Por Alfonso García Figueroa

 

 

Reflexiones con ocasión de un reciente informe de la Real Academia Española de la Lengua

(Primera y Segunda parte)

 

 

La RAE ha dejado bien claro en su informe que nuestra lengua no es androcéntrica y que tampoco es una expresión del llamado heteropatriarcado (sea cual fuere el significado de este término).  A continuación, desearía demostrar a mayor abundamiento que, incluso si fuera cierto que nuestra lengua carga con unos orígenes perversos, éstos serían en todo caso irrelevantes a la hora de juzgar y condenar nuestro idioma tal y como pretende el feminismo de Estado. Desde esta perspectiva, el problema profundo del feminismo de Estado en relación con el lenguaje constitucional (y con el lenguaje en general) es que no comprende lo que es una convención.

Naturalmente, algo así no extraña en quien sostiene una concepción mágica del lenguaje. Quien contemple, en cambio, el lenguaje como una convención, puede ver con claridad cómo las convenciones (también las lingüísticas) se emancipan de su origen (también de sus presuntos orígenes misóginos) y no comprometen a quienes las usan con ninguna ideología en especial. A explicar los detalles de esta observación dedicaré este tercer post y con este fin desearía comenzar con un cuento basado en convenciones reales, que quizá nos pudiera ofrecer una primera aproximación intuitiva a mi argumento.

 

Un cuento: ¡Que ”el sábado se hizo para el hombre”, hombre!

 

Una fresca mañana de sábado ando limpiando mi casa. Levanto a primera hora las persianas y reverbera por el barrio el estertor seco de sus lamas cóncavas enrollándose dentro de su cajón. También abro las ventanas para que entren a raudales la luz y el aire. Cuando llega el momento de fregar el cuarto de baño, lleno un cubo de agua jabonosa, dejando que corra y que rebose a borbotones hasta derramarse. Luego, sacudo enérgicamente almohadas y cojines desde mi balcón y, para terminar, recorro la casa con el ruidoso aspirador, mientras la lavadora y la secadora funcionan, no menos estruendosas, a pleno rendimiento. Mientras me entretengo en tales faenas, me doy cuenta de que el ruido es ensordecedor, de que mis ademanes resultan poco discretos y de que cualquiera diría, en fin, que lo mío es una suerte de exhibicionismo higiénico. Sin embargo, también me doy cuenta de que todo el mundo está actuando así en ese momento, de que prácticamente todo el vecindario se dedica a lo mismo cada sábado por la mañana. En otras palabras, compruebo que en realidad estoy siguiendo una práctica. Tan es así que la práctica tiene un nombre y a ella se refiere la gente como “hacer sábado”.

En realidad, cuando “hago sábado” estoy siguiendo una vieja costumbre del barrio, que sirve a ciertos fines y todo parece indicar que se trata específicamente de fines de coordinación. Es decir, puesto que todos sabemos allí que todos hacemos sábado, cabe suponer entonces que todos sabemos que en ese momento no conviene hacer visitas al resto de vecinos que estarán ocupados haciendo sábado y, por cierto, tampoco tendrá mucho sentido interrumpir la propia labor, pues uno andará en las mismas, que para eso es sábado por la mañana como se minimizarán, igualmente, las molestias recíprocas puesto que todos hacemos ruidos cuando esos ruidos molestan menos a nuestros vecinos. El caso es —¡bendita coordinación!— que, si todo el mundo hace lo mismo al mismo tiempo, todo el mundo saldrá beneficiado y eso también lo sabe todo el mundo. Al fin y al cabo, todos sabemos que hacemos sábado porque los demás lo hacen y que además (y esto será relevante aquí) lo seguiríamos haciendo cualquier otro día de la semana, con tal de que a todos les diera por la limpieza a fondo ese otro día alternativo al sábado, siempre que se garantizara con ello la función de coordinación de la nueva convención.

 

“¡Sois unos repugnantes antisemitas!”.

 

Sin embargo, he aquí que una mañana de sábado se acerca a nuestro vecindario un individuo, al que llaman “el loco Simón”, que, al grito de “¡Antisemitas! ¡Miserable panda de antisemitas!”, comienza a increparnos a todos los vecinos que andamos limpiando nuestras casas pacíficamente. Preguntado por su estrafalaria reacción, aquel sujeto vociferante nos aclara entre aspavientos su indignación. Viene a revelarnos que, pese a la aparente inocuidad de aquel uso y pese a nuestra “pobre ignorancia”, hacer sábado es una práctica antisemita porque surgió en la España del siglo XVI cuando exhibir laboriosidad en sábado era un modo de mostrar eficazmente que aquella casa no era judía. Por tanto —añade Simón con la típica condescendencia de los iluminados—, los vecinos del barrio estaríamos participando en una práctica que atenta contra la dignidad del pueblo judío. Ergo —concluye nuestro inquisidor, ahora iracundo— “¡Sois unos repugnantes antisemitas!”.

Naturalmente, los vecinos replicamos que ninguno de nosotros es antisemita ni alberga ningún sentimiento de animadversión contra nadie y tratamos de explicarle al atrabiliario Simón que simplemente actuamos así por consideraciones prácticas, singularmente por razones de coordinación; que no dudaríamos en limpiar a fondo cualquier otro día, siempre que se dieran las circunstancias adecuadas para garantizar la coordinación. Pero ni modo. Todo es inútil. Nuestro censor, Simón, no atiende a razones y sigue increpándonos, lanzando sus invectivas contra nosotros y nuestras familias, mientras pinta esvásticas en nuestro vestíbulo y la fachada del edificio, y todo ante la pasividad de la policía. Hemos sido condenados, en fin, a la condición de antisemitas sin tener ni pajolera idea de a qué viene todo este espectáculo y sin posible redención, pues para nuestro visitante la convención nos ha manchado para siempre y poco importa ya lo que digamos.

Pasado el tiempo, nos iríamos enterando, por cierto, de la mejor suerte que habría de correr nuestro inquisidor, pues a raíz de su activismo, Simón conseguiría en las siguientes elecciones municipales una concejalía de igualdad e interculturalidad bien dotada presupuestariamente. Más tarde, una vez en el cargo y tras sus rifirrafes con la Asociación Vecinal Y.L.E.S. (“Yo Lavo En Sábado”), que trató infructuosamente de explicarle que ya nadie seguía por antisemitismo una costumbre de medio milenio, el nuevo edil no se conformaría con tales explicaciones. De hecho, la primera medida estrella de su mandato no habría de ser otra sino cambiar de nombre el sábado, que a partir de entonces se llamaría “Higienario”.

Hasta aquí nuestro cuento. Uno de los principios esenciales del arte del cuento es que debe mostrar (y no explicar) sus enseñanzas. Dicho de otro modo: hacer explícitos los resortes de un cuento equivale a malograrlo. Sin embargo, no es este post un ejercicio literario, sino más bien una reflexión moral y política en la que conviene ser transparentes. Por ello, sugiero a continuación la siguiente tabla de equivalencias o sustituciones por si alguien lo requiriera:

 

 

CUENTO                                 REALIDAD

Convención
Hacer sábado
Hablar la lengua española
 

Origen histórico:

 

Antisemitismo siglo XVI

 

Androcentrismo heteropatriarcal (si acaso) in illo tempore

 

Fin coordinativo de la convención:

 

Coordinar vecinos para un uso eficaz de la mañana de sábado

 

Coordinar hablantes para la comunicación eficaz (e.g. principio de economía, etc.)

 

Aguafiestas:

 

Simón el loco

 

Vicepresidenta Calvo

 

Víctimas del aguafiestas:

 

Vecinos del barrio

 

Hombres

 

Imputación injustificada por el aguafiestas a sus víctimas:

 

Antisemitismo

 

Machismo

 

Asesor al que ignorar:

 

Asociación vecinal Y.L.E.S. “Yo Lavo En Sábado”

 

RAE

Medida de consolación del aguafiestas

(second best):

El sábado se llamará “Higienario”  

Llamar al Congreso de los Diputados simplemente “Congreso

 

 

Si procedemos a hacer estas sustituciones, probablemente comprenderemos enseguida a qué viene la desazón que asalta a cualquiera (varón o mujer) en la sociedad actual cuando el feminismo de Estado le acusa de machismo simplemente por decir “todos” en lugar de “todos y todas” o por no seguir al pie de la letra en nuestros discursos toda esa serie de desdoblamientos de género absurdos y, por cierto, carentes de ningún fundamento como bien ha aclarado la RAE. Personalmente, cada vez que alguien me mira mal (y eso se nota enseguida, pues hay mucha intención en ello) cuando no uso esos bobos y enrevesados giros del llamado “lenguaje inclusivo” y se me tilda de machista por eso, me siento en la misma situación absurda que el pobre protagonista del cuento al que se le llama “antisemita” por limpiar su casa en sábado.

Naturalmente todo esto requiere un poco más de detenimiento y convendría señalar algunos antecedentes y explicar los malentendidos y los alambicados líos en que se ha embarcado el feminismo de Estado con este embrollo típicamente posmoderno. En síntesis, a continuación voy a sostener que las feministas como la señora Calvo y quienes reclaman una feminización del lenguaje constitucional no tienen mucha idea de lo que es una lengua, en cuanto convención lingüística; ni tampoco (me parece a mí) les importa gran cosa; que para qué nos vamos a engañar.

 

Pero, ¿qué es una convención…?

 

A responder esta cuestión nada fácil se lanzó el gran filosofo norteamericano, David Lewis, ante el reto que le planteó otro pensador no menor: W.O. Quine. El desafío podía condensarse en esta pregunta: ¿Cómo es posible que el lenguaje sea convencional, si, para acordar tal convención lingüística, necesitamos acordarla… mediante un lenguaje? La respuesta de Lewis es su gran libro de 1969, Convention. A Philosophical Study (Blackwell, Oxford, 2002). En él, Lewis profundiza en la naturaleza de nuestras convenciones lingüísticas; pero aquí nos va a interesar especialmente comprobar cómo, por su propia naturaleza, las convenciones se emancipan de sus orígenes, que pueden ser a su vez extremadamente irracionales y que a su vez tales convenciones pueden racionalizarse a posteriori a través de ciertos mecanismos tal y como he tratado de mostrar en otro lugar y en relación con el Derecho.

Pero veamos ahora cómo nacen las convenciones y para ello imaginemos que Pepe llama por teléfono a Pepa y que la llamada inacabada se interrumpe en cierto momento y ambos desean recuperar la comunicación (el ejemplo se inspira en un problema que tenían los habitantes del pueblo natal de Lewis, Oberlin, donde en los años cincuenta las llamadas se interrumpían automáticamente a los tres minutos de su comienzo).

Pues bien, las opciones son cuatro. Desde luego, las dos primeras no resuelven el problema: (a) Si ambos interlocutores llaman al tiempo, no podrán comunicarse y (b) si ninguno llama, tampoco, naturalmente. Es obvio: sólo si uno de ellos (Pepe, o bien Pepa) llama; mientras que el otro (Pepa, o bien Pepe, respectivamente) aguarda la llamada, entonces será posible la comunicación. En consecuencia, hay dos opciones para restablecer la comunicación: (c) Pepe llama y Pepa espera llamada; o bien (d) Pepa llama y Pepe espera llamada.

Ahora sabemos qué no hacer (descartamos las opciones a y b), pero todavía no sabemos qué hacer, puesto que debemos decidir entre las dos soluciones “en equilibrio”: c y d. Es decir, hay que resolver un problema de coordinación para poder reanudar la comunicación: ¿Quién llama y quién espera la llamada? Esta es el tipo de coordinación que requiere el desarrollo de una convención que discrimine entre las dos soluciones potenciales, pero también arbitrarias para este caso.

Pues bien, todo parece indicar que las convenciones nacen de un conocimiento común (common knowledge) de que casi todos actúan conforme a una regularidad de comportamiento y que casi todos esperan que casi todos los demás actúen conforme a ella y casi todos prefieren que cualquiera actúe de conformidad con la convención a condición de que casi todos actúen conforme a la convención; aunque preferirían actuar conforme a una convención alternativa si casi todos actuaran conforme a tal alternativa. La convención a la que atienden Pepe y Pepa (y a la que atendieron los habitantes de Oberlin en su día) fue la siguiente: Restablece la comunicación el que la estableció en primer lugar (i.e. llama Pepe, opción c). El problema de coordinación ha sido resuelto mediante esta convención: En caso de interrupción, llamará quien llamó primero.

 

¿…Y por qué el origen de una convención nos debe importar un pimiento?

 

¿Pero cómo se alcanza entonces tal convención? El origen de la convención puede ser totalmente irracional. De hecho, muchas veces basta con resortes psicológicos sin sentido y muchas veces basta con que sean simplemente llamativos (salient). En ejemplo de Lewis adaptado a nuestro país: una amiga y yo vamos sin teléfono móvil por el metro de Madrid y entonces comentamos despreocupadamente un titular del periódico de aquella mañana que a ambos nos llamó la atención: según las estadísticas (que me invento ahora), el 18 por ciento de los turistas japoneses que pierden de vista a su acompañante en la estación de metro de Sol, suelen reencontrarse casualmente en el monumento al oso y al madroño. No bien acabamos de comentar esa anécdota, nos perdemos de vista en la estación de Sol. ¿Y ahora cómo nos encontramos? Cualquier lector puede imaginar lo que sucedió: Mi amiga y yo decidimos entonces, cada cual por su cuenta, (esto es, sin comunicación explícita) dirigirnos al oso y el madroño, guiados por lo llamativo (salient) de la noticia del periódico que comentamos casualmente en el vagón y, en efecto, allí, a los pies del oso de la Puerta del Sol, nos encontramos. Basada en el azar de un precedente anecdótico había nacido así una convención para resolver un problema de coordinación. ¿Significaba entonces eso que mi amiga y yo amábamos el oso y el madroño? ¿Se habría de convertir los sucesivos seguidores de la convención en unos madrileñistas centralistas? ¿Supone el triunfo de tal convención la existencia de un espíritu plantígrado que domina a todos los que se pierden por el metro? ¿Estamos quienes seguimos la convención in statu nascendi dominados por un misterioso madroñismo aún sin saberlo cuando buscamos el monumento cada vez que perdemos de vista a un amigo por la Puerta del Sol? No lo parece; pero lo que está claro es que se trata de un terreno abonado para que pertinaces nietzscheanos, culturetas de mesa camilla, parapsicólogos de toda laya y aficionados a la astrología comiencen a proponer (o imponer) interpretaciones más profundas de por qué, finalmente, hemos decidido mi amiga y yo encontrarnos bajo el oso y el madroño; algo que luego iría convirtiéndose en convención porque les contamos a los amigos aquella aventura conventiogénica.

Como vemos, el origen de la convención (su genealogía, por decirlo nietzscheanamente) y su irracionalidad carecen de importancia para explicar la convención y la calidad de los participantes en ella. Lo importante es que la convención sirva a su fin. Ese fin puede ser coordinarnos los vecinos del barrio para no molestarnos mutuamente el sábado por la mañana, conseguir que se restablezca la comunicación entre Pepe y Pepa o también lograr reencontrarnos mi amiga y yo tras perdernos por la estación de Sol. Análogamente, el origen de la lengua, que es una convención cuyo fin es comunicarnos, podría ser todo lo irracional que se quiera (también todo lo inmoral que fuere), y ello sería totalmente irrelevante a la hora de evaluar el valor moral de nuestras convenciones de coordinación y especialmente de comunicación.

En palabras de Lewis, “la directa influencia [del origen de la convención] se desvanece en días, años o vidas” (op, cit., p. 84). Muy expresivamente, Lewis compara las convenciones con el fuego en este aspecto:

“Bajo condiciones favorables, una concentración suficiente de calor lo extiende y perpetúa. La naturaleza del fuego no depende de la fuente original de calor. Las cerillas pueden ser el mejor de los encendedores, pero eso no es razón para pensar que los fuegos encendidos de otro modo sean menos fuego” (id.: p. 88).

Las convenciones nacen, así pues, con un fin que en los casos examinados son de coordinación o comunicación y no son siervas vitalicias de su contexto al igual que el fuego puede quemar una casa aunque naciera en un bosque lejos de toda civilización. No hay nada esencialmente perverso en las convenciones más allá de lo que la gente quiera hacer con o sin ellas. No es cierto, en fin, que practicar una convención nos condene a comulgar con sus remotos orígenes. En suma, si los orígenes de nuestra lengua castellana fueran misóginos (que no lo son), entonces ello carecería de importancia y, desde luego, no servirían para fundar nada menos que una reforma constitucional.

 

Conclusiones

 

En el primer post, sostuve que la supuesta urgencia por feminizar la Constitución es infundada bien por redundante, bien por inapropiada cuando pudiera no ser redundante  en el sentido de que la Constitución no es lugar para consagrar medidas transitorias como las medidas de discriminación positiva.

En el segundo post, sostuve que la supuesta urgencia por feminizar el lenguaje de la Constitución que reclama el feminismo de Estado con su insistencia en someter el texto constitucional a un lenguaje inclusivo carece de toda justificación tal y como ha señalado la RAE y ello pone de manifiesto que el feminismo de Estado, con su indistinción entre uso y mención, se entrega a una concepción mágica del lenguaje y a una concepción irracional y regresiva de nuestras convenciones lingüísticas.

Finalmente, en este tercer post he sostenido que el propio debate sobre los orígenes presuntamente excluyentes (no inclusivos) de nuestro idioma y que ha alentado el feminismo de Estado carece de sentido. Incluso en el caso (refutado por la RAE) de que en sus orígenes la lengua española hubiera sido misógina, ello no comprometería en absoluto nuestras convenciones lingüísticas ni a los hablantes con intenciones misóginas. Esto significa que el feminismo de Estado no sólo se basa en una concepción mágica del lenguaje, sino también en una concepción desenfocada de las convenciones en general. Entrar en la explicación de tales confusiones conceptuales en una doctrina tan influyente en la actual coyuntura histórica como el feminismo de Estado es una cuestión que excede los propósitos de este artículo y habrá que dejar para futuras ocasiones.


Foto: Miguel Rodrigo

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