Por Pedro Fraile Pérez de Mendiguren

Cuando en 1975 se publicó Surveiller et punir de Michel Foucault parecía que se estaban sentando las bases de una nueva manera de discurrir, no sólo sobre el encierro  legal, sino también sobre la configuración espacial como dispositivo de poder e instrumento de disciplina. Partía este autor del Panóptico de Bentham (Fig.1) como paradigma de una forma de vigilar que fiaba su eficacia a la invisibilidad y la omnipresencia del inspector, lo que se lograba a tenor de una, hoy ya muy conocida, organización espacial.

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Figura 1. El Panóptico de J. Bentam

Tal reflexión superaba ampliamente los límites de la arquitectura penitenciaria y convertía a este encierro en el prototipo de un modelo de regulación social y de disciplina colectiva. Desde tal óptica, esa morfología carcelaria aparecía como el  inicio de un sistema punitivo que, a su vez, estaba en concordancia con una estructura y un orden sociales que requerían instrumentos de conformación colectiva.

Tal esquema analítico es, sin duda, sumamente sugerente y de gran utilidad para el estudio de algunas dinámicas que arrancan en la segunda mitad del setecientos. Pero, a la vez, podría enriquecerse si se contemplase desde una perspectiva que pusiese el acento en las continuidades, sin negar, por supuesto, la relevancia de las transformaciones que caracterizaron aquel momento. Desde este punto de vista, el Panóptico de Bentham es un eslabón más de una cadena que venía de lejos y que, en cierta medida, continúa hasta nuestros días y, sirva de ejemplo, que en el momento de escribir estas líneas parece haberse pacificado un motín que se ha desatado en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche. En las próximas líneas nos ocuparemos especialmente del caso europeo, soslayando el norteamericano, aunque tampoco sea algo tan diferente como se ha presentado en ocasiones.

El encierro de la marginación.

Se ha escrito mucho sobre los profundos cambios acaecidos en Europa durante el Renacimiento y, especialmente, tras el descubrimiento de América, la llegada de las remesas de oro y el consecuente incremento de la masa monetaria, hechos, todos ellos, que tuvieron una gran trascendencia económica.

Este proceso tuvo una gran influencia en el crecimiento y configuración de las ciudades, así como en su estructura social. Desde el siglo XV, la pobreza urbana se convirtió en un problema que ya no se podía soslayar por sus consecuencias sanitarias y de orden público. En tales circunstancias, la institución del hospital, no medicalizado, fue cobrando una importancia creciente. Se trataba de establecimientos que, bajo nombre diversos, como Hospital, Casa de Misericordia, etc. servían para recoger a los marginados, encerrarlos y, en ocasiones, obligarles a trabajar o a realizar determinadas tareas. No es posible abordar aquí el debate que suscitó el tratamiento de la pobreza, especialmente entre el bloque protestante y la Contrarreforma, pero también en el seno de esta última, discusión en la que participaron intelectuales tan relevantes como Vives, Medina o Domingo de Soto, entre otros muchos.

Desde mediados del siglo XV había quedado establecida como fórmula arquitectónica para la elevación de estos establecimientos la propuesta por Antonio Averlino (Filarete) para el Ospedale Maggiore de Milán (Fig. 2), edificio que persiste en la actualidad y todavía hoy impresiona por sus dimensiones.

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Figura 2. Ospedale Maggiore de Milán, por Antonio Averlino (Filarete)

La planta de cruz griega se generalizó en estas construcciones y fue usada profusamente, entre otros, por los hermanos Egas, en la España de los Reyes Católicos, materializándose en los Hospitales de Santiago (Fig.3), Granada y Toledo. Los dos primeros, especialmente, sirvieron para poner en marcha una profunda reestructuración urbana y social de dos ciudades que tenían una importancia capital para la Corona. En los tres casos se utilizó la planta de cruz griega, aunque Fernando Marías, en El largo siglo XVI, afirma que los hermanos Egas no conocían el Tratado de Filarete, pero ya había precedentes de tal morfología que debieron de servirles de inspiración.

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Figura 3. Hospital Real de Santiago de Compostela, por los hermanos Egas.

En cualquier caso, esta institución era el principal instrumento de control de la marginación e iba generando un discurso sobre sus funciones o su arquitectura, mientras las cárceles continuaban siendo un almacén de individuos a la espera del auténtico castigo, que solía ser físico, y por tanto suscitaba pocas reflexiones en este sentido.

En estos edificios con planta de cruz griega el centro desempeñaba un papel estrictamente simbólico y en él se situaba el altar y diversos elementos de carácter religioso.

Pero a finales del siglo XVI, Miguel Giginta, un clérigo catalán, publicó en 1579 un Tractado del remedio de pobres, en el que proponía contemplar esta estructura constructiva desde un punto de vista completamente distinto (Fig. 4): el centro dejaría de ser el alojamiento de elementos simbólicos para convertirse en un centro de vigilancia, lo que, por supuesto, también le da un valor comunicativo, pero sustancialmente diferente. Dice textualmente:

Han de estar repartidos en refitorios (refectorios) y dormitorios distintos, como está dicho, rasos sin tabiques ni colgadizo alguno, en sendas camillas con sus lámparas encendidas de noche. Y la casa del mayordomo habrá de tener una pieza sobre la capilla del crucero, con ventanillas para cada atarazana, y sendas celosías en cada una, desde las cuales podrá ver siempre cuanto en todas las atarazanas pasare: con lo cual no habrá mover un pie, jugar, golosear, reñir, loquear ni hacer otra cosa, que no pueda verla sin ser visto. En las cuales celosías pensarán que está de ordinario el otro acechándoles: y teniendo de otra parte en tanta claridad, y descubierto cada uno a todos los otros, como sobreestantes y espías del mayordomo, tendrán sin más diligencia, todos sosiego, aunque basta el recelo de las celosías que señorean todo.

Giginta, con casi doscientos años de antelación sobre Bentham, está describiendo la vigilancia central, su capacidad disciplinadora y las posibilidades que ofrece, en tal sentido, la invisibilidad y la ubicuidad del vigilante.

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Figura 4. Casa de Misericordia. Propuesta de Giginta/Pérez de Herrera.

Poco tiempo después, en 1598, Cristóbal Pérez de Herrera, que había sido Protomédico de las Galeras, publicó su Discurso del amparo de pobres, en el que dice seguir estrictamente las propuestas de Giginta, a las que incorpora la idea de la clasificación por alas. Ya están, por tanto, formulados entonces los principales componentes de lo que será la estructura del encierro punitivo que irá adquiriendo forma desde finales del siglo XVIII y consolidándose en los siguientes. Tenemos una estructura radial, con vigilancia central, y un sistema de clasificación por alas, así como un régimen disciplinar que se basa en el control del tiempo y de los pequeños actos de los reclusos.

Es significativo que ambos autores se planteasen la relación del establecimiento con el tejido urbano y es especialmente relevante el caso de Pérez de Herrera, pues integra esta reflexión en un discurso que se materializa en dos memoriales, enviados a Felipe II y Felipe III respectivamente, sobre los cambios que se deberían acometer en Madrid para que mantuviese la capitalidad, que estaba a punto de trasladarse a Valladolid.

Pero las ideas prosperan cuando hay un medio social e intelectual maduro para asumirlas y ese no era el caso de la Europa del seiscientos. Durante años se mantuvo y enriqueció este diseño arquitectónico en este tipo de instituciones y podemos encontrar multitud de ejemplos como las propuestas de Ph. Delorme (Fig. 5) de 1626, o de J. Furttenbach (Fig. 6) en 1628. Es especialmente interesante el caso de este último, pues emplea la cruz griega para edificios tan variopintos como escuelas o caballerizas pero, por el contrario, renuncia a ella en el momento de proyectar una cárcel.figura-6

Fig 5. Proyecto de Hospital de Ph. Delorme (1626)

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 Fig. 6.Proyecto de Hospital de J. Furttenbach (1628)

Se podrían multiplicar los ejemplos en este sentido y, por su relevancia, cabría citar el Hôpital des Incurables de París, diseñado por Christophe Gamar, cuyas obras comenzaron en 1635, con una planta formada por dos cruces, aunque en una disposición diferente a la de Filarete. Progresivamente, sobre tal esquema, se fue incrementando el número de alas, dando lugar al clásico edificio radial que posteriormente se transfirió al encierro punitivo. Un buen ejemplo es la propuesta de A. Desgodets (Fig. 7) de finales del seiscientos.

Pero, en cualquier caso, la vigilancia central brillaba por su ausencia

La arquitectura carcelaria.

Mientras el discurso sobre este tipo de instituciones prosperaba y daba frutos, apenas había una reflexión específica sobre el encierro como castigo, que llegará posteriormente de manos de la Ilustración.

Fig. 7. Proyecto de Hospital de A. Desgodets. Finales siglo XVII

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Por ejemplo Furttenbach que, como hemos dicho, usaba con profusión la estructura radial, renuncia a ella al proyectar sus cárceles y, por ejemplo, en la “Cárcel Grande” (Fig. 8) propone diferentes categorías de reclusión y la de rango inferior es un encierro dentro del encierro, donde la vigilancia se fía al deambular del vigilante entre las celdas aisladas.

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Figura 8. La “Cárcel Grande” propuesta por J. Furttenbach (1635)

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Figura 9. Casa de Corrección de Jóvenes de Roma (1705), por Carlo Fontana.

Más adelante, Howard habla elogiosamente de establecimientos como la Prisión de Newgate, obra de George Dance the Younger o, quizás más interesante, la Casa de Corrección de Jóvenes de Roma (Fig. 9), proyectada por Carlo Fontana con una estructura que recuerda a lo que posteriormente se conocerá como el sistema Auburn.

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Fig. 10. Prisión de Gante (1772-1775), por Mailfaison y S. J. Kluchman

En ninguno de los caso se emplea la planta radial ni se plantea la vigilancia central. Hemos de esperar hasta 1772-1775 para encontrar un plano de este tipo en la cárcel de Gante (Fig. 10), debido a los arquitectos Mailfaison y S. J. Kluchman. Aquí las celdas estaban dispuestas en las alas y había estancias destinadas al trabajo en común, pero todavía no se había establecido un sistema de vigilancia central. Se ha sugerido que su planta se copió directamente de la de los hospitales, sobre los que sí existía un debate digno de consideración y que había dado lugar, entre otras cosas, a la publicación en al Mercure de France, de 1769, de un proyecto radial de Pierre Gabriel Bugniet en el que podrían haberse inspirado los autores de Gante. También convendría señalar que en ese momento arrancaba con fuerza la reflexión generada por el incendio del Hôtel Dieu de París, a la que nos referiremos más adelante.

Pero incluso con posterioridad, ya en el ochocientos, cuando arquitectos de la talla de Ledoux o Houssin (o Coussin) se ocuparon de las prisiones apenas reparaban en su planta, prestando más atención a la sobriedad y severidad de su aspecto exterior.

El camino hacia la especialización.

Un hito fundamental en este proceso fue el incendio, en 1772, del Hôtel Dieu de París, que abrió un intenso debate, tanto sobre las funciones que debía desempeñar tal institución, como sobre la arquitectura más adecuada para cumplirlas. Todo ello llevó hacia la medicalización del hospital, que habría de destinarse a recoger enfermos y no marginados o indigentes, como había estado haciendo prácticamente hasta entonces.

Figura 11. Proyecto de Hospital de A. Petit (finales del siglo XVIII).

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fig-11bisDetenernos en tal discusión nos llevaría muy lejos pero, en lo sustancial, se barajaron dos estructuras constructivas: la radial (Fig. 11), propuesta por Antoine Petit, y el sistema de pabellones, en gran medida apoyado por la Commision de l’ Académie des Sciences que, a su vez, seguía las directrices marcadas por el Royal Naval Hospital de Plymouth y que correspondía al proyecto presentado por Poyet (Fig. 12). Finalmente triunfó esta segunda orientación que, con el paso del tiempo, ha dado lugar a obras tan interesantes como el Hospital de Sant Pau de Barcelona o el de Basurto en Bilbao.

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Figura 12. Proyecto de Hospital de B. Poyet (finales del siglo XVIII).

A la par, se había ido consolidando en lo penal un discurso sobre la función del castigo y del encierro sustentado en pilares tan sólidos como Montesquieu, Rousseau, Beccaria o Lardizábal, entre otros. En ese caldo de cultivo prosperó la propuesta de Bentham y el redescubrimiento de la vigilancia central, así como de algunas estrategias disciplinares que ya se habían esbozado con anterioridad.

La cárcel empieza a ser entonces objeto de reflexión y, aunque de manera dispersa, se va construyendo un pensamiento, y sobre todo una práctica, sobre su morfología. Sin duda, el Panóptico de Bentham fue un hito importante y, especialmente, la implantación de la vigilancia central. Pero pronto se fue imponiendo el sistema radial, especialmente en Europa, que provenía de la experiencia hospitalaria y que presentaba algunas ventajas, como la economía, sobre el modelo de Bentham.

En el caso concreto de España convendría señalar, aunque sea someramente, al menos tres hitos importantes en la formación de este discurso. Por un lado la traducción que Ventura Arquellada hizo de la obra de Rochefoucauld-Liancourt, Des prisons de Philadelphie, publicada en 1795/96 (An IV), en la que aún no se hace referencia al posterior edificio estrellado (Fig. 13) al que ha dado nombre a este sistema de encierro y que, por cierto, fue construido por un arquitecto inglés, John Haviland, que no hizo otra cosa sino atenerse a las estructuras constructivas que ya funcionaban en Europa y él conocía bien.

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Figura 13. Prisión de Filadelfia, por John Haviland

En segundo lugar habría que mencionar a Marcial Antonio López que, en 1832, publicó su Descripción de los más célebres establecimientos penales de Europa y Estados Unidos, en la que se refiere a los edificios estrellados como Panóptico local, que era, según él, la morfología recomendada por lo que denomina Real Sociedad de Prisiones de Londres.

Por último, no debemos olvidar la Aplicación de la Panóptica de J. Bentham, que escribió, y acompañó de una maqueta entregada a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Vilanova y Jordán. En su obra dice literalmente que “Bentham ha sacado provecho de los esperimentos (sic) realizados en los hospitales”.

En definitiva, en la España de finales del siglo XVIII y principios del siguiente ya circulaban las ideas sobre la reforma penitenciaria y sus implicaciones arquitectónicas, que es lo que aquí nos ha interesado. De sus consecuencias quizás haya que ocuparse en otro trabajo.

Conclusión

En estas líneas he intentado mostrar, centrándome especialmente en el caso europeo, la génesis de algunas arquitecturas destinadas a controlar a sus forzados habitantes.

Los primeros edificios en los que se ensayaron algunas estrategias de vigilancia y disciplina, ya al filo de los siglos XV y XVI, fueron los que entonces se denominaban Hospitales o Casas de Misericordia. A finales del quinientos ya se experimentaba con la vigilancia central, y con la invisibilidad y omnipresencia del vigilante, así como con ciertas prácticas disciplinares.

Durante más de un siglo hubo un flujo continuo de estructuras edificatorias entre establecimientos de diferentes tipos, siendo la radial muy relevante en aquellos que se dedicaban al recogimiento de la pobreza y la marginación.

En la medida en que con la Ilustración se fue construyendo un discurso específico sobre la marginalidad, la enfermedad o la delincuencia, las diferentes instituciones se fueron especializando y definiendo morfologías constructivas y regímenes de funcionamiento interno. Entonces lo radial se fue adoptando en lo carcelario, mientras la clasificación en pabellones se instauraba y prosperaba en el hospital medicalizado.

Más allá de la descripción de edificios y plantas, es importante señalar la relación que existe entre la reflexión teórica, ya sea sobre la marginalidad, la enfermedad o la delincuencia, y la adopción de estrategias espaciales que, a menudo, se presentan como estrictamente técnicas.

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