Por Jesús Alfaro Águila-Real*

 

“noi possiamo concepire una persona giuridica tanto per attribuirle una sola delle situazioni giuridiche in che può trovarsi un uomo, come per attribuirgliene più oppure tutte. Quando tutte le situazioni giuridiche in cui può stare un uomo siano attribuite ad una persona giuridica allora si è raggiunto l’apice della personificazione”.

Perozzi

 

La cuestión Adam Smith

 

En su biografía de Adam Smith, Jesse Norman dedica unas páginas a desmontar el mito según el cual el filósofo escocés deba considerarse el padre del homo oeconomicus. El homo oeconomicus es un invento del utilitarismo del siglo XIX, no de la Ilustración y, por tanto, no puede estar más alejado de la concepción del ser humano que tenía Smith. Esta es una cuestión discutida que no voy a analizar aquí. Daré por buena la posición de Norman. Tras un recorrido que va desde Bentham a John Stuart Mill, Norman explica que en la Economía del siglo XX “los individuos dejan de ser vistos… como humanos para concebirse como meros agentes económicos, átomos separados de los demás, perfectamente racionales que operan sistemáticamente y sin excepciones en mercados sin fricciones con perfecta información”. De modo que, en contra de las advertencias de Arrow sobre las imposibles condiciones de los mercados de competencia perfecta, se empezó a asumir no ya que los mercados reales competitivos podían producir los beneficios esperados de los mercados de competencia perfecta, que es una asunción realista, sino que para lograr tales beneficios no hacía falta contar con humanos sociables y ultracooperativos, bastaba con contar con sociópatas a los que sólo movería el ánimo de maximizar el lucro. En fin, este proceso culminará, como denunciara Demsetz, cuando el agente económico por excelencia deja de ser el ser humano (no ya para ser sustituido por los países: David Ricardo) para serlo la empresa que, por su propia naturaleza puede modelizarse como un agente perfectamente racional.

Pues bien, con el concepto de personalidad jurídica, los juristas hemos andado un camino simétrico al de los economistas con el homo oeconomicus. En lugar de enfocar nuestra atención hacia cómo la institución de la personalidad jurídica facilita la cooperación dentro de un grupo humano en el marco de los intercambios y de la producción en común, hemos partido de la equiparación entre individuos y personas jurídicas para, a continuación construir toda clase de “andamios” y respuestas ad hoc para dar cuenta de las diferencias esenciales entre un ser humano – entre una persona física – y una persona jurídica. No ya porque, como dijera Galgano, una vez que nombras de una manera un fenómeno sea inevitable atribuirle las características del fenómeno que, previamente, había recibido tal nombre, sino porque el nombre – “persona” – determina un marco mental que impide encontrar las reglas más ajustadas a la naturaleza de la institución.

Este es el gran “pecado” de la concepción kelseniana de la personalidad jurídica que es una concepción puramente normativa. Kelsen recorrerá el camino expuesto en sentido contrario. No dirá que las personas jurídicas son como los seres humanos. Dirá que, para una Teoría Pura del Derecho, los seres humanos se reducen a ser personas físicas. La “persona física” es un concepto jurídico, no una descripción de la naturaleza, de forma que son personas jurídicas las personas físicas y las organizaciones sociales a las que el Derecho imputa derechos y obligaciones.  Pero al razonar así, se pierde de vista que la equiparación normativa entre personas físicas y jurídicas (ambas son “sujetos de imputación de derechos y obligaciones”) es sólo parcial. Mientras que los seres humanos son titulares y destinatarios de derechos de la personalidad y de obligaciones morales por un lado y de derechos y obligaciones patrimoniales por otro, las personas jurídicas son sólo titulares y destinatarios de los segundos. De manera que la equiparación normativa es excesiva.

El punto de partida de los juristas para elaborar de forma útil el concepto de persona jurídica debe ser, justamente, el contrario al de los economistas. El ser humano no es una empresa, ni una máquina de sufrir dolor y experimentar placer, ni un personaje de dibujos animados como Homer Simpson; ni siquiera un concepto jurídico o normativo à la Kelsen. Y tampoco la persona jurídica debe definirse o tratarse sobre la base de las semejanzas y diferencias con los seres humanos. Una empresa puede modelizarse como un homo oeconomicus, pero éste es una errónea descripción de los seres humanos.

Lo que aproxima a empresas y seres humanos es su participación en los mercados; no su estructura física o su comportamiento. Cuando los seres humanos participan en mercados competitivos, éstos les fuerzan a comportarse racionalmente porque, si no lo hacen, acabarán arruinados y, por tanto, expulsados del mercado. De ahí que en los mercados sólo veamos individuos (y empresas) racionales. El último que se comportó como un ser humano en un mercado, se “extinguió” como desapareció aquel equipo de fútbol que cooperaba con el equipo contrario y le pasaba el balón para que también tuviera oportunidad de tirar a puerta en lugar de competir, feroz pero deportivamente, por ganar

 

Del mismo modo, y porque una persona jurídica es un patrimonio, lo que aproxima a los seres humanos y a las personas jurídicas es que todos los seres humanos tienen patrimonio

 

Por tanto, el concepto a partir del cual debe construirse el régimen de las personas jurídicas no es el de “persona”; ni siquiera el de “persona física”. El concepto a partir del cual debe construirse tal régimen es el de patrimonio. El concepto jurídico de “patrimonio” pertenece al Derecho de Cosas y se relaciona con el de “propiedad”. No pertenece al Derecho de la Persona y no se relaciona con el de ser humano o individuo.

Un patrimonio encaja en la definición de “persona jurídica” de Kelsen sólo si añadimos a “sujeto de imputación de derechos y obligaciones” la cualificación de que ha de tratarse de derechos y obligaciones “patrimoniales”. Pero, a la vez, si se aproxima el concepto de persona jurídica al de patrimonio, la equiparación entre personas físicas y jurídicas pierde toda su capacidad analítica y se muestra como una proposición falaz: Así como se puede decir que todos los individuos tienen personalidad jurídica es absurdo decir que todas las personas jurídicas tienen personalidad jurídica. Pero el absurdo desaparece si decimos que todos los individuos tienen patrimonio pero hay patrimonios que no pertenecen a individuos. 

En efecto, dado que todos los humanos tienen patrimonio (al menos, capacidad de trabajar) y un solo patrimonio, para el Derecho Privado Patrimonial, patrimonio e individuo son sinónimos. La correspondencia se refuerza si se tiene en cuenta que es el individuo el que “gobierna”, según su voluntad, su patrimonio. El individuo es, así, para el Derecho Privado Patrimonial, la “perfecta” persona jurídica: titular de derechos y obligaciones patrimoniales a la vez que dotado de capacidad de obrar al alcanzar la mayoría de edad.

Cuando el individuo no es capaz de gobernarse a sí mismo (rectius, de gobernar su patrimonio, en lo que al Derecho patrimonial se refiere), lo llamamos incapaz y el Ordenamiento establece un sistema de gobierno de su patrimonio situado fuera de su cerebro, que es donde está situado el gobierno de los patrimonios individuales. Son las instituciones de la tutela y curatela. La capacidad de obrar (patrimonial) es la capacidad de gobernar el propio patrimonio. Por eso dice el Código Civil en su art. 200 – y 215 – que una persona es incapaz cuando no puede gobernarse a sí misma o su patrimonio). Una persona jurídica no puede ser “incapacitada”. A las personas jurídicas sólo se les aplica el Derecho Patrimonial. Por tanto, un patrimonio que no sea el individual requiere, para ser reconocido por el Derecho, que en el acto constitutivo de tal patrimonio se le dote de la “capacidad de gobernarse”, esto es, que se designe a los individuos (o se establezca el procedimiento para designarlos en cuyo caso se habla de órganos) que permitan a ese patrimonio obrar, actuar.

Por último, cuando un patrimonio dispone de capacidad para gobernarse y relacionarse jurídicamente con otros patrimonios con carácter general (tiene representantes), se está ante una persona jurídica. Al ser humano se le aplica el Derecho Patrimonial y, como es un ser humano, se le aplica el Derecho de la Persona.

Los juristas se han dejado llevar por la metonimia: como todos los seres humanos tienen patrimonio y ponen en relación sus patrimonios respectivos a través de actos y negocios jurídico-patrimoniales con otros individuos que hacen lo propio con sus propios patrimonios, es irresistible la tentación de decir que las partes de esas relaciones jurídico-patrimoniales son los seres humanos titulares de esos patrimonios y, en lugar de decir que, a efectos jurídico-patrimoniales no necesitamos de los seres humanos para atribuir – imputar – derechos y obligaciones (patrimoniales) decimos que los patrimonios no individuales son “como” seres humanos (doctrina de la ficción) o, lo que es peor, decimos que son personas reales cuando no nos limitamos a decir que son “grupos unificados” de seres humanos.

Este error se comete porque, naturalmente, los patrimonios no pueden ponerse en relación unos con otros por sí solos aunque el desarrollo de la inteligencia artificial lo permitirá en un futuro próximo. La realización de transacciones automáticas, sin intervención humana consiste, precisamente, en poner en relación distintos patrimonios.

Los patrimonios tienen capacidad jurídica patrimonial (les podemos atribuir derechos y obligaciones patrimoniales) pero no tienen capacidad de obrar o de “gobernarse” a sí mismos. Aquí es donde entran el contrato de sociedad, el negocio jurídico fundacional y otros hechos, actos y negocios jurídicos a los que el Derecho atribuye la virtualidad de constituir patrimonios separados.

Una vez que la institución de la personalidad jurídica se introduce en el marco adecuado, el del Derecho Patrimonial, los juristas habremos alcanzado el final del camino que los economistas han recorrido en torno a las relaciones entre el homo oeconomicus y el ser humano. Los seres humanos no son, para el Derecho, personas jurídicas. Como los seres humanos no deberían ser, para la Economía, homini oeconomici. Los seres humanos son, para el Derecho – y para la Economía -, el centro y razón de todas sus normas e instituciones. El homo oeconomicus y la personalidad jurídica son herramientas conceptuales para explicar el funcionamiento del sistema económico y jurídico respectivamente, en particular, para explicar cómo cooperan entre sí los seres humanos. La personalidad jurídica, esto es, la posibilidad de constituir patrimonios distintos de los patrimonios individuales de cada ser humano, facilita enormemente la producción en común y reduce los costes de intercambiar hasta el punto de explicar, según algunos y en cierta medida, por qué el Occidente Europeo pudo alcanzar el mayor nivel de desarrollo económico que ha visto el mundo.

Las personas jurídicas son patrimonios personificados, entendiendo por personificación el hecho de que un patrimonio – que, como tal, tiene capacidad jurídica patrimonial porque puede ser parte de una relación jurídico-patrimonial – esté dotado de una organización (de reglas para tomar decisiones incluyendo la designación de los individuos que pueden actuar con efectos sobre el patrimonio) que le proporcione capacidad de obrar. Esta forma de abordar la cuestión permite abandonar la estrategia de la analogía con los seres humanos. Las personas jurídicas no son seres humanos fingidos por el legislador. Son patrimonios organizados para participar en el tráfico jurídico-económico. Decir que una persona jurídica es un centro de imputación de derechos y obligaciones sólo es correcto si se añade “de carácter patrimonial” y se añade que esté dotado de una organización que le proporcione capacidad de obrar con efectos sobre un patrimonio. Si no se hace así, se está degradando a los seres humanos o se está ensalzando a los patrimonios organizados para participar en el tráfico.

Además, este planteamiento permite evitar el error, a mi juicio, en el que gran parte de la doctrina ha caído y que consiste en admitir diversos grados de personificación. Si se dice que las personas jurídicas son como los seres humanos, es inevitable continuar diciendo que, como no son seres humanos, pueden parecerse más o menos a los seres humanos y, por tanto, pueden tener un mayor o menor grado de personificación (la estructura corporativa no se refiere al patrimonio sino a la organización). Esta doctrina acaba por legitimar cualquier resultado y no explica lo que tiene de esencial la calificación de un fenómeno como una “persona jurídica”. El patrimonio se refiere, exclusivamente, a una parte de la actividad humana: la que tiene que ver con la utilización de medios económicos para el logro de fines individuales o colectivos.


* Esta entrada es una versión resumida del primer apartado de un trabajo de próxima publicación en la Revista de Sociedades.

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