Por Pedro Cruz Villalón
Tengo la convicción de que el Estado, este tipo de Estado, puede ganarnos la paz y quitarnos el miedo, darnos libertad y seguridad y llevarse al reino de la nada el terror.
Francisco Tomás y Valiente, A orillas del Estado, prólogo
Agradezco a la Facultad el honor de participar en esta señalada conmemoración del Profesor Tomás y Valiente en el trigésimo aniversario de su asesinato, ocurrido en estos mismos muros. Agradezco el honor de hacerlo en este formato en compañía del Presidente Felipe González, así como de quien me precediera en la presidencia del Tribunal Constitucional, el Profesor Rodríguez Bereijo, junto con el Profesor Fernando Vallespín en su función de moderador de esta conversación. Es por fin un honor y una satisfacción personal hacerlo en presencia de la familia Tomás-Valiente Lanuza, con el vivo recuerdo de Carmen Lanuza, su esposa: sin ella el Profesor no hubiera llegado a ser todo lo que fue para nosotros.
La circunstancia que comparto con el Profesor Rodríguez Bereijo de haber desempeñado la función de Presidente del Tribunal Constitucional tiene un matiz diferente en mi caso. Pues no es que la Facultad haya dado un Presidente del Tribunal en mi persona, sino que es el Tribunal quien ha dado un Profesor a la Facultad. Lo que no es difícil de entender. Pues, ¿a qué podría aspirar mejor, después de haber sido Presidente del Tribunal Constitucional sino a incorporarme a la Facultad de Derecho de la Autónoma de Madrid, aquella Facultad de Tomás y Valiente, y de tantos maestros del Derecho?
Esto dicho, quiero comenzar este primera intervención con la cita de un “Fragmento” de Heráclito: “El ciudadano debe defender las leyes de la ciudad con la misma entrega con la que defiende sus muros”. Solo me he permitido sustituir la palabra demos en la cabecera del Fragmento, del modo que se ve, pues no creo que Tomás y Valiente hubiera opuesto resistencia a que lo proyectase sobre su persona. Y es que eso es lo que él hizo, defender como ciudadano las leyes de su polis, con todas sus consecuencias. La cita del Fragmento la tomo del propio Profesor en la conferencia pronunciada en la ceremonia de recepción del doctorado honoris causa otorgado al Rey Juan Carlos por la Universidad de Bolonia con ocasión de su VIII centenario. Años más tarde, hice mía esta cita situándola en la cabecera del texto dedicado a Tomás Valiente con el que contribuí a la sección que el Jahrbuch des öffentlichen Rechts dedicó durante unos años al retrato de una personalidad judicial.
¿Quién era para mí Tomás y Valiente? Y quizá antes que eso, ¿qué era yo para él? Porque, en definitiva, va a ser lo mismo. Permitidme que me aproveche del par de líneas que me puso como dedicatoria de una recopilación de Constituciones históricas el día en que me despedí de él después de un tiempo a su servicio como Letrado en el Tribunal. La traigo a colación, no por nada, sino porque me parece que pone de manifiesto expresivamente algunos rasgos de su persona: “A Pedro Cruz Villalón, hombre serio —casi triste—, sevillano de ida y vuelta, cerebro ordenado y profundo y, sobre todo, amigo, buen amigo, con un fuerte abrazo”.
Como se ve, el Profesor empieza con un tono travieso, me llama no solamente serio sino incluso triste, casi triste, para luego pasar a formularme un cariñoso y velado reproche por haberme vuelto a Sevilla antes de lo acordado. Es luego cuando pasa al elogio, diciendo que el mío es un cerebro ordenado, de lo que no estoy seguro, pero para él eso era un señalado elogio, tener la cabeza ordenada. Lo importante es como termina, “sobre todo, amigo”. “Sobre todo, amigo”. Eso mismo podría haber dicho yo de él. Eso era ya en 1987, y así lo sería sin interrupción hasta esa cruel mañana, cuando el gerente del Tribunal interrumpió el Pleno presidido por Álvaro Rodríguez Bereijo. Esa mañana yo perdí a un amigo al mismo tiempo que lo perdía en todo lo que además era, para mí y para todos.
El profesor Tomás y Valiente y yo estábamos conectados en lo profesional de manera doble. En primer lugar por nuestra dedicación a la justicia constitucional. Pero también por nuestra dedicación común a la historia constitucional, él de una manera más rigurosa como historiador, yo de manera un tanto más osada como constitucionalista. Pero me reconocía como tal y me incorporó así al séquito de españoles en el histórico encuentro de iushistoriadores en Florencia editado como “Hispania”. En definitiva, aunque nuestras vidas no se hubieran encontrado en la justicia constitucional, nuestros caminos hubieran terminado confluyendo en la historia constitucional.
La primera conexión, qué duda cabe, fue la justicia constitucional y es en esa dimensión como mejor puedo dar testimonio de su obra. Tomás y Valiente está presente en el Tribunal Constitucional desde el primer día, e incluso meses antes en el informalmente llamado Colegio de Magistrados. Hay que ser conscientes de que, cuando se constituye el Tribunal en julio de 1980, la jurisprudencia del tribunal es una página en blanco. En principio, ¿puede haber una situación más ideal para un tribunal, y en concreto para un Tribunal Constitucional, que no estar condicionado por jurisprudencia alguna? Y sin embargo, ¡qué situación de vértigo, la de no contar más que con las palabras del texto constitucional!
A este tribunal le correspondía evidenciar que esas palabras no eran una sucesión de fonemas inconexos sino que podían ser la ordenación racional de nuestra vida pública. Se trataba de probar que esas palabras tenían sentido, que tenían sistema y que representaban una oportunidad histórica para España. Es ahí, en el Tribunal García-Pelayo, donde estuvo lealmente Tomás y Valiente desde el primer día.
Y, dicho entre paréntesis, ¿qué pintaba ahí la Facultad? ¿Qué pintaban en ese primer momento tanto el Profesor Tomás y Valiente como el Profesor Díez-Picazo? Pintaron mucho. Pues la suerte fue que los responsables políticos del momento —y aquí tenemos presente al entonces líder de la oposición— coincidieran en estos nombres, mutuamente complementarios. Pues estaban de acuerdo en que la excelencia, la sabiduría y la prudencia, junto con la independencia, eran la premisa de todo el invento.
Tomás y Valiente sucede a García-Pelayo, el Presidente fundador, en un momento en el que la justicia constitucional ciertamente ha alcanzado velocidad de crucero pero a la que queda una importante tarea de consolidación de la obra. Seguramente García-Pelayo era consciente de que esta tarea debía quedar para Tomás, como así solía referirse a él.
En suma, una institución plenamente consolidada, hacia adentro y hacia afuera, eso es lo que nos dejó Tomás y Valiente a sus sucesores. En primer lugar, al Presidente Rodríguez Bereijo, que alcanzó a coincidir con él en el ejercicio de la magistratura constitucional. Poco después, al Profesor González Campos y a mí, a quienes nos dio posesión el día su despedida del Tribunal y, ya en tiempos más cercanos, al Profesor Aragón Reyes. Todo lo anterior sin olvidar, no por último, a la pléyade de Letradas y Letrados procedentes de esta excepcional cantera del Tribunal que es la Facultad.
Me vais a permitir que cierre esta intervención con una cita del Profesor, extraída de su intervención en la referida ceremonia de relevo en el tribunal. Las pronuncia, pues fui testigo directo, con ese timbre tan característico suyo, plenamente consciente del momento que estaba viviendo.
“…Esa, la razón jurídica, es la razón que en este Tribunal se ha ejercido durante doce años. Con ella hemos enjuiciado problemas jurídico-constitucionales, sabiendo que el Derecho es producto y límite del poder político … Con ella hemos procurado interpretar nuestra Constitución … conscientes de que la razón técnica no puede actuar vaciada de toda carga valorativa, pues el Derecho no es forma neutra, sino la estructura racional de la libertad a la que ha llegado una cultura determinada en un momento de su historia».
Con toda su impronta hegeliana, son palabras que merecerían estar grabadas en piedra a la entrada del tribunal. Y, sin embargo, Tomás y Valiente se hubiera sentido defraudado si terminara con esta cita. Pues aquellas palabras suyas de entonces, ¿las formularía hoy de la misma manera? En concreto, ¿qué diría de la situación presente de esa “estructura racional de la libertad”, que no es otra cosa que la Constitución? Y aún, ¿en qué momento de su historia se encuentra hoy esa cultura que en el siglo pasado alumbró nuestra Constitución, como tantas otras en Europa? Por desgracia, no tenemos hoy entre nosotros a Francisco Tomás y Valiente. Pero me hubiera gustado oírle.
Gracias
* Palabras pronunciadas por el autor en la ‘Conversación’ mantenida el jueves 12 de febrero de 2026 en la ‘Semana Tomás y Valiente‘ de la Facultad de Derecho de la UAM.
Foto: La Vanguardia
