primer año. En los años siguiente, te puedes limitar a actualizar los materiales que proporcionas a los alumnos. A los míos, les obligo a autoevaluarse por escrito, escrito que han de enviarme, a más tardar, el día del examen de la asignatura. Lo que sigue son las reflexiones que me ha suscitado la lectura de esas setenta autoevaluaciones.

Casi todos los estudiantes dicen lo mismo. Ni siquiera se diferencian en el estilo o en el orden de la exposición, lo que denota una actitud conservadora que no es, en sí misma, criticable. Al contrario, siempre que no alcance la unanimidad, su significado es, probablemente, que son acertadas las observaciones que realizan sobre la organización de la asignatura, la interacción con los profesores o los materiales facilitados.

Todos señalan que comenzaron el curso asustados por el nivel de exigencia de la asignatura. Los alumnos de años anteriores les habían informado. Creo que hay un poco de pose en estas declaraciones. Porque esos mismos alumnos deberían haberles informado también de que el nivel de aprobados es muy alto.

Todos comienzan también destacando que el Derecho de Sociedades y Contratos Mercantiles es una asignatura “excesiva” para ser impartida en un sólo cuatrimestre. Los intereses de los profesores, sin embargo, han conducido a esta organización demencial de la docencia. La negociación a cara de perro entre las distintas áreas de una facultad de Derecho conduce inevitablemente a estos resultados porque en la negociación, los que sufren las consecuencias de los errores que se puedan cometer no están presentes. Sería imprescindible que, en las negociaciones internas que tienen lugar en cada Facultad para elaborar los planes de estudio y la distribución del horario entre las distintas asignaturas estuvieran presentes antiguos alumnos, a ser posible, aquellos que hubieran sacado buenas notas y hubieran desarrollado una carrera profesional aceptable.

Pero hay que hacer lo que se pueda. Dos decisiones que los alumnos consideran acertadas.

La primera, dedicar las magistrales exclusivamente a Derecho de Sociedades y los seminarios a contratos. La segunda, olvidarse de cualquier pretensión de exhaustividad: no se repasan todos los contratos mercantiles. Sólo contratos de distribución, seguro, algunos contratos bancarios, algunas formas de garantía, derivados y compraventa de empresa. Habría que incluir el transporte, pero como no soy ducho en la materia, prefiero no hacerlo.

Se reservan dos sesiones para la exposición por los alumnos de los trabajos que han tenido que desarrollar, en grupo, a lo largo del cuatrimestre y que versan sobre un caso concreto (IKEA, Atlético de Madrid, Starbucks…). Esta sesión es excesiva y agota a los estudiantes. Pero no se puede hacer de otra forma, por ahora y, como explicaré más adelante, they love it! 

Tratar a los estudiantes como adultos responsables

Me llena de orgullo y satisfacción, que diría el Rey emérito, observar que, en unos jóvenes sometidos “al estrés colegial del plan Bolonia”, muchos estudiantes afirman que se han sentido tratados como adultos por primera vez en la carrera. Me recuerda lo del cuento del niño (que es un ángel en realidad) que da limosna y al que le dicen que eso no sirve para nada ante tanta miseria y pobreza como hay en el mundo, a lo que él contesta ¿pero no hacen todos los demás igual?

¿En qué ha consistido tratarlos como adultos? En permitirles que organicen el trabajo como quieran. No hay exámenes intermedios, no hay deadlines para entregar papers, no hay obligación de entregar nada, ni las preguntas de autoevaluación, ni los resúmenes de textos, ni los casos prácticos discutidos. Cada estudiante decide cuándo, cuánto y cómo quiere trabajar la asignatura. Eso sí, si deciden enviar al profesor un paper, han de haberlo trabajado. Sólo los trabajos “currados” son dignos de ocupar el tiempo del profesor. A cambio, todos los trabajos recibidos por el profesor se corrigen y se devuelven corregidos (no puntuados, corregidos). El alumno recibe el feedback sobre lo que hace bien y lo que hace mal. Casi siempre la corrección se limita a un par de frases en un correo electrónico y eléctrico y, muchas, a decirles que lo repitan porque el primer párrafo está mal redactado. Calculo que habré leído, en diagonal, entre cien y ciento cincuenta de esos papers.  Debo aclarar que esos papers no podían tener una extensión superior a dos o tres folios, nuevamente, una promesa de que se esforzarán y una promesa por mi parte de que me los leeré. Su contenido se sugería a lo largo del curso de viva voz en las clases. 

También se autoorganizan para la presentación que han de realizar en las últimas sesiones lectivas delante de sus compañeros. Para asegurar que se explican bien, han de formular algunas preguntas al final de su exposición que sus compañeros habrán de responder en la autoevaluación.

Cuando los alumnos han sido adecuadamente seleccionados – como sucede con los de doble grado – y están en los últimos años de carrera – como sucede con Derecho Mercantil – es innecesario y contraproducente atarlos corto. El riesgo es, naturalmente, que haya gorrones y mentirosos en el grupo y que, alguno de ellos, se salga con la suya y logre aprobar la asignatura sin haber dado palo al agua y, sobre todo, sin haber aprendido nada.

Un análisis coste-beneficio, sin embargo, permite actuar, frente a ese riesgo, como si no existiera. Los alumnos de 5º tienen incentivos para esforzarse en la asignatura ya que saben que será importante para su carrera profesional cuyo inicio ven ya próximo. Los materiales no son los “ladrillos” que tan frecuentemente lanzamos a los estudiantes de Derecho. Están cortados de forma que su lectura no requiera horas de dedicación intensa e ininterrumpida. Y siempre está el examen final de la materia propia de las clases magistrales que – me gusta decir – no es más que una promesa de seriedad. Podrás haber racaneado durante el curso; incluso haber perdido el tiempo asistiendo a todas las sesiones lectivas; podrás haberte aprovechado del trabajo de tus compañeros pero, al final, si sabes, harás bien ese examen. O medio bien. Pero si no sabes, lo harás mal, seguro.

Eso es tratarlos como adultos: decir qué se espera de ellos; cuál es la forma de que alcancen esos objetivos; poner a su disposición buenos materiales para que los alcancen y dejarlos a su bola. Y darles feed back. Decirles cuándo lo han hecho mal y por qué. O por qué lo han hecho bien. Pero decirles algo. Y, sobre todo, como dicen los franceses de la force de frappe nuclear, faire la confiance al presidente de la República. Confiar en que no serán unos tramposos ni unos imbéciles. Que aprovecharán el tiempo. Y, naturalmente, que ellos confíen en que el profesor tampoco es un tramposo ni un imbécil.

No todo son alabanzas en este punto. Hay estudiantes que quieren más seguridad jurídica y que la nota esté más estructurada. Me parece que están equivocados y, sobre todo, me conviene mucho creerlo así porque no hay nada más aburrido que ir calculando la nota exacta que merece cada uno. Es una apariencia de justicia, pero solo apariencia. Como se dice que dijo Keynes, prefiero estar aproximadamente en lo cierto que equivocarme con precisión.

Consecuencias no pretendidas: el trabajo en grupo y la puesta en común

Tengo muchas dificultades para organizar la sesión o sesiones finales de los seminarios en los que los alumnos han de exponer un caso de una lista (para ver algunos resultados pinche aquí o aquí). Al final, no queda otra que hacer una sesión maratoniana de más de cuatro horas y que vayan desfilando por la tarima en grupos de cuatro o cinco estudiantes. Como el público son sus compañeros, hay una cierta solidaridad entre ellos y escuchan pacientemente.

En una de las autoevaluaciones, una alumna destaca la elaboración del trabajo correspondiente (La rinascente) como lo más interesante que ha hecho en el curso. Y subraya que lo trabajó primero con dos o tres de sus compañeros – su grupo – pero luego, a efectos de la exposición pública, tenía que coordinarse con el grupo que, en el otro grupo de seminario, había elegido el mismo tema. De manera que la discusión entre los dos grupos era lo más parecido a una “negociación” intelectual entre dos partes que conocen bien el tema. Quizá sea esta la razón por la que las exposiciones han mejorado respecto de años anteriores.

El acierto es pleno respecto a permitirles – obligarles – a elaborar el trabajo en grupo. El acierto no buscado es esta “segunda fase” de coordinación entre dos grupos. Ahora que están de moda las soft skills, como me recuerda otro alumno, esta sesión es muy relevante. Nadie les va a dar más de diez minutos para exponer nada en la vida.

Una mejora sugerida por casi todos es la de dedicar dos sesiones en días distintos, pero creo que perdería intensidad y “sufrimiento”. Otra, que no he implementado porque es mucho más trabajo para mí, es la de dedicar una tutoría previa a cada grupo para preparar la exposición. Me limito a mirarme los power-point que me han de enviar con anticipación y hacerles alguna sugerencia genérica.

Los alumnos se han entusiasmado tanto con esta sesión que me reprochan que, por razones de tiempo, no permitiera a alguno de los grupos hacer la exposición delante de sus compañeros o que algunos de los grupos tuvieran más tiempo de exposición que otros. Mea culpa (aunque había razones detrás de cada decisión). Con un poco más de organización (eliminando de la lista los casos menos interesantes y complejos y siendo estrictos con los slots de cada grupo), este entusiasmo podrá aprovecharse.

Otra consecuencia no pretendida de la sesión final ha sido que los alumnos han llegado a pactos colusorios entre ellos y han hecho, también en grupo, los papers que se sugerían a lo largo del curso.

Respecto a la organización de la materia

Empecemos por las clases magistrales, que se dedican al Derecho de Sociedades, explicado en la forma tradicional. Los profesores proporcionan al alumno un Manual no publicado perfectamente adaptado al programa.

Los alumnos se convencen de que tienen que leer la lección correspondiente del Manual para aprovechar las clases magistrales porque el profesor no se limita a resumir el Manual. Los alumnos, en general, alaban el Manual (400 páginas “es uno de los pocos libros que he leído en la carrera que está pensado para enseñar a los alumnos” dice una alumna; “Tener un manual de esas características disponible en formato Word en Moodle el primer día de clase es un auténtico lujo” dice otro) y reduce mucho su estrés que recoja lo que “opinan” sus dos profesores; que cubra toda la materia de examen y que esté redactado de forma comprensible. Además, agradecen que sea gratuito, claro. 

Aquí hay alguna observación interesante por parte de algunos alumnos. Alguno dice que su “estrategia” de preparación de las clases fue distinta con cada uno de los dos profesores. Con el primero, se leía la lección antes de la clase. Con el segundo, después. Una estrategia inteligente si se tiene en cuenta que el primero divagaba en clase y se ocupaba intensamente de algunas cuestiones pero no entraba en el análisis de otras mientras que el segundo realizaba exposiciones orales mucho más ordenadas y sistemáticas de la materia central de cada lección.

Otra felicitación que se agradece en este punto es el de la coordinación entre los dos profesores. Los alumnos de Derecho sufren de un terrible problema: les repiten lo mismo una y otra vez en distintas asignaturas. No hay coordinación alguna entre los profesores de las distintas asignaturas. Siempre me acuerdo de que la Facultad de Medicina de la UAM fue pionera – también – en organizar las clases con participación de varios profesores. Ahora que está de moda acabar con las asignaturas, deberíamos empezar por coordinar su contenido entre todos los profesores de la facultad. ¿Quién ha de explicar qué? Pues bien, parece que los dos profesores que nos dividimos el Derecho de Sociedades no nos hemos solapado en absoluto. Es fácil: uno da la parte general y la financiación de las sociedades y el otro explica el gobierno corporativo. Las clases del segundo son, así, un curso avanzado de gobierno corporativo. Los alumnos pueden seguirle porque han “oído” ya los conceptos básicos en las primeras sesiones. Las sesiones de uno y otro profesor no se intercalan (eso despista mucho a los alumnos aunque resulte más conveniente para los profesores).

Respecto de los seminarios

Para terminar. Los alumnos alaban, en general, la calidad y variedad de los materiales que tienen que utilizar para preparar la sesión del seminario. Estos incluyen siempre casos reales (o casos, como este año, tomados de los exámenes que sufren los estudiantes de Derecho alemanes al final de la carrera), videos, noticias o columnas de medios de comunicación de alta calidad, entradas de este u otro blog, lecciones elaboradas por los profesores o por otros profesores, cuestiones de autoevaluación (con un link al texto donde pueden encontrar la respuesta, ya que no se trata de que realicen un trabajo contestando a las preguntas sino que se aseguren de que han entendido el problema planteado).

En cuanto a las sesiones, en general, están satisfechos con ellas aunque algunos las consideran poco prácticas porque, en algunas, no se discuten casos sino, simplemente, se exponen, de una manera distinta a una clase magistral, las cuestiones dogmáticas implicadas. La división del grupo en dos subgrupos a efectos de seminario es un obstáculo significativo para el profesor. Repetir una sesión es insufrible, de manera que no son iguales. Si los alumnos tuvieran tiempo y les compensara estar en un grupo más amplio, podrían duplicarse las horas dedicadas a los seminarios, simplemente, sumando las horas lectivas correspondientes a cada uno de los dos subgrupos.

Conclusión

No hay por qué resignarse. Con todas las limitaciones de la formación de los estudiantes, con toda la burocracia, con la escasez de medios que padecemos los profesores universitarios, se puede entusiasmar a los alumnos y proporcionarles una enseñanza que esté al nivel de la de cualquier universidad reputada de los países más desarrollados. Y quejarse no sirve de nada. El sueldo es bajo y algunas tareas, pesadísimas. ¡Haberte dedicado a otra cosa!