Por Fernando Pantaleón

Cuando yo llegué a Madrid para escribir mi Tesis Doctoral, el número 46 de la calle Cava Baja, en el barrio de La Latina, era, para la divina izquierda española, casi tan famoso como siempre lo ha sido, para el resto de los humanos, el número 221-B de Baker Street. Era la ubicación de un local llamado “La Mandrágora”. Al nivel de la calle, era un bar con varias mesas producto de reciclaje de antiguas máquinas de coser Singer, que permitían a los clientes entretenerse pisando el pedal mientras degustaban una absenta o un té exótico. Y bajando una escalera, había un llamado sótano cultural, de ladrillo visto, oscuro y mal refrigerado, donde oficiaban, junto a otros artistas como el mago Tamariz, tres grandes nombres de la canción de autor en la Transición Española: Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez.

Fue Javier Krahe el autor de la letra y la música de una preciosa balada titulada “Nos ocupamos del mar”, que comenzó cantando Alberto Pérez y que interpretan hoy Fito y los Fitipaldis. Una de sus estrofas dice así:

Todas las cosas tratamos, cada uno según es nuestro talante: yo lo que tiene importancia, ella todo lo importante”.

Naturalmente, os cuento lo anterior para hablaros de Nieves, mi cónyuge. Pues es mi caso, y estoy seguro de que es también el caso de muchos de los que han logrado hacer en la vida algo “que tiene importancia”, que esto sólo ha sido posible porque alguien a su lado sacrificó brillantes expectativas profesionales para hacer “todo lo importante”. Si a eso se une que Nieves está en el origen de las otras cinco mujeres que me han proporcionado (además de algunos serios disgustos) los momentos más felices de mi existencia –me refiero a mis dos hijas y a mis tres ‘nietucas’– se comprenderá que mis primeras palabras en este acto se hayan dedicado a ella; y también a las otras cinco, claro. Las caras de las seis serán mis primeras y últimas imágenes, cuando me alcance la cita en Samarra.

Volviendo de lo importante a lo que tan sólo ha tenido importancia, algo tendré que decir sobre lo que ha sido mi vida profesional; o más exactamente, sobre lo que han sido mis tres vidas profesionales: la de profesor, la de abogado y la de Juez. Como es posible que detectéis en lo que sigue algún punto de soberbia (la lucha de Nieves contra ese defecto mío nunca ha logrado un éxito completo), me apresuraré a decir dos cosas en mi defensa. La primera, que este es un país en el que la verdadera soberbia es mucho menos frecuente que la falsa modestia, vicio, este, en el que yo no he incurrido nunca. Y la segunda, que la soberbia es, ciertamente, un pecado grave: es un pecado capital; pero es que, a mi edad, me temo que es ya el único pecado que puedo cometer con alguna probabilidad de éxito.

Hablando ahora en serio, quiero recordar un texto que un colega de la Universidad Autónoma, Fernando Vallespín, incluyó en su discurso de jubilación, al que puso el muy órfico título de Descenso al Hades de las Clases Pasivas”.

El pecado académico es el mismo que el de Satanás, la soberbia o vanidad, la hinchazón del ego, que, cuando se ve frustrada, deriva en resentimiento. Creo haberme librado gracias a que siempre he practicado la admiración, esa emoción tan olvidada, el apreciar los logros, cualidades y acciones de los otros, que nos sirven también de ejemplo”.

Espero que sea cierto que la admiración es el antídoto de la soberbia, pues también yo he admirado mucho. He admirado siempre a los gigantes a cuyos hombros pude ver más lejos en el mundo de la Ciencia del Derecho. Los personificaré en don Luis Díez-Picazo, quien me brindó un raro privilegio: siempre he podido decir con orgullo quien ha sido mi maestro. Pero quiero mencionar también a otros cuatro, además de a Ricardo de Ángel, mi profesor de Derecho Civil en Deusto, que han contribuido esencialmente a mi formación como jurista. Tres nos acompañan hoy: José María Miquel, Antonio Manuel Morales y Cándido Paz-Ares (mi querido brother in law, que no cuñado). Al cuarto, Jorge Caffarena, todos le seguimos echando en falta.

A Jorge le conocí, siendo él profesor ayudante, el día mismo en el que me incorporé a la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Recuerdo que almorzamos, en Casa Virgilio, con los también ayudantes Fernando Huidobro, de Derecho procesal, y Horacio Roldán, de Derecho penal. Como bien comprenderán quienes hayan conocido a los referidos comensales, resultó una comida bastante deprimente: viendo a aquellos Fernando y Horacio –unos tipos de ultrajante belleza física– era obviamente imposible que, en esa Facultad, uno pudiera triunfar en el arte de la seducción erótica; y el chispeante ingenio de Jorge excluía, a todas luces, que cualquier otro pudiera llegar a ser el más ocurrente y divertido de las fiestas. No tenía, por ende, más remedio que intentar destacar en el menos cautivador terreno del Derecho. Esa fue la primera aportación de Jorge al resultado de que yo haya sido un jurista bastante competente. Hubo muchas otras, claro, dado que su gracia era pareja a su finura jurídica. Pero aquel primer almuerzo fue decisivo: consiguió que el embrión de jurista que moraba en mí no quedase asfixiado por el libertino cínico e indolente que siempre ha acechado en lo oscuro.

Mi carrera como profesor universitario se cerró con mi jubilación en el año 2019: el año que aparece al inicio de la película “Blade Runner”; pues ¡cómo iba perderme yo la posibilidad de declamar algún día “yo he visto cosas que no creeríais y que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”!). Y ha sido una carrera exitosa, seguramente porque tuve la suerte de vivir un tiempo de abundancia de plazas de Catedrático y la mayor suerte todavía de que Gregorio Peces-Barba se empeñara en traerme a su Universidad Carlos III. Pero sin duda mi mayor éxito universitario reside en quienes me hacen el gran honor de considerarse mis discípulos; la primera, Iris Beluche, colaboradora incansable junto a Nieves –la mejor de sus amigas– en que yo haya podido dedicarme a lo que tenía importancia.

La calidad de los trabajos jurídicos de ese grupo de profesores –los promotores de este acto–, incluido el manual de Derecho de Contratos que Xavier, Beatriz, Pedro y Ana acaban de publicar, me llena de sano orgullo; que –he de confesarlo– a veces degenera en insana soberbia, cuando reconozco en sus obras ideas que instilé en sus mentes más jóvenes, y que han sabido mejorar siempre. Ellos justifican mi vida universitaria. Como también la amistad con la que me honran los demás profesores (y amigos, sin embargo) que han tenido la delicadeza de dialogar conmigo en el libro que nos convoca.

Sería bonito terminar las palabras dedicadas a mi vida como profesor, añadiendo que también ha quedado justificada por lo bien que me lo he pasado escribiendo sobre Derecho. Pero mentiría. Ciertamente, el Derecho me ha apasionado. Y he disfrutado mucho esa fase de la investigación jurídica en la que uno se esfuerza, y a veces consigue, encajar las piezas de un puzle jurídico complejo en una solución innovadora, destructora de algún prejuicio injustificado. Pero, terminada esa fase, la tarea de enfrentarme al papel en blanco, para plasmar en él lo que tanto me había divertido buscar y descubrir, me ha resultado siempre de una dureza enorme.

Seguramente por eso, y me refiero ahora a mi vida como Juez en la Sala Primera del Tribunal Supremo, se trató de una vida breve. Lástima. ¡Cuánto le costó a mi amigo Vicente (Guilarte) que se me hiciera un honor tal alto! ¡Y cómo disfruté y cuánto echo todavía de menos las deliberaciones con los que eran, sin duda, y siguen muchos siendo los mejores jueces de España! Pero, terminadas las deliberaciones, cuando volvía a mi despacho, me encontraba con esos ojos severos de las sentencias pendientes de redacción. Y recomenzaba un sufrimiento que casi terminó por minar mi salud. A la pregunta de por qué dejé el Tribunal Supremo, siempre he respondido que, a los que hay que preguntar por qué siguen, es a los que se quedan: unos verdaderos héroes civiles. Encontrarme a altas horas de la madrugada corrigiendo una y otra vez párrafos de sentencias que me parecía que no habían quedado suficientemente claros, fuera verdad o no, es una de las experiencias más duras por la que he tenido que pasar, y he hecho pasar a Nieves. A la que no consolaba nada mi discurso de que escribir bien una sentencia del Tribunal Supremo era mucho más importante que escribir bien un artículo científico, porque aquello evitaría muchas sentencias de instancia malas. Es –yo le decía– como construir una buena carretera, que evita los muchos accidentes que provocan las carreteras mal construidas. Pero Nieves prefería no tener que no dormir con esa rara especie de Ingeniero de Caminos, que había vuelto a fumar dos cajetillas diarias a lo largo de jornadas sin fin.

Quede lo anterior como un modesto homenaje a los Magistrados de la Sala Primera del Tribunal Supremo, en especial a los que han participado en el libro de Diálogos del que hoy se trata. Algo tuve que hacer bien en mi paso por la judicatura para que ese conjunto de servidores públicos que no tienen precio haya querido honrarme de un modo tan desproporcionado. No preguntaré qué; me limitaré a saborear el resultado como mis pequeñas nietas saborean las gominolas con las que su abuela las premia: golosamente.

Y también en mi vida como abogado he admirado y admiro mucho. Y muchos de los que más he admirado en mis andanzas por Garrigues, primero, y por Uría Menéndez después, se hallan aquí hoy. Me permitirán que personifique a los primeros en José María Alonso, porque fue mi primer maestro en el arte de litigar; incluido el detalle de pasar mis escritos por su bien calibrado “injuriómetro” antes de presentarlos. Y Jesús Remón representa muy bien a los Uría; porque es un abogado muy sabio, y, a diferencia de mí, no siente la necesidad de decir que lo es: sabe que los demás se darán cuenta solos.

He contado muchas veces por qué me dediqué a la abogacía; pero no me resisto a volver a hacerlo hoy. Acababa yo de entrar en Garrigues, cuando me encontré en un pasillo con el gran don Aurelio Menéndez. «Pantaleón –me dijo– ¿cómo le va como abogado?». Pues verá, don Aurelio, le respondí; estoy un poco agobiado, porque el ejercicio profesional es muy absorbente y deja poco tiempo para seguir estudiando Derecho. «Así es, Pantaleón –repuso don Aurelio. Uno sólo puede ser dueño de sí mismo en la Universidad. Cuando uno pasa a ejercer, deja de serlo. Desengáñese, Pantaleón, usted ya nunca volverá a ser dueño de usted mismo». Yo a don Aurelio le respetaba mucho. Así que sólo pude musitar: «Ya, don Aurelio, sin duda es así; pero ¿sabe usted por qué ejerzo yo? Yo ejerzo para ser dueño de alguna cosa más».

Yo empecé a ejercer por dinero; pero añadiré de inmediato que no es ese el motivo por la que mi vida como abogado es la que, en su globalidad, más de ha divertido. Digo en su globalidad, porque ha habido también momentos muy duros: como el infierno de la Guerra del Fútbol (¿verdad, querida Ana?), hasta que llegó al Tribunal Supremo. Finalmente, conseguí seguir el muy sabio consejo de que los pleitos hay que defenderlos como propios; pero hay que perderlos, y preferiblemente ganarlos, como ajenos. Pero, en su globalidad, la litigación me ha divertido mucho: ¡Ah! ¡Qué momento ese en el que el presidente de una Audiencia interrumpió mi alegato para pedirme que me dirigiera al tribunal y dejase de zaherir con la mirada al abogado contrario! Seguramente tienen razón mis amigos los verdaderos profesores, cuando me dicen que yo nunca he sido de verdad uno de ellos; que siempre he escrito como un litigador. Me lo dicen con cariño, aunque no como un elogio; pero, a mi edad, ya me lo tomo como tal. Porque eso me evitará sufrir demasiado cuando constate que mis escritos universitarios acaban por seguir el destino de mis escritos procesales: la misericordia del olvido.

Muy queridos todos: si las amistades de un hombre son la mejor medida de su vida, vuestra presencia aquí hoy es la mejor demostración de que he sabido vivirla bien. Y el libro que habéis escrito es un regalo maravillosamente inmerecido, y que no se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Y termino ya, porque a uno le lleva un par de años aprender a hablar, pero llega a los setenta sin haber aprendido a callar. Contaba la hija del llorado Fernando Ónega que un día le pregunto a su padre qué es lo que había de decir en un acto como este. Y aquel gallego sin par le respondió: Pues hay una versión corta, y una larga. La corta es “Gracias”. ¿Y la larga?, le preguntó su hija. “La larga es: muchas gracias”.

Muchas gracias, pues, a todos y de todo corazón.


* Esta entrada reproduce el discurso pronunciado por el autor en el acto de entrega del Libro Homenaje («Diálogos con Fernando Pantaleón») que tuvo lugar en Madrid el 18 de junio de 2026