Por Calixto Alonso del  Pozo

 

El mismo día en que  doscientos cincuenta y ocho años antes moría Luis Vicente de Velasco defendiendo El Morro de La Habana, fallecía en esa misma ciudad Eusebio Leal Spengler, Historiador y Restaurador de La Habana y de las fortalezas de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro y de San Carlos de La Cabaña. Leal era hombre erudito y profesaba una admiración indisimulada por la figura de Velasco. Sostuvo por escrito que el ataque a La Habana a inicios de junio de 1762 fue el hecho de armas más importante de la guerra de los Siete Años, y el más significado de los sucedidos en suelo cubano. Esta contienda ha sido señalada por los historiadores del siglo XVIII como la “primera guerra mundial”, tanto por los países  que lucharon durante el conflicto, cuanto, y principalmente, porque los escenarios bélicos se sucedieron en Centro Europa, en el Mediterráneo, el Canadá y las entonces colonias británicas que hoy conforman EEUU, el Caribe español, y el Pacífico, que hasta ese momento era conocido por el nombre de Mar Español.

Por su condición de centro estratégico para la defensa y las comunicaciones del Imperio del Rey Católico, Cuba fue objetivo permanente de las ambiciones británicas (y luego de las estadounidenses), y en particular las ciudades de La Habana y de Santiago, indispensables para consolidar el dominio naval en el Caribe.

En el curso de las llamadas “guerras mercantiles” libradas por las potencias europeas en las Antillas durante la primera mitad del siglo XVIII, distintas villas cubanas habían sido objeto de ataques y amenazas, destacándose por su alcance la tentativa de apoderarse de Santiago de Cuba del almirante Edward Vernon en 1741 tras fracasar su asedio a Cartagena de Indias, donde Blas de Lezo le infligió la mayor derrota naval que jamás hayan sufrido los británicos.

La Habana, la llave del Golfo era, sin embargo, el objetivo por antonomasia de los empeños británicos.

Sin que ni siquiera la  población y guarnición de San Cristóbal de La Habana supieran que España había entrado en guerra con el inglés, de Portsmouth zarpó el mayor contingente militar que hasta entonces hubiese cruzado el Atlántico, con el objetivo de arremeter contra la capital cubana. Los habaneros se encontraron una mañana con treinta y cinco navíos de línea y con hasta ciento cincuenta embarcaciones más, entre fragatas, bergantines y transportes, que albergaban treinta y dos mil infantes de marina.

Enfrente, diez barcos que nunca salieron de Puerto de Carenas (así se denominaba al fondeadero de La Habana), mil quinientos soldados escasos de pertrechos y unos trescientos milicianos organizados de modo apresurado y espontáneo entre los habitantes de la ciudad y sus alrededores.

Las decisiones defensivas, el incesante bombardeo de El Morro, los refuerzos que en número de cuatro mil hombres recibieron los británicos a comienzos de julio procedentes de las Trece Colonias (al mando de parte de los cuales desembarcó en La Habana un joven George Washington), la labor de los zapadores atacantes hasta hacer estallar una gigantesca mina que derrumbó parte de la fortaleza sita al frente de tierra y permitió entrar a la carga en el castillo a tres mil quinientos granaderos que pasaron a cuchillo al escaso centenar de defensores que quedaban en pie, ha sido explicado con detalle por los historiadores. La feroz resistencia termina cuando  Velasco es abatido de un balazo en el pecho. Horas después, muere en La Habana, muy probablemente a causa de una septicemia.

A comienzos de agosto de 1762, el jefe de la flota de asalto británica, Conde de Albemarle, toma posesión de una ciudad cuasi despoblada y da comienzo a un concienzudo saqueo que le permitió, a él y a sus subordinados Pocock y Elliot mudar a ricos por muchas generaciones en los escasos once meses que duró la dominación. El reparto del botín se materializó por escrito días antes de la toma de El Morro, y da explicación al modo en que se condujeron en el asalto final.

Dejaron en La Habana más de diez mil muertos y varias embarcaciones hundidas y destrozadas, llevándose a cambio todo lo que flotaba en el muelle de Regla, amén de desvalijar el resultado de doscientos cincuenta años de asentamiento en la ciudad.

En julio pasado, supimos de una propuesta de Podemos que pretende hacer desaparecer toda mención y recuerdo al Marqués de La Ensenada, al parecer porque tuvo que ver en alguna disposición que afectaba a población gitana española instalada en el sur de nuestro país, hacia 1740. Sacando, una vez más, las cuestiones históricas de contexto, se paga así a un excepcional Ministro y hombre de estado, al que las naciones hispanas le deben que en toda América no se hable inglés. Las medidas de fomento para impulsar la construcción naval que el Marqués instrumentó fueron fundamentales para defender y conservar el Imperio, hasta la posterior y definitiva derrota de Trafalgar, que puso fin a la presencia española en los mares.

El olvido persigue a Velasco, a Blas de Lezo en su tierra de origen y a Bernardo de Gálvez en la suya. Esperemos que no tenga su origen en una idea desenfocada que puedan albergar determinados responsables y voceros culturales, y en cuanto a las hipótesis de que el tratamiento de estas cuestiones tiene reminiscencias rancias y trasnochadas, y desprenden nostalgias trufadas de conceptos históricos a enterrar, no merecedoras de apoyo.         Necesitamos conocer nuestro rico y complejo pasado, y más en tiempos donde de cuando en vez se escucha a políticos y responsables culturales decir que hay que volver la mirada a América, que el idioma es nuestro mejor patrimonio.


Foto: @thefromthetree

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