Por Pablo de Lora

 

En una tribuna honesta y sugerente publicada en el diario El Mundo el 4 de octubre, Ricardo Calleja insta a que nuestros gobernantes den respuesta a una pregunta, para él, decisiva: “¿Cómo vivir?”. Es una cuestión que encierra, según él, otros tres interrogantes no menos cruciales: las formas de vida buena que la sociedad debe transmitir, los medios materiales para ello y el modo en el que podremos convivir políticamente.

Aunque Calleja apunta a cuestiones muy diversas a la hora de trazar sus respuestas, su tesis consiste, esencialmente, en la reivindicación de una forma de organización política en la que no hay renuncia a una moralidad pública, a la defensa y promoción de ciertas virtudes cívicas y morales, al amor a la verdad o a la justicia “por encima de intereses y presiones” y a un “sentido de pertenencia a una comunidad política concreta”. En cuanto a la dimensión instrumental – cómo procurar los medios que permitan a los ciudadanos vivir una “vida buena”- Calleja insiste en que no se trata de una cuestión meramente “técnica” que deba alojarse en manos de “expertos” que atienden a la “eficacia y eficiencia”, sino que hay que atender a las “formas relacionales típicas”, a las “capacidades de individuos y comunidades” para cumplir sus fines (“servir al prójimo y ganarse la vida para sí mismo y para los suyos”, afirma). Sé que su reflexión es mucho más rica pero confío en que esta síntesis de su tribuna no sea desfiguradora ni de su letra ni de su espíritu.

En todo caso, lo que me interesa es mostrar que la apelación de Calleja, alimentada en una crítica apenas velada al “liberalismo político”, descansa sobre un malentendido. Sobre ello me centraré en lo que sigue con el afán de que podamos seguir pensando y dialogando juntos.

Si Ricardo Calleja hubiera hecho sus preguntas en el Reino de Castilla allá por el siglo XII, las respuestas, tan obvias, habrían tornado sus reflexiones en una suerte de “pseudo-problema”: vasallos y señores debían vivir de acuerdo con las Sagradas Escrituras, y el poder temporal tenía como encargo así procurarlo. También si las formula en la Arabia Saudí de hoy se encontraría con una parecida respuesta aunque la fuente – la Sharía- sea distinta. Sabedores de que la diosa Temis puede vestirse con túnicas de seda muy distintas – hay un ideal de justicia pero muy distintas concepciones- no ha de extrañarnos que, como juez de las SS, Konrad Morgen se describiera como un “fanático de la justicia” (Herlinde Pauder-Studer y J. David Velleman, Konrad Morgen. The Conscience of a Nazi Judge, 2015).

Las preguntas de Calleja son pertinentes porque no podemos obviar el “hecho del pluralismo razonable” (con permiso de Rawls e indulgencia de Calleja) presente en nuestras sociedades. Calleja mismo lo asume cuando apela a la necesaria defensa de unos “mínimos” – no máximos- de moralidad pública. Y es que no hay desacuerdo posible sobre la existencia de lo que Calleja denomina “bases morales” del Estado (no hay legislador sin “pretensión de corrección” moral so pena de resulta auto-refutatorio, diría Robert Alexy), pero sí lo hay, y bien genuino, sobre el tamaño de los muros, cuán densa deba ser la argamasa moral de nuestra organización política. Y aquí los liberales – no necesariamente doctrinarios ni “fatwos”- pueden apostar por una cimentación mínima que no ahogue, por estirar la imagen arquitectónica, la fachada, la estructura y la distribución de espacios, verbigracia, el modo en el que cada cual pueda individualmente desarrollare siendo ello compatible con similares libertades y posibilidades para todos.

Pensemos en valores tan caros para Ricardo Calleja como el amor paterno-filial, las “formas relacionales y estructurales” tan imprescindibles como son esas agrupaciones que llamamos “familias”. ¿Puede el Estado ser indiferente o neutral frente a la institución familiar? Sería ridículo afirmarlo. El mismo Rawls – perdón de nuevo- señala que su teoría de la justicia presupone una sociedad política que se reproduce a lo largo de generaciones. Que nos reproduzcamos es, para empezar, un objetivo políticamente irrenunciable independientemente de que debamos aceptar el compromiso ascético que conlleva la castidad asumido por muchos individuos por razones religiosas, filosóficas o espirituales como un legítimo plan de vida. También el de quienes conforman familias no convencionales, que, en el fondo, bien podrán compartir los valores y virtudes que nos importan y nos deben importar como buen pegamento comunitario.

Los ejemplos podrían multiplicarse, como bien sabe Ricardo Calleja, pero basta con sintetizar esta modesta crítica a su planteamiento de la siguiente forma: del hecho de que la neutralidad absoluta del Estado sea imposible, no se sigue que sea absolutamente imposible la neutralidad del Estado. Ello presupone, claro, que tal característica no constituye una categoría “all-or-nothing” sino graduable, algo en lo que, creo, Calleja no estará en desacuerdo.


foto: @elnalfaro

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