Por Jesús Alfaro Águila-Real

 

Da cuando te sobre y pide (de lo que a otro le sobra) cuando lo necesites

Estaba James matando la cabra en el patio delantero cuando un vecino pasó por allí gritando: «¡Dame carne, James, dame un poco!». Sin discusión, James metió parte de las tripas en una bolsa de plástico y se las entregó. Cuando se marchó el vecino, pregunté a James si daría carne a cualquiera que se lo pidiera. James evitó una respuesta directa y contestó «Los vecinos son importantes; dependemos unos de otros».

Michael Schnegg

 

Lo que llamamos contrato de seguro es una forma muy moderna de asignar los riesgos a un sujeto especializado en esa función a cambio de un precio – la prima – pero todos los contratos de intercambio, los de gestión y, por supuesto, los de sociedad pueden proteger a los que los celebran frente a riesgos que amenazan su supervivencia. En otros términos:  el aseguramiento es un resultado que puede lograrse a través – casi – de cualquier contrato. Por ejemplo, el contrato de depósito permite al depositante asegurarse frente al riesgo de que, si sufre un incendio en su casa, sus mercancías perezcan o que se las roben. La cesión de una parte de mi rebaño a un pariente para que él se encargue de su cuidado y a cambio se quede con la leche y la lana de las ovejas – pero me entregue los corderos – me protege frente al riesgo de que una zoonosis afecte a mi rebaño (las ovejas «arrendadas» no se contagiarán) o frente al riesgo de escasez de pastos en mis terrenos habituales de pastoreo (porque el pariente las llevará a pastar a otros lados) al tiempo que me gana la benevolencia del pariente beneficiado. La constitución de una sociedad entre varios agricultores para construir un pozo con el que regar las tierras de todos reduce el riesgo de que el pozo situado en las tierras y propiedad de uno de ellos se seque y se pierdan sus cosechas. En fin, el mecanismo de los precios es una forma muy sofisticada y eficiente de seguro que suele desplazar a mecanismos colectivos con esta misma función porque no requiere de coordinación bilateral o colectiva explícita. Así, cuando el agricultor tiene una mala cosecha, si eso le ha pasado a los otros agricultores, los precios de mercado para su producción se elevarán por la escasez de oferta resultante. De hecho, deberíamos aceptar que tanto los intercambios como la producción en común son, primigeniamente, formas de aseguramiento a través de la cooperación.

Pues bien, si la función más primitiva de los intercambios es el aseguramiento, el tipo de intercambio más primitivo entre los miembros de una banda de seres humanos habría de adoptar alguna forma de trueque diferido. Para poder concretar un poco más hay que recordar lo que sabemos sobre las sociedades humanas de cazadores-recolectores

en ese entorno, el intercambio sostenible sin necesidad de un tercero que asegure el cumplimiento es el que adopta la forma de un trueque o permuta de comida en la que uno realiza su prestación en primer lugar – cuando consigue capturar alimentos en cantidad tal que tiene excedentes – y el otro después – cuando se encuentra en la situación del primero, esto es, cuando es él el que ha tenido la suerte de allegar alimentos en exceso de lo necesario para sobrevivir –.

La donación de lo que me sobra – y que se echaría a perder – equivale a usar los estómagos de mis vecinos como «refrigerador social» de esa comida sobrante y me asegura frente al riesgo de que yo no disponga, en el futuro, de suficiente alimento si mis vecinos, en tal ocasión, tienen excedentes y puedo esperar que «reciproquen» conmigo. El término “refrigerador social” lo he tomado de Temin que nos recuerda cómo Zola “describe un banquete que hubo en la década de los 50 en el siglo XIX en París y que organizó una lavandera para su familia, amigos y compañeros de profesión y que recuerda lo que Sahlins describió como el refrigerador social en la edad de piedra (mutatis mutandis).

Cuando los cazadores en las sociedades primitivas mataban un animal muy grande, invitaban al pueblo a comer porque no tenían forma de conservar la carne y esperaban que sus amigos serían agradecidos

y responderían de la misma forma cuando fueran ellos los que tuviesen la suerte de cazar una gran pieza. O sea que, en realidad, los estómagos de los vecinos y amigos se convertían en una gran nevera donde se guardaba la comida sobrante. Esta donación, en realidad, es la primera parte de un intercambio diferido.

En términos generales la «distribución» de alimentos en el seno de un grupo humano primitivo había de comprender mecanismos de reparto en diversas formas porque compartir como mecanismo de reducción del riesgo de inanición parece tan antiguo como el género humano. Las formas de reparto dependen de la forma en que se captura el alimento (en grupo o individualmente; a un alto coste o a bajo coste); de su escasez o abundancia (de que esté disponible todo el año o solo estacionalmente; de que sea abundante en unas zonas pero no en otras) y de la mayor o menor posibilidad de controlar a los aprovechados o gorrones.

En general, lo obtenido individualmente (caza de pequeños animales, recolección…) se consumía por la familia del cazador. Lo cazado en grupo (grandes piezas) o lo que era muy costoso cazar individualmente (tortugas de mar en ciertas épocas del año y, en general, la carne) se repartía entre toda la banda compensando al cazador, en caso de caza individual de una pieza muy valiosa, en reputación social que aumentaba sus posibilidades de acceso a los recursos del grupo.

Este reparto entre toda la banda podía adoptar, a su vez, dos formas. Una centralizada, con un «carnicero» que dividía la pieza en partes iguales; y una descentralizada en los casos en los que – como ocurre todavía hoy en grupos humanos primitivos como los Hazda – los individuos se desplazan periódicamente entre los diferentes campamentos entre los que se reparte la población que pertenece a la misma tribu. Si hay alta movilidad, puede ser sostenible un sistema de reparto de la comida basado en el «reparto a demanda» o «robo tolerado» que consiste en que el que necesita comida, simplemente, la pide al que la tiene en abundancia sea quien sea éste. La alta movilidad hace «las interacciones repetidas entre los mismos individuos menos frecuentes» y, por tanto, la reciprocidad menos eficaz para asegurar el cumplimiento: «se exige generosidad sin esperar reciprocidad». Se requiere una gran movilidad porque, en otro caso, los gorrones – los que no cazan y, por tanto, nunca tienen excedentes – proliferarán y nadie tendrá incentivos para acumular más allá de lo imprescindible y todos tendrán incentivos para ocultar los excedentes si ha de temer que otros les pidan. Si hay alta movilidad, todos se encontrarán, equilibradamente, en la posición de ser el que pide o el que dona.

Si la estabilidad de la población es suficientemente elevada (en un campamento están siempre los mismos), a nuestros antecesores se les debió de presentar como algo evidente que podían mejorar su condición si a este reparto «a demanda» añadían – o si lo sustituían por – intercambios de comida en forma de trueque diferido bilateral, esto es, con transacciones bilaterales sostenidas en la reciprocidad.

Ha de aclararse con carácter previo que no se trata de afirmar que la permuta o trueque precedió a la compraventa. Esto es imposible porque la permuta requiere de un cálculo y capacidad cognitiva mucho mayor que la segunda. En efecto, una permuta o trueque en el que las partes intercambien simultáneamente bienes heterogéneos exige una enorme capacidad de cálculo por ambas partes. Estas han de calcular si lo que tienen vale lo mismo que lo que les ofrecen a cambio (una flecha a cambio de una liebre). Además y sobre todo ha de haber coincidencia de necesidades temporal y espacialmente (el que ha fabricado la flecha necesita la liebre en el mismo momento en el que ha cazado la liebre necesita la flecha).

Frente a esos elevadísimos “costes de transacción” que la permuta presenta, los intercambios del tipo trueque diferido presentan unos costes de transacción muy bajos.

  • En primer lugar, son intercambios de comida hoy a cambio de comida mañana, es decir, lo que se intercambian son bienes homogéneos. Se elimina así la necesidad de calcular la equivalencia entre lo que uno da y lo que uno recibe porque uno no da lo que «quiere» sino lo que le sobra y uno no toma más que lo que necesita. No hace falta que surja – ni provoca que surja en la psicología humana – la idea de obligación en sentido jurídico y de equivalencia precisa de las prestaciones.
  • En segundo lugar, la coincidencia de oferta (alguien tiene excedentes) y demanda (alguien tiene necesidad de alimentos) es – había de ser – un hecho frecuente: uno de los vecinos había tenido más suerte o más oportunidad de cazar que otro o una vecina había encontrado un panal de miel, acontecimiento que no ocurría todos los días y junto a estos afortunados vecinos se encontraban, con igual frecuencia, vecinos que no habían tenido tanta suerte o acababan de tener un hijo o que habían sufrido un accidente que les impedía salir a buscar alimento.

Estos costes debían de ser tanto más bajos cuanto más estables fueran las poblaciones involucradas, esto es, cuanto menos cambiantes fueran los miembros de cada campamento. La estabilidad de la composición del campo permite «construir relaciones bilaterales basadas en la reciprocidad ya que los mismos individuos interactúan repetidamente en el tiempo y desarrollan una reputación como compañeros fiables a la hora de compartir«.

Si los costes de transacción son bajos, los beneficios de este tipo de intercambio son enormes y evidentes para las dos partes si ambas partes son capaces – como lo son los miembros del linaje homo desde hace millones de años – de ponerse en la situación de otro miembro del grupo y pueden imaginar el futuro. Son «low hanging fruits». La enormidad de la ganancia resulta del riesgo permanente de morir por inanición al que estaban sometidos los humanos. El “presupuesto calórico” de un animal determina en buena medida su estrategia de captura de alimentos, de competencia por los recursos o de inversión parental porque la evolución tiene aversión al cero, esto es, descarta las estrategias que, aunque maximicen la utilidad esperada, incluyen “ceros” en los resultados de las sucesivas “jugadas”. En el caso de los animales, descartan las estrategias que puedan resultar fácilmente en que se supere el tiempo máximo en el que pueden permanecer sin ingesta de alimentos. Y, en una especie tan cooperativa como la humana (la conducta se ha descrito en los murciélagos), también había de determinar el tipo de intercambio con los otros miembros del grupo a partir, seguramente, de la conducta respecto de las propias crías.

Pues bien, es evidente para cualquiera de ellos que si alguien tiene excedentes y no los comparte con el que tiene la necesidad alimenticia, éste muere. Y la muerte del necesitado se la puede representar el que tiene los excedentes como su propia muerte porque puede ponerse mentalmente en la situación de su vecino (tener un hijo, romperse una pierna) porque él mismo habrá experimentado la situación de hambre en el pasado. De forma que, a través de este tipo de intercambio diferido de comida se eliminan muchos “ceros” para las dos partes.

Pero es que, además, el coste de la “donación” para el “donante” es reducido porque, como se ha dicho, los alimentos no se pueden almacenar y, por tanto, se echarían a perder. Es decir, retener el excedente no aumenta las posibilidades de supervivencia del donante. Esto permite la extensión de esta conducta en relación con vecinos que no sean parientes.

Todos los miembros de la tribu consiguen así diversificar sus fuentes de alimentos y cubrirse frente al riesgo “asistemático” (como cuando diversificamos invirtiendo en índices bursátiles o a través de fondos de inversión) porque un individuo no sea capaz de conseguir comida por sí mismo durante unos días debido a un accidente o a la simple mala suerte. Puede contar con que algunos de sus vecinos tengan excedentes esos días.

Al mismo tiempo, la seguridad en el «cumplimiento» por la otra parte (esto es, que el que ahora recibe los excedentes reciprocará) está garantizada porque ambas partes viven en un grupo «totalitario» en el sentido de dependencia recíproca absoluta de los miembros del grupo de los demás para sobrevivir. Incumplir un «contrato» de este tipo significa, la muerte por ostracismo. Es probable, incluso, que este tipo de intercambio diferido no se practique con cualquier miembro del grupo sino solo con los “vecinos”. Pero, en todo caso, no es probable que nadie desee siquiera incumplir una regla como esta porque hay que contar que se haya internalizado en nuestra psicología y que no todos los miembros del grupo accedan a este «seguro» porque no sean apreciados por los demás como capaces de «reciprocar».

Así las cosas, es fácil colegir que una regla como la de “da cuando te sobre y pide lo que a otro le sobra cuando lo necesites” debió de ser de las primeras reglas morales internalizadas por la psicología humana en lo que a las relaciones sociales con vecinos – no familiares estrechos – se refiere.

Obsérvese que es una regla del mismo género que la golden rule porque implica reciprocidad: tratar a otro como querrías que te tratasen a ti. Su ámbito de aplicación es más estrecho porque se aplica sólo a las relaciones con vecinos, no con parientes pero tampoco con cualquier extraño, y porque se aplica al intercambio de comida. No a otros bienes. Pero la lógica es idéntica y, por tanto, escalable, Si disponemos de los “sistemas cognitivos” necesarios para llevar a cabo estos trueques diferidos de comida, disponemos de los sistemas cognitivos necesarios para realizar casi cualquier tipo de intercambio de bienes con otros humanos (determinación de la equivalencia entre dos bienes; sentido intuitivo de la propiedad y detección de gorrones o de amenazas de ser engañados), sobre todo si disponemos de precios – mercado – que reduzcan el esfuerzo cognitivo y de cálculo necesario para evitar ser engañados.

En fin, la idea de que sólo es lícito tomar la comida que pertenece a otro cuando este tenga excedentes es muy importante para que esta proto – golden rule sea un “equilibrio”, es decir, sea sostenible para regular los intercambios de comida en un grupo humano. El hurto famélico y el estado de necesidad en general llevan implícita la existencia de excedentes en el patrimonio de la víctima del primero o del que sufre el daño causado por el que sufre el estado de necesidad. Nos rebelamos en nuestro fuero interno contra el acaparador y el estraperlista y decimos que in extrema necessitate omnia sunt communia. Sucede, sin embargo, que cuando se internalizó esta regla en nuestra psicología, era muy fácil apreciar si alguien tenía excedentes de comida y si alguien la necesitaba (es decir, era fácil identificar a los gorrones y a los que tienen buena reputación cooperativa y, por lo tanto, solo se negarán a compartir cuando no tengan excedentes) por lo que la regla era “autoejecutable” sin la intervención de terceros. Pero la regla tiene que transformarse cuando los intercambios se refieren a bienes distintos de la comida y, sobre todo, cuando la acumulación de bienes – el ahorro – es una estrategia de aseguramiento disponible y los mercados se han generalizado como fuente de aprovisionamiento. Entretanto, sostiene la envidia.


FOTO: JJBOSE

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