Por Vicente Guilarte

Es evidente que en estos actos todos venimos a agasajar al homenajeado. No sería fácil escuchar a algún valiente que lo vitupere pues de hacerlo previsiblemente sería lapidado. Pero quiero subrayar que las palabras que siguen no son solo obligadas por el entorno en que se pronuncian, no son meramente protocolarias sino que me resultan profundamente sinceras: las voy a expresar en este foro como lo haría en cualquier otro en que surgiera la ocasión de hablar de Fernando.

Para empezar,  me permito justificar con una anécdota muy universitaria el porqué de mi atípica intervención en el liber amicorum.

Hace algún tiempo había dos catedráticos de una disciplina jurídica en mi Universidad de Valladolid. Uno de ellos practicaba el guadalajarismo, residía en Madrid en una época en que para acceder a mi ciudad había que transitar el sinuoso Alto de los Leones. Así las cosas, D. José María, pues así podía llamarse el guadalajarista, no era muy partidario del desplazamiento ni de la asistencia a clase. Sabido es que, como comentaba mi abuelo también Catedrático de derecho civil, la Universidad es oficio cómodo si no fuera por la jodía media hora de clase.

Los alumnos elevaron su queja al compañero de Cátedra preocupados porque D. José María venía muy poco por clase. Y su compañero, también Catedrático, les tranquilizó: no se preocupen Vdes., cada clase que no les da D. José María, eso que aprenden.

Viene al caso la anécdota porque cuando los gestores del libro me comunicaron la iniciativa me vi como D. José María: lo que yo comentara de una Sentencia de Fernando no iba sino a degradar su magia. No me veía capaz de mejorar lo que debiera ser un silencio del que aprendieran sus lectores.  Por ello propicié un rumbo distinto para mi intervención que los coordinadores han llamado semblanza aunque realmente no es tal pues no abarca otras facetas del quehacer del homenajeado. Sin ánimo de emular a Juan Ramón Jiménez y su famoso borrico, yo lo habría titulado “Fernando y yo”. La excusa fue aceptada y propicia unas páginas un tanto descosidas pues nuestras experiencias compartidas han sido fijas pero discontinuas y se expresan desde la nostalgia, sentimiento gratificante que permite disipar los tormentos de la memoria y vivir de nuevo en el tiempo estático y marginal de los recuerdos.

Como relato en las páginas que abren el libro mi convivencia con Fernando se inicia en el año 1983 en las oposiciones al cuerpo de profesores adjuntos que ambos superamos. Él, sin problemas. Yo me hice del cuerpo con gran esfuerzo. El Tribunal designado era uno y trino. Lo componían Lacruz y Sancho y una discípula común, zaragozana también ella. Los albaladejianos, y yo, aún sin saberlo hasta entonces, al parecer lo era, no gozábamos de excesivo predicamento. No lo pasamos bien los que concursábamos desde academias periféricas desprovistos de mecenazgos postineros.

Superado el trance ambos empezamos a consolidar trienios –gabela adicional del funcionario como lo es el interés para el banquero– y desde entonces hemos mantenido una colaboración y amistad tan intensa como esporádica que ha abarcado no solo el ámbito académico sino también el forense.

Nos reencontramos con ocasión de la Ley de Ordenación de la Edificación: magnífica para el comentario cáustico ante  disparates como el inicio del cómputo del plazo de responsabilidad trienal que se identificaba con el certificado fin de obra y no con la compra. Jóvenes como entonces éramos, disparábamos contra todo y contra todos, con gran regocijo de audiencias y promotores de cursos. Revelar el esperpento normativo propiciaba el alborozo de unos y el resentido pesar de otros, muñidores éstos del engendro y del cautivo seguro decenal.

Tampoco puedo dejar pasar nuestras vivencias arbitrales comunes. La primera con ocasión de los derechos audiovisuales de la liga donde comprobé que, por necesidades del proceso, había compendiado en su mente los últimos diez años del Marca. En otro de estos litigios, padecimos un Tribunal Arbitral, pleno de incidencias procesales, presidido por D. Evelio Verdera quien lo administraba en su magnífica casa en la que nos recibía un atildado sirviente interesándose por el confort del mecánico que allí nos había conducido y requiriéndonos el depósito de guantes y sombrero que a punto estuvimos de adquirir para no defraudarle. En esta sede comprobé que Fernando era un maestro en el manejo de las normas rituarias si bien lo tenía taimadamente oculto sin duda para no despertar prevención en los contrarios.

Algo más tarde, discurría el año 2015, quedó vacante una plaza de jurista en la Sala 1ª: de ahí surge este libro que quizás pudiera haber glosado otros escritos magníficos de Fernando, no muchos, ideados en distintos ámbitos. Propicié con énfasis su acceso ayudado por mi querida amiga Mar Cabrejas, la otra civilista de nuestro denostado, por dilatado, CGPJ –once años, seis de ellos de interinidad sin que nadie pensara en hacernos fijos–. No fue fácil la empresa. Las cosas del CGPJ, es sabido, son poco proclives a entronizar el verdadero mérito y capacidad. A pesar de ello y ante la escasa apetencia política de la Sala 1ª lo conseguimos sin necesidad de estabularlo en alguno de los clásicos bandos que la política y la prensa propician pues la adscripción nos habría puesto en un brete. Su legado jurisprudencial, resultado de una dedicación absoluta, pronto nociva para sus pulsos, aparece reflejado en este liber.

Y así hasta hoy compartiendo no pocos eventos en su mayor parte lúdicos pues ya no estamos para profundidades hermenéuticas: sobre todo yo.

Y al hilo de esta apreciación quiero destacar algo que no he escrito. Nuestra convivencia académica ha sido morganática. Él y yo, aún sin decirlo, siempre hemos asumido su superioridad en el ámbito de la disciplina. Que no en el juego del mus donde confluye lo aleatorio que él no puede controlar. Y lo que más debo agradecerle es que, aun siendo así, y conscientes uno y otro de que lo era, siempre me ha tratado como a un igual inter partes y erga omnes. Ello representa a mi juicio la máxima expresión de la verdadera amistad.

No quiero extenderme mucho pues hay otros protagonistas del acto. Fernando es un civilista insigne y rescato la frase de otro antepasado que a veces Fernando evoca: el que es tonto para el civil es tonto para todo y yo añado que quien es listo para el civil es listo para todo. Maestro de la ironía como método didáctico, a veces cáustico, sus saberes encuentran fundamento en una absoluta dedicación al oficio. Es en resumen un civilista maravilloso: como el Recurso de Casación según me dijo un alumno confundiendo la adjetivación procesal de esta última instancia jurisdiccional. Fernando justificaría, por sí solo, la presencia de juristas en el planeta.

Un recuerdo final para Nieves. Domar a Fernando y centrar en lo doméstico esa cabeza privilegiada, diluir los fantasmas que seguramente la habitan, es habilidad encomiable pues a diferencia de Platero Fernando ni es pequeño, ni peludo, suave o blando ni de algodón.

Muchas gracias, Fernando, por todo y larga vida al maestro.


* Texto de la intervención del autor en la presentación del Liber amicorum de Fernando Pantaleón, promovido por sus discípulos y ofrecido por sus amigos con motivo de su septuagésimo cumpleaños (Madrid, Círculo de Bellas Artes, 18 de junio de 2026).