Por Jesús Alfaro Águila-Real

Los estudios empíricos sobre la eficiencia de las decisiones colectivas

La idea de que los grupos son más sabios que sus miembros individualmente considerados procede, como es sabido, de los trabajos de Francis Galton (el peso del buey: los errores al alza y a la baja se cancelan recíprocamente) y, en último extremo, en los de Condorcet. En una entrada anterior en Derecho Mercantil (Cuando el objetivo es epistémico y no distributivo: A crowd of crowds is wiser than any single crowdDerecho Mercantil, 2025) resumía un post de Stafford que titulaba diciendo que cuando el objetivo de un grupo es epistémico (encontrar la mejor solución para un problema colectivo) pero no distributivo (repartirse los beneficios que la acción colectiva genera) «a crowd of crowds is wiser than a single crowd», una multitud de multitudes es más sabia que una sola multitud. La razón: la deliberación en grupos pequeños mejora la calidad de las decisiones. En esta nueva entrada, Stafford resume estudios de Navajas y otros que demuestran que no todas las formas de combinar opiniones individuales son igualmente efectivas. O, en otras palabras, que las reglas que se apliquen para tomar decisiones colectivas tienen su importancia.

(Barrera-Lemarchand, F., Charreau, L. V. L., Ruiz, J., Caceres, N., Carrillo, F., Sigm M., & Navajas, J. (2025, October 6). Collective problem decomposition drives the wisdom of deliberative crowds; J., Niella, T., Garbulsky, G., Bahrami, B., & Sigman, M. (2018). Aggregate knowledge from a small number of debates outperforms the wisdom of large crow Nature Human Behaviour, 2(2), 126-132).

El experimento se realizó en 2018 con 5.180 personas durante un evento TEDx. Se pidió a los participantes que estimaran valores objetivos como la altura de la Torre Eiffel o el número de emperadores romanos. El promedio de todas las respuestas individuales funcionó razonablemente bien en algunos casos, pero fracasó en otros. La altura de la Torre Eiffel se estimó en promedio en 344,4 metros (324 metros reales). Sin embargo, el número de emperadores romanos, (reales 134), se estimó en apenas 19,5, un error enorme explicable porque los participantes extrapolaban a partir del número limitado de emperadores que recordaban cada uno de los individuos participantes. Cada persona piensa en los emperadores que recuerda (Augusto, Nerón, Calígula, Marco Aurelio…) y dice un número basándose en eso. Como la mayoría de la gente recuerda 8-10 emperadores como mucho (y todos recuerdan a los mismos ¿quién se acuerda de Quintilo, Floriano o Pupielo?), las estimaciones rondan ese número o el doble.

Pues bien, modificando las reglas para decidir, los autores encontraron que los resultados mejoraban notablemente. Cuando los participantes se organizaron en grupos de cinco personas que deliberaron durante apenas un minuto antes de registrar una respuesta consensuada, la mejora fue sustancial. El promedio de las respuestas de los grupos superó al promedio de todas las respuestas individuales. Más revelador aún fue que bastaba promediar las respuestas de solo cuatro grupos, es decir veinte personas, para superar la precisión del promedio de 1.400 individuos considerados aisladamente.

Esta mejora no se debía simplemente a que las personas tuvieran más tiempo para reflexionar, sino específicamente al intercambio argumentativo. La comparación entre preguntas discutidas y no discutidas mostró que la deliberación, no el mero paso del tiempo, producía la mejora. Los participantes declararon que compartieron argumentos y razonaron juntos, confirmando que la deliberación introduce un proceso cognitivo colectivo que reduce errores de manera más efectiva que cualquier método estadístico de agregación. Y es lógico que así sea si el problema para ‘acertar’ en la respuesta era, como se ha visto, el sesgo de ‘anclaje’ individual (cada participante daba un número basándose en el número de emperadores que recordaba). La deliberación elimina el ‘sesgo’ (como el mercado elimina el ‘sesgo’ llamado efecto renta, por ejemplo, lo que nos debe hacer escépticos frente a las teorías behavioralists: los humanos estamos especialmente dotados para la acción colectiva)

Un hallazgo particularmente interesante fue que la varianza entre grupos aumentaba, lo que significa que se incrementaba la diversidad cuando se agregaban consensos de grupos distintos en lugar de opiniones individuales. Esto sugiere que la deliberación no homogeneiza el pensamiento colectivo.

En cuanto a las formas de deliberar, no todas son igualmente efectivas. Son menos efectivas las que se limitan a compartir las estimaciones de cada uno de los grupos y hacer algún tipo de promedio. Según estos estudios, son más efectivas las estrategias Fermi (por el premio Nobel de Física). Estas consisten en descomponer el problema en partes y atribuir valores a cada componente. En el ejemplo del número de los emperadores romanos, con descomposición, el grupo podría razonar así: ¿Cuánto duró el Imperio Romano? Unos 500 años ¿Cuánto duraba en promedio cada reinado? Variable, pero digamos 10-15 años ¿Hubo periodos con múltiples emperadores simultáneos? Sí, a veces uno en Occidente y otro en Oriente Cálculo base: 500 años ÷ 12 años promedio = ~41 emperadores Ajuste por co-emperadores y periodos de crisis: multiplicar por 2.5-3 Resultado: 100-120 emperadores. ¿Por qué funciona mejor? El método Fermi evita el sesgo de anclaje en lo que cada uno recuerda personalmente; obliga a razonar estructuradamente sobre el problema y permite que diferentes miembros aporten conocimiento sobre diferentes partes

(Uno de los miembros del grupo sabe más de la duración del Imperio, otro de los periodos de crisis. La deliberación mejora cada componente – si alguien dice «los reinados duraban 30 años», otros pueden corregir. Además, razonar conjuntamente permitía a los grupos mejorar su descomposición del problema y las estimaciones que la componían de una manera que no podía replicarse simplemente agregando individuos, incluso cuando estos individuos hacían la misma descomposición del problema por su cuenta.

Cuándo las decisiones colectivas se adoptan por votación

En los ejemplos anteriores se trata de aprovechar la «sabiduría» de las masas para encontrar la «mejor» respuesta. Eso supone que hay una respuesta correcta. No cabe duda, pues, que el voto individual (la estimación que hace cada uno de los participantes del peso del buey, la altura de la torre Eiffel o el número de emperadores romanos) tiene una función epistémica, de elicitar el conocimiento, la información de la que dispone cada uno de los miembros del grupo mejorando así la ‘calidad’ de la respuesta colectiva en comparación con la individual. La agregación puede hacerse por métodos estadísticos o mediante deliberación.
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¿Sucede lo mismo con las decisiones colectivas en el seno de una corporación (en la asamblea convocada por el jefe de la tribu, en la asamblea general de una asociación o en la junta general de accionistas de una sociedad anónima)? Es obvio que cuando los grupos toman decisiones colectivas organizadamente no hay una respuesta correcta que nos permita juzgar, tras la votación, si el grupo acertó o se equivocó. El grupo ha de decidir si ir a la guerra contra los vecinos o iniciar negociaciones de paz, si se fusiona con otra compañía o permanecen independientes, si adquieren el chalé que utilizan como club social o sigue la asociación como arrendataria… Sólo cuando se ejecute la decisión adoptada y se vean los resultados (ganamos la guerra, el valor de las acciones post- fusión ha aumentado, los costes de disfrutar del chalé como club social se han reducido…) podremos decidir si la decisión fue acertada.
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Pero eso no significa que el objetivo del proceso de decisión colectiva en una corporación no sea encontrar «la mejor respuesta». Solo que la calidad de la decisión se mide, no por su aproximación a la realidad (a la altura real de la torre Eiffel o al número de emperadores romanos que existieron) sino por el patrón del interés común. La decisión será «acertada» en función de si facilita que el grupo consiga los objetivos que persiguió al haberse formado. También en las corporaciones, el voto cumple una función epistémica: agregar información relevante para decidir qué es mejor para el grupo.
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Se explica así que en grupos pequeños no se recurra a la adopción de acuerdos, a votar: las decisiones se toman por consenso. Igualmente, los grupos pequeños decidirían por consenso qué altura atribuir a la torre Eiffel o qué número de emperadores existieron, es decir, a través de la deliberación como hemos visto más arriba. En grupos muy grandes la votación y la formación de la voluntad común por mayoría es imprescindible porque la formación de consensos a través de mecanismos informales es muy costosa, no sólo por el gran número de miembros, sino porque los miembros no mantienen, normalmente, relaciones personales fuera de la corporación, como sí lo hacen los miembros de una tribu o los socios de una compañía familiar. Y es que las corporaciones son organizaciones idóneas para coordinar la conducta de grupos grandes de individuos que persiguen un fin común sin que sea necesario ningún otro rasgo o característica común a los miembros, y tampoco que mantengan relaciones fuera de la corporación.
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Por tanto, en las corporaciones, el objetivo del sistema de adopción de decisiones colectivas – las que adoptan los órganos de la corporación – es siempre epistémico. No sirven para revelar o agregar preferencias individuales de los miembros, sino para agregar la información dispersa que estos poseen. Dado que la membrecía en una corporación es fungible, es decir, los miembros son intercambiables, la decisión colectiva difícilmente podría reflejar las preferencias de los miembros. Reflejaría, en todo caso, las preferencias de los que sean miembros en cada momento. Utilizar la adopción de acuerdos para el fin de compatibilizar preferencias sería muy ineficiente.
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En las elecciones políticas, se suele decir que las preferencias de los votantes juegan un papel mucho más relevante porque algunos votantes preferirán maximizar el crecimiento económico mientras otros preferirán minimizar las desigualdades sociales. Agregar estas preferencias heterogéneas no es posible, en general (teorema de Arrow). De ahí que tenga razón Popper cuando propugna utilizar el voto en las elecciones políticas como un plebiscito sobre la gestión del gobierno saliente y nada más, esto es, como un mecanismo para derribar pacíficamente a los «malos» gobiernos sin apelar a las preferencias sobre el modelo de sociedad de cada ciudadano. El modelo de Popper es profundamente corporativo porque su propuesta sólo funciona si todos los ciudadanos quieren «lo mejor» para el país y es obvio (Aumann) que no pueden estar en desacuerdo con la afirmación de que lo mejor para el país es que el gobierno continúe – si lo ha hecho bien – o que sea sustituido por la oposición – si el gobierno lo ha hecho mal. El voto permite así agregar la información que tienen los ciudadanos sobre la gestión del gobierno saliente. Si la gente vota ‘de buena fe’ (sinceramente), la probabilidad de que gobiernos malos se eternicen se reduce.
En todo caso, en las corporaciones, el problema que se acaba de exponer para las elecciones políticas no se plantea porque los miembros comparten el mismo objetivo. Todos quieren – en el caso de las sociedades anónimas – maximizar los flujos de caja futuros de la empresa o, en el caso de corporaciones puras como las asociaciones y las fundaciones, los miembros o los patronos quieren, todos, avanzar el fin para el cual se constituyó la organización (ganar trofeos deportivos, practicar la religión común…). No tienen preferencias diferentes sobre el resultado deseado. Lo que tienen son creencias diferentes, basadas en información dispersa e incompleta, sobre cuál es el mejor medio para alcanzar ese objetivo común. El voto sirve para agregar esa información dispersa y formar un juicio colectivo más preciso que cualquier juicio individual.
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Como luego veremos, en las corporaciones societarias como la sociedad anónima, sin embargo, las decisiones colectivas – los acuerdos de la junta de accionistas – son también distributivas. Por ejemplo, la decisión de repartir los beneficios o de reservarlos o la decisión de disolver y liquidar la sociedad. Son decisiones contractuales y al adoptarlas, los accionistas deciden en función de sus preferencias o intereses particulares, no movidos por el fin común.
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El voto como mecanismo de supervisión de los administradores

Hay otra diferencia importante entre las decisiones corporativas complejas como aprobar una fusión y las que tratan de averiguar cuántos emperadores hubo en Roma o cuánto mide la torre Eiffel. Y es que para las decisiones corporativas, el método Fermi no funciona porque las partes del problema no son independientes y sumables. Las sinergias esperadas de una fusión, por ejemplo, dependen del coste de integración, que a su vez depende del riesgo de ejecución, que depende de la calidad del management. Puede haber desacuerdo fundamental sobre qué dimensiones considerar relevantes. De manera que hay que explicar la eficiencia de someter a votación de los accionistas estas decisiones, aliunde, en otros rasgos o efectos de los acuerdos corporativos. Para lo cual hay que recordar que un acuerdo corporativo es el resultado de una votación sobre una propuesta en términos de aprobación – sí – o rechazo – no -. La propuesta concreta ha sido elaborada por quienes tienen información especializada (los administradores). De modo que, aquí, la votación cumple una función disuasoria. La necesidad de aprobación de la propuesta mediante una votación induce a los administradores a seleccionar solo propuestas que crean valor. Si los administradores proponen una fusión destructora de valor, se arriesgan a que sea rechazada y quedarán en evidencia. Por tanto, solo presentarán propuestas que sinceramente crean que generan valor. Esto explica por qué los accionistas casi nunca rechazan fusiones.

Naturalmente, el mecanismo no puede funcionar si los miembros de la corporación no saben distinguir las propuestas buenas de las malas porque los administradores podrían presentar propuestas destructoras de valor sabiendo que pasarán. La obligación de publicar previamente la propuesta permite que terceros especialistas opinen sobre su calidad antes de que los accionistas voten. Los accionistas pueden seguir estas opiniones sin necesidad de ser ellos mismos expertos. Se trata de un mecanismo de reputación intermediado. En las sociedades cerradas no existe ese escrutinio público de terceros. Por tanto, los propios accionistas deben ser capaces de evaluar la propuesta directamente.

V., para lo que sigue, Michael Schouten «The Mechanisms of Voting Efficiency«, 2010

En las sociedades cotizadas existen, pues, dos mecanismos paralelos de agregación de información. Por un lado, la tesis de los mercados de capitales eficientes se refiere a la eficiencia del mercado en la agregación de información a través del precio de las acciones. Cuando se anuncia una fusión, el precio refleja inmediatamente la opinión agregada del mercado sobre si crea o destruye valor. Por otro lado, la eficiencia del voto implica que la votación también agrega información (la que está dispersa entre los accionistas), pero funciona precisamente gracias a la existencia del mercado. La publicidad de la propuesta permite el escrutinio de analistas y expertos cuyas opiniones se reflejan tanto en el precio como en recomendaciones públicas que disciplinan a los administradores.

Los dos mecanismos se refuerzan mutuamente. El precio del mercado es información visible para todos, incluidos los propios administradores que ven si el mercado castiga su propuesta. Los analistas que estudian la propuesta para emitir opiniones influyen en el precio. Los accionistas pueden votar siguiendo la señal del mercado o las recomendaciones públicas de los expertos. En las sociedades cotizadas, por tanto, la eficiencia del voto es en cierto sentido parasitaria de la eficiencia del mercado. Funciona porque existe el mercado y la obligación de publicidad. En las sociedades cerradas, por el contrario, no hay eficiencia de mercado porque no hay mercado para las acciones. La eficiencia del voto debe funcionar sola. Esto exige votantes mucho más competentes que realmente puedan evaluar la propuesta por sí mismos o mediante deliberación directa entre ellos.

La función epistémica del voto en los distintos tipos de corporaciones

En lo que se refiere a los incentivos, los accionistas, en cuanto titulares del patrimonio de la sociedad, tienen incentivos adecuados para ‘acertar’ en la decisión ya que el aumento o la disminución del valor del patrimonio social que la propuesta provoque recae sobre el patrimonio de cada uno. Pero ese no es el caso de los miembros de una asociación o de los patronos de una fundación.

Esta es la diferencia fundamental: en las corporaciones puras como fundaciones y asociaciones, el voto es siempre y necesariamente epistémico. Los miembros no deben votar según sus preferencias personales sobre qué hacer con el patrimonio porque el patrimonio no es suyo. Solo deben votar según su mejor juicio sobre cómo avanzar el fin común. Su función es agregar la información dispersa que poseen para identificar colectivamente el mejor curso de acción hacia ese fin. En las corporaciones societarias, como la sociedad anónima, donde los accionistas sí son titulares residuales del patrimonio, el voto tiene función epistémica cuando se trata de determinar qué decisión es mejor para la persona jurídica, por ejemplo si es mejor fusionarse con otra compañía o adquirirla, si es mejor entrar en un nuevo mercado o consolidar la posición en los mercados existentes, si es mejor invertir en investigación y desarrollo o en expansión de la capacidad productiva. En todos estos casos, los accionistas comparten el objetivo común de maximizar el valor del patrimonio. No tienen preferencias diferentes sobre el resultado deseado. Lo que tienen son creencias diferentes, basadas en información incompleta y dispersa, sobre qué decisión logrará mejor ese objetivo. El voto agrega esa información.

El voto en corporaciones societarias tiene función distributiva cuando los accionistas deciden sobre sus propios derechos como titulares del patrimonio, no sobre cómo gestionar mejor la empresa. Por ejemplo, cuando deciden si repartir dividendos o reinvertir los beneficios acumulándolos como reservas, están decidiendo entre su consumo presente y su consumo futuro. Pueden tener preferencias genuinamente diferentes al respecto. Unos pueden preferir dividendos porque necesitan liquidez, otros pueden preferir reinversión porque tienen un horizonte temporal más largo. Cuando deciden liquidar la sociedad y repartirse el patrimonio, están ejerciendo su derecho como propietarios a disponer de lo que les pertenece. Aquí el voto sí agrega preferencias.

V., Asquini y el acuerdo de aplicación del resultado, Almacén de Derecho, 2026 y El deber de buena fe y el deber de lealtad del socio, Almacén de Derecho, 2019