Por Jesús Alfaro Águila-Real
Los juristas no sabemos contar historias. Y los humanos solo sabemos explicarnos a base de contar historias. Por eso, los libros de Derecho y los artículos jurídicos no suelen ser interesantes. A pesar de que los juristas existimos para resolver casos que son ‘historias’, nuestros trabajos no cuentan historias. Muchos no son más que informaciones compiladas, normas desmenuzadas y opiniones ajenas.
¿Qué es una ‘historia’? Will Storr propone un esquema básico y general de cualquier «historia». En este esquema, un protagonista sufre una perturbación significativa —una amenaza o un cambio en su entorno que desbarata su sensación de control y para el que carece de explicación o recursos—; esa perturbación activa la pregunta dramática y lo lanza a una aventura en la que encuentra obstáculos crecientes y, a la vez, ayudas —humanas o “sobrenaturales” en sentido amplio: aliados, instituciones, tecnología, un “mentor”, un golpe de suerte—; finalmente afronta una prueba culminante tras la cual alcanza el objetivo y obtiene un aprendizaje: regresa “cambiado”, porque ha adquirido nuevas capacidades y una comprensión más ajustada de la realidad, en el sentido del viaje a Ítaca.
Esto es aplicable a los análisis jurídicos. Deberíamos empezar por explicar qué es lo que ha suscitado nuestra curiosidad o preocupación (por qué tiene preferencia el comprador de una cosa cierta sobre otros acreedores del vendedor, en relación con la cosa vendida; por qué el socio en conflicto de interés puede votar pero el administrador no puede hacerlo; qué convierte a una amnistía en arbitraria…), deberíamos describir a continuación qué dificultades o cuestiones no resueltas hay al respecto, ‘solicitar y obtener’ la ayuda de los grandes juristas que en el pasado se han ocupado de la cuestión (presumiendo que nihil novum sub sole), o de los nuevos desarrollos que se han producido en áreas intelectualmente colindantes, y concluir proponiendo una solución razonada que elimine o al menos reduzca la incertidumbre, las dudas, o la desazón que nos llevaron a coger la pluma. Cada ‘aventura’ culminada nos hará más sabios y nos equipará mejor para emprender el siguiente viaje intelectual, para contar la siguiente historia.

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