Por Cándido Paz-Ares

1. De Fernando Pantaleón siempre he admirado la rapidez. La rapidez tiene dos dimensiones: en la dimensión temporal, significa comprender algo en muy poco tiempo; en la dimensión espacial, condensar lo que previamente se ha comprendido en muy poco espacio. En la conjunción de una y otra veo yo la fuerza o tracción de lo que ha hecho Fernando, el signo distintivo de su carrera o de sus muchas carreras en el campo del derecho. Porque Fernando tiene muchas carreras como jurista, y el legado que nos deja en cada una de ellas —como certeramente observa Francisco Marín Castán en el libro que presentamos esta tarde— no es ni mucho menos proporcional a la dedicación que les ha prestado. La rapidez —la prodigiosa velocidad de su inteligencia— rompe todas las barreras de la proporcionalidad.

Fernando tiene una carrera académica como profesor, a la que puso fin demasiado pronto (bueno, eso es, al menos, lo que pretendió); una carrera profesional como abogado que comenzó mucho después de que hubiese madurado su talento para el foro; una carrera judicial como magistrado del Supremo, que necesariamente inició tarde y, para infortunio de la jurisprudencia, concluyó muy temprano; e incluso tiene, por más que cueste imaginarlo, una carrera deportiva, esta también abandonada prematuramente, lo que, dicho sea de paso, no le ha impedido mantenerse en forma. No me voy a referir a todas ellas; sería descortés por mi parte entrar en el terreno de otros miembros de esta mesa. De hecho, ni siquiera voy a referirme a la que tenía que referirme, que es la carrera académica, aunque no descarto hacer una alusión a la deportiva, sin representación en la mesa, si al final me queda algo de tiempo para ello.

La carrera académica de Fernando es tan conocida de todos, y no solo de los que estamos aquí esta tarde, que sería verdaderamente pleonástico repetir títulos o glosar tesis que todos nos sabemos de memoria. ¿Hay alguien aquí que no haya leído la cesión de créditos, el sistema de la responsabilidad contractual o la historia de unos abrigos? ¡Sería imperdonable! Su contribución al desarrollo del derecho privado (y no solo del derecho de obligaciones) ha dejado una marca profunda y duradera entre los civilistas del país, también entre los mercantilistas, incluso entre los penalistas y los administrativistas, que han tenido que sufrir el aguijón afilado de nuestro amigo en algunas de las creaciones de las que se sentían más orgullosos, como la responsabilidad civil derivada de delito o la responsabilidad de la administración por el funcionamiento normal de los servicios. Pero, repito, es inútil —redundante, en sentido estricto— que me demore haciendo inventario de las construcciones de Fernando o de sus deconstrucciones —por no decir llanamente destrucciones—, tan importantes estas como aquellas. En su lugar, permitidme que me beneficie de esta ocasión para haceros —para haceros a vosotros y hacerle a él— una confidencia muy personal.

2. Es esta. He tenido una de las fortunas más raras y preciadas que uno puede tener en la vida académica —y en la vida en general—, a saber: tener a otro como si fuera uno, tener a Fernando como si fuera yo. No veo mejor manera de expresar mi relación con él que con esta enigmática fórmula de Montaigne. Recordad. Justamente a propósito de la amistad filosófica o intelectual, Montaigne escribió que, si se le preguntara por la razón de su afecto hacia Étienne de La Boétie, su Pantaleón particular, solo tendría una respuesta: “porque era él; porque era yo”. No hay forma más exacta de decirlo. En mi experiencia jurídica, siempre que se me ha planteado una duda, he acudido a Fernando. Ahora comprendo exactamente por qué: él era el único que podía resolverla como la habría resuelto yo (eso sí, con notable antelación). O sea, le preguntaba a Fernando porque era él y porque era yo.

La nuestra no ha sido una mera coincidencia de intereses, ni un mero vínculo de colegialidad, ni una simple relación de confianza, sino una comunión de espíritu, una armonía de pensamiento, una sintonía de inteligencias mediante las cuales cada uno de nosotros encontraba en el otro —como habría observado Montaigne— un interlocutor capaz de comprender no solo lo que pensaba, sino también la forma misma de pensar. Todos nosotros, en la vida universitaria, hemos encontrado colegas a los que hemos respetado, compañeros con los que hemos colaborado y, más raramente, estudiosos a los que hemos admirado. Pero más raramente todavía —tan raramente, decía Montaigne, que “apenas se produce una vez cada tres siglos”— hemos encontrado a personas con las que, además de todo aquello, hemos compartido, casi instintivamente, una misma forma de pensar. Esto es lo que me ha pasado y aún me pasa con Fernando. Pensamos el derecho de la misma forma. Nuestra única diferencia está en la velocidad: él rápido como un rayo, yo lento como el orvallo de mi tierra. Yo necesito hacer el recorrido completo de la argumentación y verificar la solvencia o solidez de cada paso. Él salta con pértiga, otra cosa le aburre. Esa es su naturaleza. La morosidad del hombre de ciencia queda arrumbada o arrasada por la impaciencia del hombre de acción.

Hemos tenido opiniones distintas sobre muchas cuestiones. Habría sido extraño lo contrario. Y sin embargo, cada vez que en nuestros intercambios afloraba una discrepancia, he tenido la sensación de que no era verdadera o genuinamente profunda. Bastaba continuar la conversación, concederle un poco de tiempo, transcurrido el cual, de forma indefectible, todas las diferencias acababan disolviéndose o resolviéndose en una composición natural. No porque uno convenciese al otro —en ese caso, yo siempre llevaría las de perder—, sino porque, por debajo de todo fluía una corriente subterránea de entendimiento o simpatía (“sympatheia”), que nos llevaba a querer las mismas cosas y a rechazar las mismas cosas. ¿Cuál es la razón de la sintonía? ¿De dónde proviene? Es un arcano para mí.

No tenemos maestros comunes, no bebemos de las mismas fuentes, ni siquiera tenemos gustos similares en la literatura o el cine o en la visión de nuestra propia ciencia. Yo, por ejemplo, admiro a Javier Marías; Fernando lo valora, pero me temo que le carga un poco. Él tiene más sensibilidad histórica, yo seguramente más sensibilidad económica. Él ve el derecho fundamentalmente desde la perspectiva interna del participante, yo me abro con más facilidad a la perspectiva externa y la consideración de otros criterios normativos. Etc. Solo sé que, hablando con él, siempre he tenido la sensación reconfortante de encontrarme en territorio familiar, como si hubiésemos aprendido los dos a hablar jurídicamente en la misma casa. De ordinario se piensa que el acuerdo entre los estudiosos nace de las conclusiones comunes. Creo, en cambio, que las cosas más importantes tienen lugar mucho antes de las conclusiones. Mi experiencia con Fernando ha sido siempre la misma. Enfrentados a un problema jurídico, incluso antes de iniciarse la discusión, uno y otro teníamos ya identificado el mismo punto esencial, la misma dificultad oculta o escondida, la misma pregunta decisiva. Con frecuencia no era preciso argumentar mucho. Bastaba una observación, un apunte, apenas un par de palabras para que las cosas comenzasen a girar en ademán de encajar. El único nombre adecuado que se me ocurre para designar este fenómeno —esta corriente de simpatía— es el de “fraternidad jurídica”.

Fernando y yo nacimos hermanados a la vida universitaria, pronto se cumplirán cincuenta años desde que nos pusimos al alimón con nuestras tesis doctorales en la Autónoma. Así seguimos durante los años de formación hasta que obtuvimos por la misma época y en la misma Universidad nuestras primeras cátedras. Y así hemos continuado hasta la fecha. Quizá por ello he tenido siempre el presentimiento de que hoy me tocaría hacer esta laudatio.

Ihering fumaba sus famosos pitillos jurídicos en solitario. Nosotros los hemos fumado juntos, a menudo con un gintonic al lado, en el coche-cama que todas las semanas nos llevaba y traía de Santander. En aquellas conversaciones jurídicas hasta altas horas de la noche se acabó de forjar o, mejor dicho, quizá, de hacer patente nuestra “fraternidad jurídica”. No es un parentesco por afinidad o político (como piensa Fernando cuando jocosamente dice que somos brothers in law). Es un parentesco por consanguinidad, pues por nuestras venas corre el mismo modo de ver y pensar el derecho y, lo que tal vez es más importante, la misma pasión por el derecho, que uno y otro consideramos la más prodigiosa creación de la humanidad.

3. Me gustaría añadir ahora otra confidencia fraternal, esta vez para expresar una pequeña pero prolongada lamentación, nacida también de la admiración. En el curso de nuestras vidas paralelas he pensado siempre que Fernando no había escrito bastante, que no era suficiente lo que se había contentado con escribir, él lo sabe bien porque me lo ha escuchado a menudo. Estoy seguro de que muchos de vosotros pensáis lo mismo. Sus investigaciones nos han sabido a poco, y el espacio desierto que dejan todas las que no escribió no ha podido ser ocupado plenamente por su gloriosa oralidad. Solo unos pocos hemos podido beneficiarnos de ella en las conversaciones, seminarios y conferencias que ciertamente ha prodigado como pocos. El problema es que esas palabras no se las ha llevado el viento para difundirlas más allá de los círculos más o menos reducidos en que fueron pronunciadas, aunque es posible que me equivoque y el boca a boca haya funcionado aquí también de manera efectiva. De hecho, algunos de sus oyentes llegaron incluso a crear una Asociación de Amigos de Pantaleón, cuyo objeto era seguirlo de plaza en plaza para deleitarse y aprender con sus disertaciones.

¡Cuántas veces le habré animado a desarrollar ciertas ideas en obras más amplias y articuladas, a darles la forma de pieza académica —de artículo, de libro, incluso de manual— y materializarlas en una construcción sistemática capaz de atravesar los años y alcanzar a un público más amplio! Pues, aunque todas las obras científicas están destinadas a perecer —solo las obras de arte están destinadas a perdurar—, las suyas seguro que tardarían en hacerlo. Todavía hoy, casi cuarenta años después, no se ha escrito sobre la responsabilidad civil nada parangonable a su comentario del 1902 en el Palandt doméstico.

Como buen corredor de fondo, me habría gustado ver transformadas todas sus intuiciones y destellos en obras monumentales, pero como dice el refrán alemán, contra la naturaleza no se puede ir (“gegen die Natur darf man nicht gehen”). Fernando no ha nacido para eso o, simplemente, no ha estado por la labor. Fernando no es un corredor de fondo, sino un sprinter o velocista. Prefiere la fuerza del relámpago a la perseverancia del orvallo, permitidme insistir en la imagen. Citaré de nuevo a su adorado Montaigne, cuyas palabras famosas —“Yo no pinto el ser, yo pinto el pasar”— bien podrían ponerse en los labios de Pantaleón: “Yo no pinto el derecho, yo pinto el caso”.

Si hoy lamento los artículos y libros y manuales que Fernando se ha dejado en el tintero no es porque atribuya mucho valor a las publicaciones —a la vista de la marea que nos inunda, cada vez les atribuyo menos—; es porque conozco el valor extraordinario de lo que nos hemos perdido. De unos cuantos autores pienso que su mayor mérito es no haber escrito nada sobre determinadas materias de su disciplina, y si la holganza hubiese podido extenderse a todas ellas, el mérito sería superlativo. Son demasiados los libros, demasiados los artículos que sobran, y que al sobrar dañan o confunden. De Fernando no me sobra nada, me falta.

4. Compruebo que ya no me queda tiempo para hacer mención, como me hubiera gustado, a la carrera deportiva de Fernando. Quizá luego, si hay coloquio o algún tipo de intercambio, pueda daros una pincelada. Termino, pues. En Fernando se unen la sapiencia y la elocuencia. Tiene un sentido natural de la escena, un instinto innato para el relato jurídico —y no jurídico—, una rara capacidad para representar lo que quiere decir. No solo piensa bien, no solo habla bien, también gesticula bien, con fuerza y significado. Es hombre dotado de una extraordinaria presencia y potencia vital, con la que siempre ha logrado imponerse a los rigores y los azares de la vida. Pertenece a aquella rara categoría de personas que jamás han aprendido —que jamás han querido aprender— el arte de la reticencia. Dice lo que piensa. Lo dice súbito, rápido. No es hombre de medias palabras. No es hombre de cautelas inútiles. Posee una franqueza instintiva, a veces pungente o punzante, a veces provocativa, siempre auténtica. Estas cualidades explican buena parte de la fascinación que ejerce sobre las personas que lo conocen. Y, en especial, la que ha ejercido y sigue ejerciendo sobre Nieves (“Nievuca”), nuestra primera alumna común.

Gracias por vuestra atención.

Coda: El acto o sesión académica se cerró tras las intervenciones de los ponentes. No hubo, así pues, ni coloquio ni otro turno de palabra que me permitiera completar la semblanza de Fernando que me había propuesto hacer. La oportunidad vino luego, durante el cóctel que se sirvió a continuación, cuando se me acercaron algunos colegas y amigos interesándose, con sana o malsana curiosidad, por la carrera deportiva de nuestro hombre. Entonces, tras advertirles sobre la versatilidad de la inteligencia de Fernando, les conté, más o menos, lo siguiente.

Fernando tiene una sola faz, pero dos inteligencias. La inteligencia impar es la que ha regido su carrera académica y su carrera judicial. Es la inteligencia del jurisprudente o, si preferís, la inteligencia de la razonabilidad. El secreto de la elevadísima tasa de aceptación que encuentran sus soluciones en la comunidad jurídica se basa en la precisión casi matemática del trade-off o equilibrio entre letra y espíritu de la ley que generalmente es capaz de alcanzar con ellas. Algún día me gustaría detenerme sobre este punto e intentar hacer explícito el conocimiento implícito o tácito que sustenta su inteligencia impar.

La inteligencia par es, en cambio, la rectora de sus carreras de abogado y de deportista. Es la inteligencia del jugador, la inteligencia de la racionalidad, la inteligencia estratégica. La astucia, en una palabra. En este mundo del juego competitivo, Fernando brilla tanto o más que el otro. Siempre va varias jugadas por delante de los demás, lo cual explica el inusitado número de éxitos cosechado en los pleitos en que ha intervenido y permite conjeturar los que habría alcanzado como deportista, si hubiese perseverado.

Porque tenéis que saber, los que no lo sepáis, que Fernando Pantaleón fue un extraordinario jugador de ajedrez, tan extraordinario que estuvimos a punto de perderlo para el derecho. El hada madrina de la jurisprudencia lo apartó de aquella carrera de deportista cuando todo indicaba que pronto sería proclamado campeón de España. Se retiró del ajedrez, pero continuó su carrera deportiva como jugador en otros campos, no solo en el de la litigación o el pleito. Y aquí viene la pequeña revelación que me proponía hacer. Hace tiempo que no practicamos este deporte, pero hubo una época en que veraneábamos juntos y todas las tardes y muchas noches jugábamos al dominó y las cartas. Daba gusto jugar con él si te tocaba de compañero; si no, ibas apañado. Mis amigos villagarcianos, algunos de ellos expertísimos jugadores, me decían que no les trajera más a Fernando. No les arruinaba el bolsillo, sino el ego, todos ellos consumados jugadores de todos los días del año. Pero Fernando era tremendo.

Una anécdota será suficiente para que os hagáis idea de su extraordinaria capacidad de computación. En otra época, aquí en Madrid, algunas veces nos reuníamos en mi casa por las noches para tomar un whisky o dos y jugar al póker. No hace falta que os descubra quién dejaba siempre a dos velas a quién. La derrota era inevitable con Fernando. Cansados de nuestro triste palmarés, una noche, aprovechando que Fernando se retrasaba, el resto de miembros de aquella partida memorable —Rafa del Águila, Fernando Vallespín y yo mismo— nos concertamos para desvalijarlo. Seguro que no os cuesta imaginar cómo acabó la velada. Ni conchabados pudimos con él. Por enésima vez nos desplumó a todos sin piedad. En el pecado, la penitencia.


* Texto de la intervención del autor en la presentación del Liber amicorum de Fernando Pantaleón, promovido por sus discípulos y ofrecido por sus amigos con motivo de su septuagésimo cumpleaños (Madrid, Círculo de Bellas Artes, 18 de junio de 2026).