Por Javier García de Enterría*

Me corresponde cerrar este acto, que tiene un signo eminentemente académico y editorial, pero que en mi caso ofrece —como es fácil de entender— una honda connotación íntima y afectiva, al ir referido a la publicación de la obra jurídica de quien fue, y será por siempre —pues la relación paternofilial no se extingue con la muerte—, mi padre. No tengo ningún otro título que justifique mi participación en este acto. Pero no intervengo a pesar de ello a título personal, o no solo, sino que lo hago en mi condición de portavoz y en representación de toda la familia de Eduardo García de Enterría, de sus hijos, nietos y bisnietos (muchos aquí presentes), y muy singularmente en nombre y por cuenta de mi madre, cuyos 95 años celebramos hace pocos días, que a su gran pesar no ha podido acompañarnos en este acto, pero que entiendo lo está siguiendo por videoconferencia.

Esta sola circunstancia justifica que, antes de desgranar unas breves consideraciones sobre la oportunidad y el valor científico e intelectual de estas obras completas, me permita esbozar una somera reflexión personal sobre la significación añadida que esta publicación ofrece para mi familia y para mí. Porque es sabido que las personas no desaparecen ni se desvanecen del todo mientras las recordemos y sigan con nosotros, habitando en nuestros recuerdos, mientras las llevemos, no ya en nuestra memoria, sino en nuestro propio ser. La memoria y el recuerdo no pueden verse como hueras manifestaciones de nostalgia o de melancolía, sino que, antes bien, son aquello que conforma y da sentido a nuestra propia identidad, a lo que somos y sentimos. Y este es sin duda el caso de mi padre, a quien yo sigo recurriendo regularmente en busca de orientación y pautas de conducta al enfrentarme a las decisiones y encrucijadas que la vida va situando en nuestro camino.

Hoy se ha hablado mucho, y la simple publicación de estas obras completas basta para atestiguarlo, del monumental significado que tuvo la obra científica de mi padre en la creación y conformación del moderno Derecho público español. Pero aparte de ello, lo cierto es que mi padre fue también un modelo de integridad, de honradez personal y profesional, de rectitud en todos los ámbitos de la vida, en la que siempre se movió por impulso de unos estrictos e inquebrantables principios morales y religiosos, que nunca relegó ni postergó por razones de conveniencia, de celebridad o de aprobación. Aunque solo sea por esta razón, por contribuir a recuperar y a preservar la figura y la presencia intelectual de mi padre, por removerla del proceso de dilución y desmemoria que inexorablemente acompaña al transcurso del tiempo, la publicación de esta obra solo puede ser motivo de la más profunda satisfacción personal.

Por lo demás, en mi condición de humilde mercantilista, poco podría añadir yo a lo que ya han señalado —con mayor fundamento y conocimiento— quienes me han precedido en el uso de la palabra sobre el inconmensurable valor que tiene la publicación de estas obras completas en los tiempos presentes, trece años después del fallecimiento de mi padre. Me permitiré solamente formular dos tipos de consideraciones.

La primera tiene que ver con la importancia, no solo en la literatura sino también en el estudio del Derecho, de volver a los «clásicos», de releer más que de leer, particularmente en esta época acelerada y vertiginosa en la que andamos inmersos. El avance tecnológico ha propiciado una proliferación de revistas y sitios web dedicados a los estudios jurídicos y una correlativa profusión de trabajos científicos y doctrinales (o que, al menos, se pretenden tales), cuyo valor depende más a menudo de la inmediatez de su publicación y de su accesibilidad que de la profundidad u originalidad de sus análisis. Pero esta posibilidad de acceder de forma irrestricta a cantidades ingentes de información, beneficiosa sin duda en muchos aspectos, se produce con frecuencia a costa de la memoria histórica y del entendimiento, de la comprensión sistemática y conceptual de las figuras e instituciones jurídicas y de su conformación histórica, que es cabalmente lo que nos aportan los grandes autores y tratadistas. Como en otros ámbitos de la vida, también en el Derecho lo nuevo suele ser breve y efímero, envejece rápido y mal, se desvanece al poco sin dejar rastro ni recuerdo. Y ello justifica la necesidad de retornar a los autores clásicos, a los grandes maestros del pensamiento, a aquellos que han sentado las bases y el armazón conceptual y sistemático de una disciplina, para subirse a sus hombros, como en la conocida imagen, los hombros de los gigantes, y otear así desde las alturas el panorama legislativo y científico de una disciplina, desactivando de paso —por nuestra condición de pigmeos o enanos en comparación suya— el vicio de la vanidad al que tan propicios somos los abogados y los universitarios. También desde esta perspectiva, por agrupar en un solo libro todos los trabajos jurídicos de mi padre y por ponerlos de una forma práctica al alcance y disposición de toda la comunidad jurídica, y muy especialmente de los lectores más jóvenes para quienes Eduardo García de Enterría es poco más que una referencia histórica, la publicación de estas obras completas debe ser también objeto del mayor de los encomios.

La segunda consideración sobre el valor de esta publicación, estrechamente asociada a la anterior, se relaciona con el preocupante descrédito y desprestigio en que últimamente se encuentra sumido el Derecho en su condición de ciencia, o cuando menos —para no parecer demasiado pretenciosos— de sistema objetivo y predecible de ordenación de las relaciones sociales y económicas. En los últimos tiempos, y nuestra más reciente experiencia resulta tristemente paradigmática, las normas jurídicas han pasado a concebirse por muchos —singularmente por algunas instituciones y órganos encargados de su aplicación— como elementos elásticos y maleables carentes de cualquier contenido objetivo y verificable, que se moldean de forma grosera y descarnada con el indisimulado propósito de avanzar determinados fines políticos y de paso dotar a estos de la fuerza vinculante y coercible que es propia del ordenamiento jurídico. Hoy en día las grandes corrientes jurídicas no son el iusnaturalismo, el positivismo o el realismo jurídico, sino —podría decirse, no sin cierto sarcasmo— las corrientes conservadora y progresista, de tal modo que la concreta composición del órgano o tribunal de que se trate permite anticipar con un grado de fiabilidad casi matemática el resultado de la decisión. Se verifica así una desvalorización e instrumentalización del Derecho, que nos obliga también a reiniciar el sistema y a acudir nuevamente a las bases y fundamentos que sustentan el moderno Derecho público, a las reglas y principios que han ido perfilando aspectos tan básicos —y hoy tan cuestionados por algunos— del Estado de Derecho como el imperio de la Ley, la separación de poderes, el principio de legalidad o —por mencionar una categoría especialmente querida por mi padre— la interdicción de la arbitrariedad. Y es aquí donde también se revela la oportunidad de estas obras completas, considerando que las cuestiones atinentes a la relación entre el poder y el Derecho, al control de la discrecionalidad y a los mecanismos de control de la Administración y de los poderes públicos representan uno de los ejes centrales de la obra de mi padre.

Y para terminar, los agradecimientos, que formulo, no por simple trámite o cortesía protocolaria, sino —como es fácil de suponer— por íntima convicción y sentimiento. Antes que nada a la editorial Aranzadi La Ley, que desde el inicio acogió de forma entusiasta y decidida un proyecto tan complejo e incierto como este. A las entidades que han prestado el apoyo financiero requerido para una publicación de esta naturaleza: como el propio Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, que hoy nos acoge tan gentilmente (y que sigue editando la Revista de Administración Pública, que fue fundada por mi padre en 1950 y que dirigió hasta su fallecimiento, y que siempre tuvo entre sus obras más queridas); la Universidad Católica de Santa María de Arequipa (maravillosa ciudad peruana, de profundas connotaciones literarias, cuya contribución evidencia la relevancia e influencia que la obra de mi padre ha tenido siempre en el mundo iberoamericano); y al Gobierno de Cantabria y, en particular, la Consejería de Presidencia (cuya contribución mi padre valoraría muy especialmente, considerando que siempre antepuso y se enorgulleció de su condición de cántabro y, en particular, de lebaniego por delante de cualquier otra). Mi más sentido agradecimiento también a los editores de la obra, Germán Fernández Farreres, Tomás-Ramón Fernández y Luis Martín Rebollo, cuyo impulso e iniciativa han sido absolutamente decisivos para que la misma haya terminado viendo la luz, y que son destacados e insignes miembros de la que ha dado en conocerse como la Escuela de Enterría, o la «Escuela» a secas, por antonomasia, que agrupa a más de ochenta catedráticos de Derecho administrativo que con distintos grados de filiación y parentesco se consideran discípulos de mi padre y que conforman la obra y el legado científico del que siempre se sintió más orgulloso. Y, por último, aunque en primer lugar en el plano afectivo, a mis sobrinos Carlos y Andrea, nietos prominentes ambos de Don Eduardo, que son quienes en los momentos iniciales —y por ello más inciertos— acogieron con entusiasmo y determinación la iniciativa de poner en marcha estas obras completas, inicialmente planteada por el letrado de Cortes Manuel Gonzalo, y quienes se embarcaron en la ímproba tarea de rastrear, identificar y localizar los innumerables artículos y trabajos de mi padre, algunos de muy difícil acceso. Ha habido otras muchas personas que desde muy distintos ámbitos han contribuido de manera voluntariosa a que estas obras completas pudieran publicarse, que por su número no puedo identificar aquí, pero a quienes transmito también el más sincero y sentido agradecimiento de mi familia y el mío propio.


* Recojo aquí las palabras que pronuncié en el acto de presentación de la Obra jurídica completa de Eduardo García de Enterría que tuvo lugar el pasado 27 de octubre en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, en el que también intervinieron Rosario García Mahamut (Directora del Centro), Jorge Luis Cáceres Arce (Rector de la Universidad Católica de Santa María de Arequipa), María Eugenia Gutiérrez Palacio (Secretaria General de la Consejería de Presidencia del Gobierno de Cantabria), Cristina Retana (Directora de contenidos e innovación de Aranzadi La Ley) y Tomás-Ramón Fernández (Catedrático de Derecho Administrativo y uno de los editores de la Obra).