Por Jesús Alfaro Águila-Real

La historia de una especie, o cualquier fenómeno natural que requiere continuidad ininterrumpida en un mundo problemático, funciona como una racha de un jugador. El jugador tiene unos activos limitados y juega contra el casino que tiene recursos infinitos. El jugador acabará indefectiblemente, en la ruina. Lo único que puede pretender el bateador es quedarse el mayor tiempo posible en el campo de juego, pasarlo bien mientras esté en el y, si es un agente moral, caer con honor. 
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El secreto del éxito de la especie humana es su extraordinaria capacidad para la cooperación. La cooperación entre individuos en el seno de grupos cada vez de mayor tamaño es lo que nos ha salvado – como especie – del “cero”, de la desaparición. Traspasado un cierto tamaño de la población humana, el resto es Historia.

En este trabajo (Ole Peters/Alexander Adamouy, An evolutionary advantage of cooperation, 2019), los autores formulan un modelo matemático para explicar por qué se produce la cooperación entre organismos simples y por qué esta cooperación conduce a la formación de organismos más complejos (de los seres unicelulares a los pluricelulares, de la célula procariota a la eucariota, esto es, lo que los biólogos llaman las transiciones). Del modelo, me interesa captar la intuición que está detrás. Y para hacerlo, es de extremada utilidad esta presentación que los propios autores han colgado en la red y que se titula “La fábula de los agricultores”.  En pocas palabras,

“la ventaja evolutiva de la cooperación deriva del hecho de que con tasas de crecimiento de los rendimientos de carácter exponencial, las fluctuaciones en dichas tasas (la varianza) pueden reducirse si se ponen en común los recursos productivos y se reparten los rendimientos entre los aportantes”.

y, al reducirse la varianza en cada “jugada” (en términos de teoría de juegos), o sea, cada vez que se tiran los dados o se inicia un ciclo agrícola, se logran enormes aumentos del bienestar general.

Los autores dicen que eso proporciona

“una imagen de la cooperación movida por el propio interés, no por el altruismo, en la que los cooperadores, por tanto, proliferan y se convierten en mayoría en el grupo en comparación con los no cooperadores”.

En realidad, y como demuestran centenares de trabajos, no es cierto que la única alternativa explicativa al egoísmo individual sea el altruismo. Hay otra que es, precisamente, la que hace compatible la defensa y persecución del propio interés con el aumento del bienestar – también – de los otros miembros del grupo. Se llama mutualidadHay mutualidad siempre que dos o más personas entablan relaciones mutuamente beneficiosas.

 

La mutualidad explica la cooperación

 

porque explica cómo la Evolución asignó muchas de las decisiones humanas, no al individuo, sino al grupo. 

En las relaciones mutualistas (bilaterales o grupales pero las más interesantes son las grupales), cada uno de los miembros del grupo contribuye al fin común y, al hacerlo, aumenta las posibilidades de su propia supervivencia individual porque el sistema mutualista de producción sólo es estable si la (mayor) producción en común se reparte entre los que han contribuido a la producción (en otro caso los incentivos para contribuir se desvanecen) o, más generalizadamente, si los bienes públicos producidos mejoran las posibilidades de supervivencia de cada uno de los miembros del grupo. Con independencia de la voluntad individual, si los que cooperan – aportan a la producción en común – no reciben al menos la parte de la producción común suficiente para subsistir (o no se benefician de la reducción del riesgo que produce el bien público producido colectivamente) mueren y no participan en la siguiente “ronda” de cooperación (y ya de reproducirse, ni hablamos). De manera que la selección natural asegura que las formas de cooperación estable garanticen no sólo la producción en común sino el reparto más o menos equitativo de lo producido por todos entre los miembros individuales. Lo que es producido individualmente, se consume individualmente. La coexistencia de producción colectiva y producción individual en todos los grupos humanos se explica de esta manera.

La evolución cultural y la competencia con otros grupos puede afectar sobremanera a dicha distribución de lo producido. La razón es que grupos en los que el reparto de lo producido en común es desigual (y, por tanto, cuyos miembros sobrevivirán en menor medida que otros donde la producción en común sea mayor) pueden ser más efectivos en la guerra con otros grupos. Tal ocurre cuando la forma en la que se guerrea cambia y no depende, exclusivamente, de lo aguerrido que sea cada uno de los que participan en la batalla.

Pero la conclusión no cambia: la mutualidad es la forma “natural” de organizar la producción en común. Los intercambios – los mercados – son una forma especial de mutualidad. Están basados igualmente en el propio interés (ni la mutualidad ni los mercados exigen altruismo) pero requiere “cálculo” por ambas partes lo que sugiere que su origen estuvo igualmente en las relaciones de producción en común: una vez que se contribuye al común porque se espera recibir una parte de lo producido en común, es sencillo dar a otro miembro del grupo cuando te sobra lo que, recíprocamente, significa que uno recibirá de otros miembros del grupo cuando les haga falta, de estas relaciones de intercambio no jurídicas se evolucionará hacia los intercambios de mercado. Así pues, la mutualidad es el principio rector de la evolución de la cooperación.

 

La fábula de Ann y Bill, los dos agricultores que mutualizaron sus cosechas

 

En el ejemplo de los dos agricultores (Bill y Ann), Bill produce cereal. Un buen año, Bill cosecha 150 granos por cada 100 que planta. Cuando

“algo produce más de sí mismo, los matemáticos dicen que crece exponencialmente. 1 kilo se convierte en 1,5 kilos, estos 1,5 kilos se convierten en 2,,25 kilos, y estos en 3,375 kilos y así sucesivamente. El proceso es más rápido de lo que la gente se imagina”

como demuestra el famoso cuento de la partida de ajedrez entre Sissa y el rey Sheran, en el que el primero pidió al segundo como recompensa por haberle descubierto el juego del ajedrez

Soberano —dijo Sissa—, manda que me entreguen un grano de trigo por la primera casilla del tablero del ajedrez.

– ¿Un simple grano de trigo? —contestó admirado el rey.

– Sí, soberano. Por la segunda casilla, ordena que me den dos granos; por la tercera, 4; por la cuarta, 8; por la quinta, 16; por la sexta, 32…

– Basta —le interrumpió irritado el rey—. Recibirás el trigo correspondiente a las 64 casillas del tablero de acuerdo con tu deseo: por cada casilla doble cantidad que por la precedente.

La historia acaba mal para los graneros del Rey ya que 264 – 1 da una cifra para cuya cobertura “serían necesarias las cosechas mundiales de más de mil años

¿Qué le pasa a nuestro agricultor Bill cuando hay años con buenas cosechas y años con malas cosechas? (y, sobre todo, ¿qué pasa cuando un año el granizo o la sequía provocan que se pierda toda la cosecha?).

En la fábula, los autores suponen que Bill sólo consigue 70 granos por cada 100 que planta (x0,7) y que eso es un promedio porque los rendimientos varían de año en año de forma impredecible. Al cabo de 100 cosechas de rendimientos variables y aleatorios, Bill puede acabar con una cantidad de grano inferior a la inicial. Aquí es donde entra la mutualidad en forma de una vecina, también agricultora que se llama Ann y que está expuesta a los mismos riesgos (de malas cosechas, incluso de cosecha 0) pero (y este es un enorme pero) cuyos riesgos son estadísticamente independientes de los riesgos que soporta Bill. Es decir, que las malas o buenas cosechas de Bill no se producen los mismos años que las malas o buenas cosechas de Ann, o al menos no necesariamente (puede darse la casualidad de que un año ambos tengan una buena cosecha o una mala cosecha pero sus campos están lo suficientemente alejados uno de otro como para que el granizo, las plagas o la sequía que afecte a uno de los campos no afecte normalmente al otro). El lector avisado ya habrá adivinado por qué Ann y Bill pueden cubrirse frente a los riesgos que soportan como agricultores si mutualizan su producción. Es el invento del seguro del que he dicho que es, probablemente, el último invento financiero que ha mejorado el bienestar de la Humanidad.

En la fábula de los agricultores, y para mantener simple el análisis, el aseguramiento del riesgo de malas cosechas exige que Ann y Bill acuerden poner en común su cosecha individual y repartírsela por mitad. El “milagro” que produce esta decisión consiste en que ambos están mejor, por tanto, no necesitamos recurrir al altruismo para explicar por qué Ann y Bill tienen incentivos para llegar a ese acuerdo. Es más, podemos explicar por qué si Ann y Bill no llegan a ese tipo de acuerdo, morirán, o lo que es lo mismo, podemos explicar por qué la selección natural conduce a Ann y a Bill a llegar a esos acuerdos. Sólo las Anns y los Bills que lleguen a este tipo de acuerdo sobrevivirán a largo plazo, porque sólo los que cooperen de esa manera podrán sobrevivir a un “cero”, esto es, a un año en el que no obtengan cosecha alguna (a los efectos, da igual, si quieren, pongan dos, tres o cinco “ceros”) como explicaré más adelante. No necesitamos, en definitiva, que Ann y Bill piensen en términos estratégicos.

¿Por qué Ann y Bill están mejor poniendo en común la cosecha y repartiéndosela por mitad cada año? No es sólo porque, de esa forma, reduzcan el riesgo de un “cero”, es que la puesta en común “aumenta el crecimiento”, es decir, la producción total es mayor que la suma de las producciones individuales por efecto de la puesta en común. Y eso es así porque, gracias a la puesta en común de la producción y el reparto igualitario, Bill y Ann, individualmente, empiezan desde un punto más alto (mayor número de granos para plantar) cada año:

Cualquier cosa que crece exponencialmente, crece más rápido ceteris paribus, cuando la puesta en común y el reparto igualitario reduce las fluctuaciones”.

ANN: 1er año: planta 1 y obtiene 3 (1×3); 2º año: planta 3 y obtiene 3 (3×1), es decir, Ann, empezó con 1 el primer año y acabó con 3 al final del segundo año.

BILL: 1er año: planta 1 y obtiene 1 (1×1); 2º año: planta 1 y obtiene 3 (1×3), es decir, Bill, empezó con 1 el primer año y acabó con 3 al final del segundo año.

Al final del segundo año, Ann y Bill tienen en sus respectivos graneros una suma total de 6

Si ambos ponen en común su cosecha y se la reparten a partes iguales, eso significa que,

– tras la primera cosecha, Ann y Bill han conseguido 4 en conjunto que se reparten por mitad. De modo que

– tanto Ann como Bill plantarán, el segundo año, 2.

– Si Ann consigue multiplicar por 1 lo plantado y Bill multiplica por 3 lo plantado, entre los dos conseguirán 2×1 + 2×3 = 8.

Es decir que la “magia del compartir” ha aumentado el bienestar en un 25 %. El reparto igualitario de las ganancias de bienestar permite que cada individuo esté mejor y, por tanto, que tenga incentivos para cooperar.

Obsérvese que lo único que se necesita es crecimiento exponencial, no aditivo. Que los rendimientos multipliquen la inversión y, naturalmente, que el factor sea superior a 1, al menos en alguna de las jugadas.

 

El cero

 

Ahora bien, como he explicado en otro lugar, si se admite la posibilidad de “ceros”, la cosa se pone más interesante en términos evolutivos. Imagínese que Ann planta 1 y obtiene una cosecha de cero el primer año, como todo número multiplicado por cero es cero, eso significa que no tendrá nada que plantar al año siguiente, de manera que Ann se morirá de hambre. Si todos los agricultores se enfrentan a la posibilidad de que, algún año, la cosecha sea cero, la extinción de los agricultores es segura en el largo plazo. De manera que los incentivos para mutualizar su producción se exacerban, sobre todo, si logran de esa manera, eliminar un cero. Imagínense, dice Mark Buchanan, que nos proponen jugar a los dados en estas condiciones

has de tirar un dado y si sacas un 6, ganas 10 € pero, si sacas cualquier otro número, pierdes 1 €. Lo racional es aceptar la oferta y tirar los dados. ¿Por qué? Porque si un 6 sale una de cada 6 veces que tiras el dado – si el dado no está “cargado”, la probabilidad de que salga un 6 es de 1/6 – ganarás 10 € x 1/6 y perderás 1€ x 5/6. La diferencia entre 10/6 y 5/6 es 5/6, o sea 83 céntimos de euro. Merece la pena jugar. Imagina que tiras el dado un millón de veces y ganarás 830.000 € tirando el dado.

 Si, en la primera de las tiradas, no sacas un 6, ya no podrás seguir jugando.

Ahora variemos levemente el juego y digamos que, como en el parchís, necesitas sacar un 5 para empezar a jugar. Si no fuera un juego competitivo o de suma cero (es decir, un juego cuyo objetivo es que sólo uno gane y los demás pierdan), lo racional sería que los jugadores pusieran sus “cincos” en común de modo que, cada vez que alguno sacara un cinco, alguien sacara una ficha y pudiera empezar a jugar. En el parchís, no sacar un cinco no es la muerte del jugador. Simplemente es un desperdicio de la tirada. Dado el objetivo del juego, la regla es racional porque permite que unos jugadores tomen ventaja y otros queden rezagados. De eso se trata. Pero cuando no se trata de jugar, sino de sobrevivir un día más, como le sucedía a los individuos de las sociedades primitivas, lo racional es mutualizar todos los recursos para minimizar la aparición de un cero. Y que se comporten de forma casi paranoica en relación con los riesgos medioambientales que podían acabar con su vida (la mordedura de una serpiente o de un insecto que se infecta, el ataque de un león cuando el grupo humano caza un antílope y trata de retirar el cadáver del animal…) porque “no podrían seguir jugando” si el riesgo medioambiental conduce a la muerte y, en un entorno peligroso, la probabilidad de que se produzca el evento letal, aunque pequeña, existe (puede salirnos un número distinto del 6 cada vez que tiramos los dados y tiramos los dados muchas veces si vivimos en medio de una selva de Nueva Guinea). Es racional, en tales circunstancias, adoptar una actitud paranoica o muy aversa a los riesgos potencialmente letales.

Pero, el lado “bueno” es que cuanto más elevado sea el riesgo de que aparezca un cero, más incentivos tienen los individuos para poner en común y repartir la producción. Esto quiere decir que, cuanto más arriesgado sea el entorno en el que vive un grupo de individuos, más incentivos tendrán sus miembros para poner en común los bienes y repartirlos igualitariamente.  Y, cuanto más arriesgado sea el entorno también, más rápidamente preponderarán los que cooperan sobre los que no cooperan en el seno de un grupo. Sencillamente, los que no cooperan se extinguirán atrapados por un “cero”. Y los que cooperan se reproducirán más.

 

Sociedades de cazadores-recolectores y sociedades agrícolas: condenados a cooperar

 

Los cazadores-recolectores podían obtener las ventajas de la puesta en común de los recursos y el reparto igualitario con relativa facilidad. Por varios tipos de razones. La primera es que no podían acumular alimento (no tenían graneros ni templo), de modo que un “cero” en la obtención de alimento equivalía a la inanición. La segunda es que el riesgo de “cero” era frecuente porque el entorno era muy peligroso. La tercera es que el riesgo de “cero” era frecuentemente “catastrófico” en los términos de la teoría del seguro, no asegurable, porque afectaba a todos los miembros del grupo al mismo tiempo (riesgos no independientes entre sí). Si no había caza, no había caza para nadie. La tercera es que las ventajas de agrupar esfuerzos y repartir igualitariamente el producto del esfuerzo común eran “evidentes” (piénsese en la caza: cazar una pieza mayor era imposible físicamente para un cazador individual, pero perfectamente hacedero para una partida de caza). Si es así, las presiones evolutivas – la selección natural – para convertir a los cazadores-recolectores en “comunistas” fueron muy potentes. Y no solo en comunistas. También en individuos bastante diferentes del modelo del homo oeconomicus. El homo sapiens será alguien que razone para cooperar y competir (con otros grupos distintos del suyo).

Pero para los agricultores, las cosas eran distintas como una simple comparación con los cazadores-recolectores demuestra: podían acumular, de manera que el “cero” era menos letal; podían diversificar las fuentes de alimento, disminuyendo la probabilidad del “cero” y podían producir individualmente (la unidad de producción será la familia), por lo que la presión para cooperar mediante la puesta en común era menos intensa (por eso surge la propiedad privada con la agricultura). Las ventajas de poner en común y repartir igualitariamente, pues, no eran tan evidentes. En ese entorno, el homo sapiens tiene más incentivos para degenerar y transformarse en un homo oeconomicus, pero, en sentido contrario, generar mucha más riqueza gracias a que la acumulación y el aumento del tamaño de los grupos permitió que el aprendizaje social “explotara” gracias a la especialización y la división del trabajo (aprender se hizo menos costoso cognitivamente; los cerebros se vuelven “colectivos”). Los incentivos para ser más individualista – para ser más egoísta -, pues, se multiplicaron porque se redujeron, comparativamente, las ganancias de la mutualidad o, recíprocamente, los mercados proporcionaban el aseguramiento-. Así, el agricultor que, por la sequía, ha obtenido una cosecha muy inferior a la de otros años, se ve compensado parcialmente por el aumento del precio de su producción, de este modo, los compradores de su producto “contribuyen” a reducir las pérdidas sufridas por el agricultor pagando un precio más alto y por eso no hay hambrunas en sociedades de mercado. En otras palabras, dadas las virtudes de la mutualidad y las de los mercados, se produce, también en este ámbito una especialización de las instituciones sociales que sostienen la cooperación en el seno de un grupo: la mutualidad para satisfacer las necesidades prudenciales – asegurar la supervivencia del individuo – y el mercado para satisfacer las necesidades discrecionales – maximizar el libre desarrollo de la personalidad individual -.

Pero eso no quiere decir que sociedades agrícolas no tuvieran enormes necesidades de mutualizar. Los riesgos que pesaban sobre los agricultores eran, a menudo, catastróficos, esto es, afectaban a todos los agricultores de una zona geográfica porque están ligados al clima (sequía, inundaciones, pedrisco, conflictos bélicos). Piénsese en la función del templo y el palacio en ellas. El templo era el lugar donde se almacenaba el grano y permitía asegurar que todos los agricultores cooperaban. Entregando una parte del excedente al templo, lo que hacían, en realidad, era poner en común una parte de su cosecha o, si se quiere y en términos más modernos, pagar la prima del seguro. Si un año un agricultor tenía una mala cosecha y se tenía que comer lo poco que había producido, podía acudir al templo en busca de grano para plantar la del año siguiente. Es decir, el templo actuaba como “cámara de compensación” que permitía la puesta en común. El templo, además, aseguraba la supervivencia del grupo en caso de un “cero”, esto es, de una mala cosecha generalizada para todos los agricultores como se refleja en la narración bíblica de las siete plagas de Egipto. El grano almacenado en el templo permitía al grupo sobrevivir a una mala cosecha.

Añadan, a continuación, los costes para garantizar el cumplimiento de estos acuerdos de puesta en común y reparto igualitario. De lo que se ha narrado hasta aquí se deduce que este tipo de arreglos o acuerdos sociales eran de la máxima importancia para la supervivencia y el florecimiento del grupo y puede imaginarse que los costes de ponerse de acuerdo al respecto para Ann y Bill son despreciables comparados con los que soportaría un grupo formado por varios centenares o miles de agricultores y que éstos, sin embargo, serían más elevados que los que soportarían decenas o algunos cientos de cazadores-recolectores.

En todo caso, nuestro cerebro se formó en los cientos de miles de años en los que fuimos cazadores-recolectores lo que nos permitió extender la cooperación, que reservábamos para los miembros de nuestro grupo, a extraños. Y, lo que es más importante, los riesgos catastróficos seguían presentes, lo que requería de instituciones que asegurasen la cooperación de todos. El templo y el palacio: las religiones monoteístas y el poder militar, a menudo unificados. Y sobre todo, instituciones, esto es, mecanismos para hacer cumplir las reglas de la cooperación castigando las conductas antisociales, las de los gorrones y las de los cizañeros. Y, naturalmente, la desigualdad. Recuérdese esta historia que cuenta Fafchamps

Ellsworth recogió datos de todas las transferencias que se producían entre los habitantes de un pueblo de Burkina Faso. Averiguó que una gran parte de esos regalos se entregaban a un individuo que, a continuación, los distribuía entre los más necesitados del poblado. La mayor parte de las contribuciones recogidas por este individuo llegaban, efectivamente, a los menos afortunados de la comunidad, pero una parte no despreciable acababa en manos del hermano de este hombre santo…

La desigualdad no se nota al principio porque los más necesitados son los que se benefician de la redistribución. Pero si el hermano del hombre santo o el hijo del hombre santo sucede en el cargo al hombre santo, en unas pocas generaciones, la desigualdad de riqueza en la aldea será notable. Del mismo modo, la desigualdad al principio no se nota porque lo que se aporta por todos se destina a la producción de bienes públicos que no se “reparten” individualmente sino que, simplemente, benefician a todos (unas murallas o un granero más seguro, un canal o sistema de regadío, un embalse de agua). Y la máxima desigualdad se consolida cuando se produce la concentración de la propiedad de la tierra en unas pocas manos como consecuencia de la explosión del crédito.


Foto: Christopher Payne, Asylum 0.20

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