Por Jesús Alfaro Águila-Real

“As a general principle, organized social life requires that human activities be coordinated in time”

Clayman

Nature must design the optimal bias across all types of problems. From the ex ante perspective, the distortion is optimal; ex post, it can be harmful

Steiner and Stewart

La historia

Un directivo español fue enviado a Chile a dirigir los negocios de la multinacional. Aunque encontraba agradables muchas características de los naturales del país, le costaba soportar su impuntualidad. Muchos trabajadores aparecían tarde a trabajar, el nivel de absentismo era más elevado que en España y, lo que era aún más inexplicable, los incentivos monetarios, incluso significativos en proporción al salario, no parecían funcionar. Los chilenos seguían llegando tarde a trabajar y ni siquiera ensayaban una excusa. Simplemente avanzaban una disculpa formal de la misma manera que – otra característica chilena que sorprendía a ese ejecutivo – proceden a saludar individualmente a todas las personas en una reunión y reiteran el saludo cada vez que se encuentran con alguien aunque lo hagan varias veces al día.

El valor de la puntualidad en la productividad

La puntualidad es una característica muy relevante de una conducta cooperativa y es especialmente valiosa en el caso de los grupos y de la producción en común y no lo es tanto en los intercambios y en los mercados cuando estos son razonablemente competitivos. La razón es, como siempre, que el impuntual impone una externalidad sobre los demás miembros del grupo si su concurrencia es necesaria para dicha producción. Reduce la producción en común y, en el extremo, si la pauta de conducta se extiende, acaba con el grupo porque los miembros puntuales acabarán prefiriendo trabajar solos. No hace falta extenderse al respecto porque todos tenemos la experiencia de las distorsiones en el funcionamiento de cualquier organización que la impuntualidad genera. Piensen en los cambios de turno y fuera del mundo del trabajo, en el caso dramático de haber perdido un vuelo o un autobús en algún lugar remoto y en la perspectiva de tener que esperar varios días para poder coger el próximo porque uno de los miembros del grupo se entretuvo haciendo unas compras o sus maletas.

En los intercambios que se producen en un mercado suficientemente competitivo, sin embargo, el mercado elimina la externalidad. Como dijera Adam Smith (Lectures of jurisprudence)

“cuando el comercio se introduce en cualquier país, siempre viene acompañado de probidad y puntualidad”

El impuntual no puede dañar a la contraparte del intercambio en un entorno competitivo. El impuntual sufre en sus propias carnes el retraso porque la contraparte, simplemente, intercambiará con otro en el interim. En términos monetarios, su mercancía habrá devenido más cara o su solvencia – si es el comprador – se habrá reducido. Al fin y al cabo, ¿qué es un deudor moroso sino alguien que no atiende “con puntualidad” sus pagos? Pero, en la medida en que buena parte de nuestras relaciones no son “comerciales” en el sentido de Smith, los efectos de la mano invisible no llegan a todas partes aunque

“… esta mejora en la probidad y la puntualidad puede extenderse entre la población en su conjunto sólo porque los comerciantes las pongan de moda”

Es decir, a través de su moralización. Como veremos más adelante la puntualidad se relaciona con una ética del trabajo duro que ve la vagancia como un pecado y la impuntualidad como un incumplimiento de tus promesas. Pero, obsérvese, que la pauta – el equilibrio – de la puntualidad ha de extenderse con la propia extensión del mercado, es decir, no basta con la aparición, ni siquiera con la extensión de los intercambios para que la puntualidad se generalice como pauta de conducta. Es necesario que los impuntuales sean “castigados” rápidamente para que acaben desapareciendo del mercado. Mercados poco competitivos y poco dinámicos pueden quedarse “estancados” en un equilibrio de impuntualidad.

Por eso decimos que la puntualidad es un buen ejemplo de que las conductas morales son necesarias en los grupos mientras que son irrelevantes en los mercados – en los intercambios – por lo que tenía razón Gauthier cuando decía que el mercado de competencia perfecta es una zona libre de moralidad.

Para contribuir a la producción del grupo, el individuo ha de reprimir sus propios intereses – los que le llevan a llegar a la hora que maximice su propia utilidad.  Porque la producción del grupo necesita de su presencia en un momento determinado. Pero no tiene que reprimir sus propios intereses en un entorno de mercado competitivo porque su conducta no genera efectos negativos para los demás.

En términos de sistemas, diríamos que los intercambios en un mercado competitivo son robustos frente a la impuntualidad de cualquiera de las partes que intercambian mientras que, en otro entorno institucional, singularmente, las relaciones entre los miembros de un grupo, la impuntualidad puede ser el equilibrio aunque reduzca la producción del grupo. Y, en la medida en que la maximización de ésta sea condición de la supervivencia del grupo – y, por ende, de la supervivencia individual de los miembros del grupo – la impuntualidad puede acabar con el grupo.

¿Hay algo en los genes de los chilenos que les hace ser impuntuales? Probablemente no. ¿Hay algo en la cultura chilena que hace a la gente ser impuntual? Probablemente, tampoco. Aunque los estudios antiguos sobre la puntualidad tendían a verla como una preferencia fija de los individuos o como un rasgo de conducta innato o como un hábito que responde a pautas culturales distintas, hoy ya no se analiza desde esa perspectiva.

Lo que vamos a explicar a continuación es que hay un buen candidato para dar cuenta del nivel de impuntualidad en una Sociedad y, como decimos, no está ni en los genes de la población ni en la cultura entendida como las reglas de conducta y conocimientos que se transmiten intergeneracionalmente por vías distintas de los genes.

En los países más ricos, la gente es más puntual

La explicación que proponemos supone que el nivel de puntualidad de las personas, en una Sociedad, es directamente proporcional al nivel de desarrollo económico, de forma que, cuanto mayor es éste, más puntual es la gente. Supongamos que se da esta correlación entre ambas variables.

Añadamos que la puntualidad o impuntualidad se convierte en algo reseñable cuando un país sale del subdesarrollo y empieza a aproximarse a los países ricos. En los países pobres, el tiempo (incluido, por tanto, el de los demás) no tiene mucho valor (el coste de oportunidad de la coordinación entre realización de una tarea y el momento de su inicio de un individuo pobre es casi despreciable: –

“para un agricultor nigeriano, que apenas utiliza maquinaria en sus campos… no importa mucho si las tareas agrícolas las comienza a las siete de la mañana, a las siete y doce minutos o a las siete y treinta y dos”

y los grupos no son muy productivos de manera que la impuntualidad no afecta demasiado ni al volumen de intercambios ni a la producción colectiva desde una perspectiva estática.

En los países ricos, sin embargo, el tiempo tiene mucho valor, simplemente porque los individuos son más productivos y, por tanto, el coste de oportunidad de su tiempo es elevado.

Además, en un entorno desarrollado, la impuntualidad es un rasgo del comportamiento “saliente”, precisamente, porque el equilibrio social es el de la puntualidad. Y el equilibrio social es el de la puntualidad porque en las economías avanzadas los “billetes de cien euros” no permanecen mucho tiempo sobre las aceras, de manera que las presiones competitivas originadas en los mercados de productos alcanzan a los grupos que producen – las empresas – y obligan a a éstas y a sus miembros a ser puntuales, en la medida en que la puntualidad reduce los costes de producción y, por tanto, proporciona una ventaja a ese grupo (a esa empresa) en la competencia en el mercado de productos. En definitiva, en países con mercados competitivos y generalizados, el impuntual, simplemente, destaca, tanto en sus intercambios como en su actividad realizada en grupo.

En los países pobres, por el contrario, el equilibrio social es el de la impuntualidad

(todo el mundo llega tarde). Porque, habiendo experimentado frecuentemente la impuntualidad y habiendo sido impuntual uno mismo, se comparte (es conocimiento común) la idea de que los demás serán impuntuales. De manera que la impuntualidad no es un rasgo “saliente”. Como dicen Basu y Weibull, la impuntualidad es un equilibrio resultado de la respuesta que dan los individuos a la expectativa que se forman respecto de la conducta de otros y a la conducta propia que, creen, los demás esperan de ellos. Los autores lo explican con el siguiente ejemplo:

Imaginemos dos individuos que han concertado una cita. Cada individuo tiene dos opciones: ser puntual o llegar tarde. Sea B el beneficio que obtiene cada persona si la reunión se celebra puntualmente y sea C el coste que para cada persona supone llegar a tiempo.

Llegar tarde proporciona un beneficio, por ejemplo, el de poder acabar lo que se estuviera haciendo – leer una novela –, renunciar a lo cual es un coste para la persona puntual. En general, una persona impuntual tiene siempre la opción de ser puntual, de manera que es razonable asumir que si lo es, incurre en un coste, C.

Asumamos que B > C, esto es que, ambos sujetos están mejor si los dos son puntuales que si los dos llegan tarde.

Si los dos son puntuales, cada uno obtiene un beneficio neto, mientras que si los dos llegan tarde, ambos obtienen, por definición, 0 beneficio. Si uno es puntual y el otro se retrasa, la reunión empieza más tarde y el individuo puntual tiene un beneficio negativo – C (lo que podía haber hecho si él también hubiera llegado tarde, leer la novela) y el que llega tarde obtiene el beneficio neto de 0. Si ambos no se coordinan – toman su decisión independientemente – este es el cuadro de resultados

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dilema

Es un juego del tipo del dilema del prisionero y los resultados dependen de lo que cada uno piense que hará el otro. Si el primero piensa que el segundo será puntual, está mejor siendo él mismo puntual porque podrá obtener el beneficio derivado de la celebración de la reunión (porque hemos supuesto que B – C > 0). Si espera que el otro sea impuntual, entonces, está mejor siendo él mismo impuntual porque no incurrirá en el coste de tener que abandonar lo que estaba haciendo que tiene un valor positivo para él (leer la novela). De manera que ambos estarán peor.

Estos son los dos equilibrios estables: en función de lo que cada uno espere que será la conducta del otro, será puntual o impuntual. No será estable la situación en la que los sujetos decidan, cada vez, aleatoriamente, si son puntuales o llegan tarde, porque pueden mejorar su posición simplemente si pueden prever con una mínima seguridad el comportamiento del otro, por ejemplo, porque un “mutante” que siempre sea puntual, se introduzca en la población. El que se relaciona con ese “mutante” se convertirá en puntual. Si uno se relaciona siempre con la misma gente (un subgrupo determinado dentro de la población general), los incentivos para alcanzar el equilibrio de la puntualidad aumentan pero en grupos sociales muy grandes – como la ciudad de Santiago – es preferible suponer que los sujetos con los que se relaciona uno son aleatorios y, por tanto, respecto de los cuales no podemos “adivinar” si son del tipo puntual o impuntual. Si observamos que la gente es, en general, impuntual, el equilibrio resultante será el de que todo el mundo es impuntual con el resultado de la casilla inferior derecha.

La cuestión, sin embargo, no es que los chilenos sean impuntuales y los españoles fueran impuntuales y hayan dejado de serlo. La cuestión es que

“la evolución humana no ha creado un ordenador cargado con toda la información disponible, sino más bien un ordenador modular que toma decisiones diferentes en contextos o entornos diferentes”

Los equilibrios sociales dependen del entorno

Lo que hemos aprendido en los últimos años es que los equilibrios sociales resultan, no de los incentivos y beneficios y costes individuales sino de las interacciones entre los miembros de un grupo y, sobre todo, del entorno físico y social en el que esas interacciones se producen. La selección natural no es más que tasas diferenciadas de reproducción favorables a los mejor adoptados al entorno. En un entorno de mercado competitivo, los incentivos y los beneficios y costes individuales permiten predecir las conductas de los individuos. Permiten predecir que los individuos se comportarán racionalmente. En un entorno diferente, hay que ensayar otra explicación. En un entorno en el que los individuos estén expuestos a un intenso sol, podremos predecir que desarrollarán una piel oscura porque los que no lo hagan perecerán y no podrán reproducirse. Y los entornos en los que los individuos se relacionan entre sí que podemos calificar como mercados competitivos son menos ubicuos de lo que se admite generalizadamente. No vivimos en los mercados competitivos que están en las pizarras de los economistas. Vivimos en grupo y nuestro sistema de toma de decisiones se formó en cientos de miles de años durante los cuales los mercados competitivos eran inexistentes. Pero de eso nos ocuparemos en otra entrada. Ahora sólo señalaremos que el comportamiento cooperativo y productivo socialmente– ser puntual – – no depende ni siquiera principalmente de los incentivos individuales y de las conductas de los demás sino del entorno en el que las interacciones tienen lugar.

La incertidumbre del transporte

En lo que sigue, queremos argumentar que los chilenos son impuntuales porque tienen malas infraestructuras de transporte y los españoles han dejado de serlo porque esas infraestructuras han mejorado mucho en las últimas tres décadas. Es decir, algunos de los cambios culturales más relevantes para el desarrollo económico requieren modificaciones en el entorno en el que el grupo actúa, es decir, requiere de entornos en los que la lógica del mercado pueda imponerse, constreñir los comportamientos individuales e imponer la racionalidad de mercado.

Si, como aquí hemos hecho, consideramos el equilibrio “puntualidad” como deseable, podemos decir que los países son más ricos porque los miembros de la Sociedad cooperan “mejor”. Pues bien, el entorno determina el grado de cooperación y sociedades que parecen menos cooperativas aumentan el nivel de cooperación entre sus individuos, simplemente, cuando se modifica el entorno en el que interactúan unos sujetos con otros. La relación causal va en esa dirección: cambios en el entorno que provocan cambios en los comportamientos de los individuos y que modifican el equilibrio social y aumentan el nivel de cooperación entre los miembros de esa sociedad.

Aunque las causas de las incertidumbres son más amplias, concentrémonos en el transporte. En las ciudades de los países pobres, la infraestructura pública de transportes suele ser deficiente. De manera que no es posible prever ni siquiera aproximadamente el tiempo que se tardará en llegar de un punto a otro de la ciudad. No es sólo ni principalmente que se necesite mucho tiempo para desplazarse, es que la varianza es muy grande. Es decir, hay “factores disruptivos en el entorno que dificultan a la gente el control de su propio tiempo”.

Que se necesite mucho tiempo para desplazarse no es un problema tan grave como el de la incertidumbre acerca de cuánto tiempo se necesitará para llegar al lugar pretendido. Si un individuo necesita dos horas de transporte para llegar a su trabajo cada mañana, actuará racionalmente y empleará esas dos horas en oír audiolibros – si conduce – o en leer novelas o, en nuestros días, en despachar la correspondencia electrónicamente. Es decir, minimizará el despilfarro de tiempo y coordinará su actividad de grupo temporalmente teniendo en cuenta ese tiempo de desplazamiento (Coase). Las pérdidas de productividad pueden, así, minimizarse. Otra cosa es que, dependiendo de la calidad del transporte, el trabajador llegue más o menos cansado a su lugar de trabajo, lo que afectará a su productividad. Pero, de nuevo, este “entorno” tiene una mayor capacidad explicativa de la productividad de los trabajadores que las apelaciones a la cultura del país.

El trabajador en un país que no tiene infraestructuras fiables de transporte se enfrenta a un entorno incierto. Las grandes empresas en esos países suelen tener su sede en el centro de las ciudades – o en los barrios “buenos” – y los empleados suelen vivir en los barrios pobres, alejados normalmente del centro y mal servidos en términos de infraestructuras de transportes. Estas, sobre todo, no son fiables. Los retrasos y las cancelaciones o los accidentes se multiplican y lo normal es que los usuarios experimenten retrasos casi a diario. Cualquiera de mi edad recordará la escasa fiabilidad de los servicios de los trenes de cercanías en los años ochenta en Madrid. Por tanto, el individuo no puede ni coordinarse temporalmente con los demás (que sufren de problemas parecidos pero distintos y variables) ni minimizar el despilfarro del tiempo ya que no puede organizarse temporalmente por lo imprevisible de la duración del retraso cada día. La incertidumbre respecto de la duración y fiabilidad del transporte, disminuye el valor de la puntualidad.

En este entorno, ser impuntual no es un comportamiento reprochable

En este entorno, es lógico, además, que la impuntualidad no sea considerada como un defecto especialmente reprochable y que no se “moralice”, en el sentido de que las personas no valoren la conducta del impuntual en términos morales, o sea, emitiendo un juicio sobre si el impuntual es un digno miembro de nuestro grupo que contribuye, como debe, a maximizar la producción del grupo. Recuérdese, el enforcement de las conductas deseables en un mercado competitivo es automático porque el sistema de precios indica a todos lo que han de hacer. Pero en interacciones humanas en mercados poco competitivos o en grupos, la sanción moral, el ostracismo, la reputación son cruciales para asegurar el cumplimiento de las reglas que maximizan la cooperación.

En relación con la puntualidad, lo que sucede es que la hora a la que uno debe llegar a un sitio es sólo una aproximación ¿Recuerdan cuando en España quedábamos con alguien “entre ocho y ocho y media”? Y esta es la conducta racional porque, en un entorno donde no se puede prever a qué hora llegarán los demás, nadie tiene incentivos para ser puntual, de manera que las “culturas de la puntualidad” serán nacionales, es decir, todos los habitantes de un país serán más o menos impuntuales y el grado de puntualidad variará poco en el seno de una Sociedad y mucho si se compara con otras Sociedades. Basu/Weibull:

“Esto es porque las decisiones individuales por ser puntual o no pueden depender de si los demás con los que interactuamos son puntuales o no… Está en la naturaleza de los problemas de coordinación temporal que el esfuerzo extra necesario para ser puntual merece realizarse si cabe esperar que los otros, con los que uno interactúa serán puntuales”

Y en un entorno en el que el transporte es imprevisible y azaroso, nadie espera que los demás sean puntuales, ergo tampoco lo es uno mismo y, sobre todo, no se atribuye un valor moral negativo a la impuntualidad. Por tanto, es el sistema de transporte el que nos permite “informarnos” acerca de la probabilidad de que en el grupo social predominen los puntuales y los impuntuales. Y, una vez que todos creemos que es más probable la impuntualidad, maximizaremos nuestra utilidad y seremos impuntuales como regla por defecto.

Cómo se pasa del equilibrio de la impuntualidad al equilibrio de la puntualidad

Santiago de Chile ha mejorado, sin duda, su infraestructura de transporte público en las últimas décadas y, con un poco de suerte y en no muchos años, dispondrá de una red fiable y que alcance a todos los barrios de la ciudad. ¿Mejorará esta evolución la puntualidad de los chilenos? Probablemente sí. Pero no directamente. Lo hará porque, una vez que cada santiaguino compruebe que puede llegar a su destino en el tiempo previsto, enjuiciará menos benévolamente a los impuntuales, hasta acabar valorando esa conducta en términos morales: “el tardón este está haciéndonos perder el tiempo a todos”; “llega tarde y ahora nos hace empezar de nuevo” “¿cómo voy a fiarme de alguien que no es capaz ni siquiera de llegar a la hora a su clase?” Con el paso del tiempo, la regla moral se habrá extendido, incluyendo el “castigo altruista” a los impuntuales y el nivel de puntualidad habrá aumentado hasta equipararse al que están acostumbrados en los países más ricos. Porque nadie querrá ser excluido de los grupos – ahora – formados por los puntuales, de manera que los mismos intereses que nos llevan a buscar la simpatía de los demás, que lo demás nos vean con buenos ojos y nos quieran como miembros de su grupo, nos llevarán a ser puntuales.

Este cambio se producirá porque cuando la regla social y jurídica  es la de que la impuntualidad es una conducta disculpable y que no debe llevar aparejada ninguna sanción para el impuntual, la mejora de las infraestructuras de transporte permite la “separación” entre los individuos, es decir, entre los impuntuales “de buena fe” que llegan tarde porque sufren infraestructuras insuficientes pero que son leales cooperadores y los impuntuales gorrones que aprovechan esa circunstancia para no cumplir con sus obligaciones.

Los individuos cooperativos responden a esa mejora del transporte siendo más puntuales, no porque se lo propongan sino, simplemente, porque como el transporte ha mejorado, llegan tarde menos veces por causas ajenas a su voluntad. Digamos que si los costes de ser puntual se reducen mientras que los beneficios de serlo se mantienen constantes (incluida la consideración que tengo de mí mismo), habrá de reducirse la impuntualidad.

Los gorrones, esto es, los individuos menos cooperativos, sin embargo, no tienen incentivos para modificar su conducta. Actuando en su propio interés, mantendrán su comportamiento impuntual. Pero su comportamiento, que pasaba desapercibido con anterioridad porque los cooperadores no podían distinguir cuándo habían llegado tarde por algún incidente y cuándo porque no tenían la menor consideración hacia sus compañeros, ahora es percibido con mayor claridad por los cooperadores como un comportamiento antisocial, lo que les permite identificarlos como gorrones y, en su caso, imponer un castigo altruista.

De modo que, en el largo plazo, los chilenos dejan de ser impuntuales. Y también podemos predecir que serán las empresas que paguen salarios más altos y salarios vinculados a la productividad los entornos en los que los gorrones impuntuales desaparecerán más rápidamente. Una razón más que explica por qué las multinacionales son una bendición. Es más, puede barruntarse que, una vez extendida la pauta de conducta de la puntualidad en el ámbito de los grupos – donde la ganancia de que todos sus miembros sean puntuales es mayor – se extenderá a los intercambios bilaterales en los mercados, es decir, éstos devendrán “más competitivos” y se observará un incremento de la puntualidad en el cumplimiento de las obligaciones jurídicas. Curiosamente, el cambio en el entorno – mejora del transporte – mejora el funcionamiento de los mercados.

Al cambio en el enjuiciamiento moral, le seguirá el cambio en el enjuiciamiento jurídico. Recuérdese que llegar tarde al trabajo se considera incumplimiento del contrato de trabajo y justifica, si reiterado, la terminación del mismo por el empleador. Sería interesante comparar el número y la envergadura de los retrasos que justifican el despido en Alemania, España y Chile, por ejemplo, y examinar la jurisprudencia al respecto de hace treinta años y la más reciente. Pero si las causas de la impuntualidad son las que hemos expuesto aquí,

no hay buenas razones para utilizar el Derecho para cambiar el estado de cosas

El legislador sufriría de “opacidad causal”. Observa un comportamiento indeseable – la impuntualidad – y se emplea en corregirlo imponiendo sanciones (o premios) cada vez más severas a los impuntuales sin conocer las verdaderas causas o modifica las reglas supletorias para inducir cambios de conducta – los famosos nudges con resultados muy escasos, porque, por ejemplo, se identifican mal las causas de un comportamiento (en el caso, los padres divorciados y pobres que no pagan los alimentos de sus hijos).De ahí que no consideremos muy prometedora la idea de modificar las reglas jurídicas supletorias para inducir los comportamientos deseables (y deseados por los individuos si actuaran racionalmente) en los ciudadanos (nudging). El problema no está en los sesgos cognitivos, ni en los incentivos. Está en el entorno en el que se toman las decisiones.

Cuando el problema no es de incentivos de los individuos, sino de incertidumbre en el entorno, el legislador puede acabar empeorando las cosas como vimos más arriba en relación con los incentivos monetarios para llegar puntual. Y puede empeorarlo, por ejemplo, porque los trabajadores se vuelvan más impuntuales una vez que, por azar, lo han sido ya, ante la norma que impone una sanción desproporcionada por la primera impuntualidad. Recuérdese el experimento de las multas por llegar tarde a la guardería. Comprender los comportamientos humanos con suficiente complitud como para estar seguros de que la “intervención” mejorará el bienestar parece una tarea harto difícil. Y parece mucho más prometedor sacar a los individuos del contexto que, prima facie, les hace adoptar decisiones aparentemente irracionales, que corregir su forma de decidir. En el caso del transporte, proporcionando un transporte cómodo, rápido y fiable a los individuos que actuando mediante premios y castigos sobre los impuntuales.  Así, en el ámbito de las finanzas y dada la racionalidad de los individuos tal como son, es probable que la estrategia jurídica más exitosa no sea tratar de modificar la actuación de los individuos – eliminando los sesgos que sufren cuando adoptan decisiones financieras – sino diseñar la regulación financiera de manera que se reduzca el volumen de decisiones erróneas. Por ejemplo, merece la pena limitar el volumen de crédito al consumo ligando la financiación necesariamente a la adquisición de un bien (crédito hipotecario, financiación por los vendedores de los bienes duraderos que venden) y prohibiendo el crédito al consumo por parte de los bancos o empresas financieras a los consumidores para que éstos gasten estos fondos sin limitación del destino. Dado que la decisión de adquirir el bien se adopta de forma típicamente más “racional” (es más “natural” cognitivamente para los humanos) que la decisión de endeudarse (donde el “modo” mental en el que los individuos adoptan la decisión es el del juego o la apuesta), el Derecho debería preferir reglas más simples que limitan las opciones de los individuos que intentar aumentar la racionalidad de las decisiones.

Por otro lado, hay que suponer que, en general y en sociedades pacíficas, los individuos tratan de maximizar la cooperación en los grupos en los que participan si ser miembro de esos grupos es valioso (y lo es, porque la pertenencia a grupos nos proporciona bienestar), del mismo modo que tratan de minimizar los costes de las transacciones en las relaciones de intercambio. Y, en los grupos, la mejor forma de lograrlo es contribuyendo a maximizar lo producido por el grupo. De manera que cuando observamos un comportamiento no cooperativo extendido en una sociedad pacífica (que no contribuye a mejorar el bienestar de todos) preguntémonos por las causas de ese equilibrio y, casi seguro, que las causas no son específicas de ese grupo humano. Los seres humanos somos demasiado parecidos unos a otros como para que esa sea la explicación. La escasa cooperación – la conducta indeseable – se explicará, normalmente, por las condiciones que impone el entorno sobre los miembros de esa Sociedad.

Así que, la impuntualidad de los latinos no tiene nada que ver con el inexistente “carácter latino”. Tiene que ver con el entorno en el que los grupos humanos intentan cooperar para “mejorar su condición”.


Foto: JJBosé