Por Jesús Alfaro Águila-Real

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A propósito de Petersen/Osmundsen/Tooby, The Evolutionary Psychology of Conflict and the Functions of Falsehood, 2020

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“Cuando dos tribus primitivas vecinas competían entre sí, la que tuviera un mayor número de individuos valientes, cooperativos y leales, siempre dispuestos a advertirse recíprocamente de cualquier peligro, a ayudarse y a defenderse, sería sin duda la tribu que lograría vencer a la otra… Así esas cualidades morales y sociales avanzarían con el paso del tiempo y se difundirían por todo el mundo”

Charles Darwin

Introducción: ¿por qué mienten los políticos?

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Si uno pone en google “las mentiras de Sánchez” le salen miles de artículos y noticias que recogen las afirmaciones claramente falsas del presidente del Gobierno en sus dos años de magistratura. De Trump, ya ni hablamos. Lo novedoso respecto a lo que ocurría en política hace unas décadas es que los políticos mentirosos lo hacen a conciencia y sabiendo que van a ser desmentidos inmediatamente. Es decir, los políticos de ahora son mentirosos descarados.

Lo que los autores de este trabajo explican es que las mentiras tienen una función social que hace imposible que desaparezcan de la vida pública. Porque el objetivo es galvanizar a los del propio grupo cuando existe un conflicto con otro grupo social. Las mentiras son una forma de transmitir a “los nuestros” la urgencia de actuar si queremos evitar que los “otros” nos aniquilen o nos derroten. No es extraño que alguien experto en teoría de juegos como Clara Ponsatí dijera no hace mucho “Buenos días a los jóvenes que ganaron la batalla de Urquinaona” para referirse a los disturbios de Barcelona que se saldaron con pérdidas millonarias y numerosos heridos. Mercier sostiene que estas afirmaciones disparatadas tienen dos objetivos: o hacerse perdonar por el grupo (como cuando uno acaba confesando que mató a Manolete) o mostrar su compromiso con el grupo (como Ponsatí al llamar guerreros a los pijos descerebrados que tuvieron su noche de juerga frente a una policía maniatada). Porque decir esas cosas es una señal que alguien que no esté así de comprometido no puede imitar a bajo coste. A Clara Ponsatí, a Puigdemont, a Turull, a Junqueras o a Torra no les importa aparecer como lunáticos sosteniendo las creencias más inverosímiles si así demuestran que están más comprometidos con la causa de la independencia que nadie, sobre todo, cuando hay competencia al respecto y acusaciones de traición por doquier. También es importante de estas afirmaciones su función de movilizar a los propios partidarios y esta función la cumplen mejor afirmaciones más disparatadas porque creérselas implica un mayor compromiso con el grupo. De manera que si los partidarios del líder se “creen” esos disparates y actúan en consecuencia, estarán demostrando que son fieles miembros de ese grupo y, cuantos más sean, que su grupo es el más fuerte en el conflicto que se avecina.

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El conflicto individual en animales y el conflicto comunicativo en los humanos

Los conflictos entre animales – por ejemplo, por las hembras entre los machos – son individuales y las “batallas” se organizan como una comunicación en la que hay un emisor de señales (piénsese en la berrea de los ciervos) y un receptor que, a su vez, trata de interpretar los indicios que percibe para decidir si debe entrar en pelea física con el otro o debe retirarse una vez comprobado que el rival es más fuerte y que la derrota es más o menos segura. En este marco, las presiones evolutivas llevan a los animales a “mentir” (a exagerar su envergadura física enviando una señal engañosa: el tono grave del berreo o pasearse lateralmente y en paralelo respecto del otro animal) y, recíprocamente, a desarrollar mecanismos que permitan detectar esa mentira. Los autores ponen el ejemplo de la “piloerección” (piel de gallina), es decir, la habilidad para erizar el propio pelaje y simular, de esa forma, una mayor envergadura cuando se aproxima un conflicto: “Los oponentes deben ser capaces de determinar cuánto es piel intrascendente y cuánto es músculo”. Esta es una “carrera armamentística” – juego de suma cero – que se salda, a menudo, con el hiperdesarrollo de ciertos rasgos anatómicos (el tamaño de la cornamenta) más allá de lo que sería adaptativo (aumenta el riesgo de que un depredador le ataque). No hay un equilibrio estable para esta dinámica.

En el caso de una especie ultracooperativa y ultrasocial como la humana – en los que la supervivencia individual depende en tan amplia medida de la pertenencia a un grupo y en la que existen conflictos frecuentes intragrupo y con otros grupos – la psicología humana ha tenido que desarrollar extraordinariamente mecanismos psicológicos para lidiar con el conflicto. No es extraño, pues, que se haya dicho autorizadamente que razonamos, no para resolver problemas cognitivos, sino para persuadir, manipular, enseñar a otros y evitar ser explotados o engañados por otros miembros del grupo.

De lo que hablan los autores aquí no es de las relaciones interindividuales (el conflicto entre dos individuos como el que se plantea en otros animales por las hembras) sino de los conflictos entre facciones o coaliciones (conflicto intergrupal).

 

Coordinar a los miembros de una coalición como función de la difusión de información

 

El punto de partida es que nuestra psicología nos pone en estado de alerta en una interacción cuando apreciamos que el que está enviando el mensaje tiene incentivos para engañarnos, es decir, cuando existe un conflicto de interés con el emisor y que lo “apagamos” cuando el que nos envía el mensaje no es alguien que tiene incentivos para engañarnos. Se explica así por qué resolvemos como lo hacemos el puzzle de Linda la cajera. En general, tampoco estaremos alerta cuando nuestros intereses están alineados con los del emisor del mensaje. Si el mensaje lo manda nuestra madre o lo manda alguien de “nuestro” grupo, tenderemos a creer su contenido y si se avecina un conflicto con otro grupo, lo interpretaremos en función de dicho conflicto. Esto es así porque los humanos – especialmente los varones – hemos desarrollado un agudísimo instinto coalicional.

¿Qué es una coalición? Es curioso que los autores la definen como se definía una gens en Roma (los que comparten un nombre: Gentiles sunt inter se, qui eodem nomine sunt)

“un conjunto de individuos interpretado por sus miembros y por otros como que comparten un identidad común y abstracta, incluyendo la propensión a actuar como una unidad, defender los intereses comunes y tener estados mentales compartidos y otras propiedades de los agentes humanos individuales, como estatus y prerrogativas”)

Esto último es más interesante que la cuestión de la identidad común aunque ésta sea más básica de la existencia de una coalición. Y lo es porque aproxima coaliciones e individuos. La psicología humana ha situado a las coaliciones humanas a medio camino entre el individuo y el superorganismo. Los humanos no somos hormigas y las coaliciones no son hormigueros (porque rara vez las coaliciones humanas son congregaciones totalitarias) pero, gracias a las posibilidades de comunicación y coordinación y a los mecanismos mentales proporcionados por una evolución que beneficiaba a las coaliciones más cohesionadas, las coaliciones humanas acaban presentando rasgos y “propiedades” que normalmente atribuimos sólo a los individuos.

Cuanta mayor sea la dependencia del individuo de su pertenencia a un grupo – y a un grupo determinado – para su supervivencia, más dispuesto estará a creerse los mensajes de los que dirigen su grupo y menos relevante será la veracidad o falsedad del contenido de los mismos o la plausibilidad de la creencia o juicio de valor. Y en el caso de los humanos, hay buenas razones para pensar que un pobre bípedo implume que no perteneciera a una coalición “estaba desnudo a merced de cualquiera que sí perteneciera a alguna. Formar parte de una coalición era casi tan imperativo como la comida o el aire”, lo que, sin duda, explica nuestra disposición a conformar nuestra conducta a la de la mayoría y nuestra prosocialidad.

 

El estatus del individuo depende del estatus de la facción a la que pertenece. El estatus es un bien posicional: por qué el nacionalismo es incompatible con la igualdad

 

De manera que, en muy buena medida, el estatus de un individuo depende de la coalición (la corporación) a la que pertenezca lo que le mueve a aumentar el estatus del grupo. Recuérdese, el estatus es un bien “posicional” de manera que la competencia por estatus, a diferencia de la competencia en los mercados de productos, es un juego de suma cero: alguien sólo puede elevar su estatus a costa de que el del otro se rebaje, por eso el único equilibrio estable es el de la igual dignidad – estatus – de todos los seres humanos).

Y le mueve a aumentarlo porque el estatus individual, en especies ultrasociales como los humanos, depende en enorme medida del estatus del grupo al que uno pertenece. Históricamente, la familia o el clan proporcionaban el estatus a los individuos. En algunas sociedades, sin embargo, como las occidentales, las corporaciones facilitaron la transformación de esta competencia por estatus en una competencia meritocrática ya que la pertenencia a una corporación y el acceso a los “honores” y “privilegios” correspondientes no venía determinada exclusivamente por el nacimiento en una determinada familia o la pertenencia a un determinado clan o etnia, lo que convirtió el “juego suma cero” en un juego de suma positiva y a Europa Occidental en la región más rica del planeta con las instituciones políticas menos opresivas.

Desde esta perspectiva y en ausencia de conflicto inminente, los mensajes de los líderes de cada coalición irán dirigidos a aumentar la “autoestima” del grupo. Y cuando esta es baja, las afirmaciones con tal objetivo se vuelven delirantes. Es lo que sucede con todos los nacionalismos pero especialmente, con los nacionalismos irredentos que carecen de Estado. Por eso los nacionalismos – todos – son incompatibles con la igualdad de todos los ciudadanos. Porque el nacionalismo encierra indefectiblemente la atribución de un estatus más elevados para los miembros de la nación en relación con los que no lo son en el territorio que se considera nacional. Y por eso también el nacionalismo es la guerra. Naturalmente, en países democráticos, el nacionalismo oculta esta pretensión de superior estatus para los miembros de la nación – del propio grupo – bajo la apelación a que lo que se hace es defender la lengua o al autogobierno pero la exclusión subsiguiente de los que no comulgan con los tenets del grupo es inmediata y desmiente la pretensión de respeto de la igualdad.

Si el juego es de suma cero, la producción de estatus para los del propio grupo se logra humillando a los que no forman parte de la propia coalición y, en este punto, la reacción de la coalición rival es decisiva:

Si, como ocurría en los Estados sureños de EEUU en 1900, se produce un linchamiento y los negros de la zona no se rebelan ni protestan porque protestar significaría la muerte, se está comunicando públicamente que es aceptable tratar así a los negros.

o sea que la “coalición” de blancos eleva su estatus porque esta proclamando que es mucho más poderosa que la de los negros y que pueden extraer todo el estatus que deseen a costa de éstos últimos. Pero

si una paliza de la policía a un negro en Los Ángeles en 1992 provoca semanas de disturbios raciales, se está enviando una señal por parte de la facción perjudicada de que se siente lo suficientemente poderosa -capaz de infligir suficientes costes- como para que el maltrato sufrido pueda servir de precedente del equilibrio que cabe esperar. Es la generalización (en la mente de los observadores) de los malos tratos tolerados de uno o más miembros de una coalición a uno o más miembros de la otra lo que hace que el estatus de grupo sea un bien público. Por ello, los daños que atraviesan las fronteras del grupo son mucho más destacados psicológicamente que el maltrato de un miembro del grupo por otro… Un evento de indignación sirve como un punto de coordinación que al poner en peligro el estatus del grupo motiva la activación del instinto coalicional, lo que en sí mismo da la oportunidad de dirigir la acción de las masas hacia la cohesión y aumenta los recursos, el poder y la reputación de la coalición.

Es la función de la indignación moral como mecanismo de sincronización. Si el nacionalismo va ganando en España es, precisamente, porque los nacionalistas han elevado su estatus a costa del estatus del español y la reacción española, como la de los negros del Sur norteamericano a comienzos del siglo XX ha sido la de no protestar, si bien, por razones muy diferentes y menos justificadas que las de aquellos.

 

Cuando el conflicto entre dos facciones se agudiza

 

¿Qué ocurre cuando se aproxima el conflicto entre dos facciones? Al margen de que la dependencia del grupo se exacerba si el conflicto es bélico porque éste puede terminar con la desaparición de una de las coaliciones, lo lógico es que cada una de ellas se apreste para la guerra y haga lo que sea para ganarla. Y para ser la coalición ganadora es fundamental la coordinación entre los miembros de la coalición. Aquí es donde las creencias comunes y los mensajes – falsos o verdaderos – juegan su papel.

¿Qué factores predicen que mi coalición será la ganadora en un conflicto con otra (a diferencia entre un conflicto entre dos individuos de una especie)? Como decía Darwin, “el número de miembros, la intensidad de la disposición de los miembros a sacrificarse por el grupo, la cohesión del grupo y la capacidad del grupo para coordinarse entre sí en proyectos comunes”, o sea, “la capacidad del grupo para resolver los problemas de acción colectiva” que existen para “proyectar fuerza”. La guerra, recuérdese, es cooperación exacerbada porque es cooperar para competir y cuando un posible resultado de la competencia es la aniquilación de uno de los contendientes podemos esperar que “se activen extraordinariamente los mecanismos psicológicos para lograr la cooperación intragrupo”. Recuérdese el experimento de dividir a los niños en “rojos” y “azules” pero también en la sensación de poderío que da un pelotón de soldados desfilando de manera perfectamente sincrónica. Cabe esperar, pues, que en contextos prebélicos “los miembros de las facciones rivales incrementen sus señales de devoción mutua, que enfaticen su unidad y que adopten señales comunes de coordinación (banderas, tatuajes… gritos de guerra…)” Y que los que perciben esas señales reaccionen, no como el ciervo, – “no te fíes”, “mantén activo tu sistema de vigilancia frente al engaño” – sino aceptándolas de buen grado sin preocuparse mucho de su veracidad.

Estos mensajes resuelven el primero de los dos problemas de la acción colectiva (el otro es el de controlar a los parásitos o free riders): “dirigir la atención de los miembros del grupo hacia el objetivo o proyecto común”. Y es a resolver este problema de coordinación al que sirven las mentiras “para consumo propio”.

Cuando el objetivo o proyecto común es evidente para cualquiera, no es necesaria ninguna coordinación explícita. Basta ver cómo se organizan espontáneamente los vecinos para apagar un incendio. El fuego es suficientemente “explícito” para “atraer la atención” de todos. Pero cuando no lo es, es necesario intercambiar y difundir información, es necesario “organizarse“. Y si estamos en un contexto de conflicto con otra facción, la información interesante y valiosa es la que permite presentar a las facciones opuestas como una amenaza (“vienen a por nosotros”) “a la vez que señala a nuestra propia coalición como decidida y con la capacidad para vencer, mostrando la agresividad necesaria para resultar convincente . En este contexto, también, “se promoverá a líderes que, a su vez, se concentren en el conflicto e incentiven a todos los miembros del grupo a implicarse en él”. (“sangre, sudor y lágrimas”). Veámoslo más despacio.

 

Los rumores: no es exactamente que la primera víctima de la guerra sea la verdad, pero casi

¿Y qué función cumple en este contexto la veracidad o falsedad de las afirmaciones de hecho o la plausibilidad de las creencias? En cuanto a las creencias, ya he dicho que compartir creencias disparatadas es una forma de expresar el compromiso con el grupo. Más novedosa es la idea de que las mentiras pueden servir como herramientas para la coordinación. Los autores se apoyan en el análisis de los rumores que preceden a los disturbios y conflictos raciales de Horowitz. Un “buen” rumor prebélico es aquel

(i) que no puede ser desmentido ni verificado fácilmente;

(ii) que es un buen “meme” (tiene un contenido y una estructura que facilitan su difusión) y, en lo que a su función en el contexto de un conflicto se refiere,

(iii) que galvaniza a los miembros de una facción porque su contenido les informa de que la facción rival es una amenaza para el bienestar del grupo porque es una facción poderosa y que está a punto de atacar.

La difusión de rumores de este tipo coordina a los miembros de la facción,

Aunque parece razonable formular la hipótesis de que los horribles rumores motivarían a los receptores a huir del enemigo, su propósito es más bien inculcar un sentido de urgencia y dirección: “Tenemos que actuar ahora y esto es lo que hay que hacer“. Esencialmente, el contenido de los rumores previos a los disturbios proporciona una indicación de cuánta fuerza se necesita, de la violencia conjunta que se planea implícitamente por las mentes coordinadoras.

Y, naturalmente, la eficacia en este sentido de los rumores depende de que la amenaza para el bienestar del grupo sea suficientemente “terrible” para mover la atención y mover a la acción. Que el PP gobierne no es, en este sentido, una amenaza suficiente para galvanizar a los votantes del PSOE (aunque sí para Miquel Iceta) pero Vox sí. El estatus de los miembros del grupo se ve amenazado por la facción rival y la difusión de mentiras sobre el rival permite elevar el nivel de atención conjunta y disposición a la acción de los propios seguidores.

¿Qué nos dice esta función sobre el contenido de la información difundida? Pues que la información sea o no veraz es ampliamente irrelevante.

“Desde una perspectiva adaptativa, la cuestión no es que la mente humana esté diseñada para difundir activamente información falsa. Es más bien que la veracidad o falsedad de las afirmaciones que propaga no es relevante o motivador en sí misma”

Más aún, que la veracidad de la afirmación puede, por el contrario, reducir la eficacia de la coalición si no consigue atraer la atención de los miembros de la facción, dificulta su difusión (¡no nos distraigamos con minucias!) o provoca divisiones en el interior de la facción (los más racionales pueden volverse críticos y hay que evitar que la gente se ponga a averiguar si es verdad o mentira y para eso, lo mejor es que se trate de afirmaciones inverificables) o no consigue movilizarlos y trasladarles la urgencia de actuar (¿pero hay realmente un conflicto con el otro grupo? ¿Estamos en un juego suma cero?) en defensa del estatus del grupo.

Pero hay más. No solo es que los que difunden esos mensajes tengan incentivos para mentir (si eso aumenta su eficacia, lo que es probable porque la realidad suele ser mucho menos excitante que los cuentos) sino que los que los reciben tienen incentivos para creérselos porque han “suspendido” la vigilancia epistémica a la que se refiere Mercier: quieren ser manipulados porque perciben que va en interés de su coalición – y, por tanto, en interés propio – serlo.

La motivación de los emisores de la información movilizadora es decir “estoy dispuesto a actuar”, y la motivación de los receptores es evaluar “¿cuántos están dispuestos?”. La exactitud de la información es irrelevante. Es la señal de la motivación inherente a la información lo que es clave. Y… tales señales pueden ser mejor transmitidas exagerando la realidad.

En este sentido, “tragarse” la mentira es un signo de lealtad hacia la coalición: “Cualquiera de cualquier identidad puede creer una verdad evidente; pero sólo los miembros devotos del grupo apoyarán las afirmaciones colectivas que no estén respaldadas por pruebas”. No tiene mérito indignarse cuando un grupo lanza un ataque real y dañino contra otro grupo. Lo que tiene mérito es creerse, por ejemplo, que los MENA suponen un riesgo para la sociedad española o que Vox obligaría a los homosexuales a volver al “armario” o creerse que los judíos asesinaban bebes y usaban su sangre para elaborar su pan. Es imposible que alguien acepte cualquiera de las tres afirmaciones anteriores como plausible si no es como signos expresivos de la propia identidad y pertenencia en exclusiva a una coalición. En concreto, esas creencias significan “soy de Vox y solo de Vox”; “soy antifascista” y “soy antisemita” respectivamente. “Estas señales – dicen los autores – no solo generan conocimiento común – coordinan a los miembros de la coalición – sino que reducen el riesgo de parasitismo o de deserción en la acción subsiguiente contra el enemigo si la información se considera como una señal creíble de compromiso con las posiciones del grupo”. Es difícil, en efecto, desdecirse cuando se ha ido tan lejos en lo que uno está dispuesto a aceptar. Pero sobre todo, sostener y difundir este tipo de creencias equivale a quemar las naves porque son tan extremas que no hay otros grupos que las compartan y, por tanto, que podrían “acoger” al creyente. Por eso son también importantes cuando se está formando el grupo: “los procesos de formación de un grupo son tan complejos que no pueden esperar a que el enemigo esté a la vista para ponerse en marcha”.

 

Hacer afirmaciones falsas es una forma de expresar la capacidad del líder de llevar a la victoria a la propia coalición

 

En fin, los líderes pueden señalizar su carácter dominante diciendo mentiras. ¿Por qué? Porque decir mentiras es algo que los machos dominantes tienen en su arsenal de herramientas de dominación. Se habla de dominación en la teoría de las jerarquías sociales cuando las posiciones de líder – seguidores se basan en el uso por el primero de la intimidación y la coacción.

La dominación puede ejercerse esencialmente desafiando a los demás… una forma de desafiar a los demás es simplemente negar sus creencias y cuanto mayor sea el número de personas cuya creencia se desafía, mejor señal de dominancia será la afirmación correspondiente. Si esto implica al mismo tiempo mentir descaradamente o aferrarse a creencias que contradicen hechos obvios, la señal puede reforzarse aún más. Las declaraciones de falsedades pueden, en este sentido, ser una señal de dominio y, por lo tanto, aumentar el atractivo del que emite la señal como líder frente a los conflictos intergrupales… los mentirosos descarados… son atractivos porque su comportamiento indica una falta de respeto por las normas establecidas…  esto crea la paradoja de que los políticos que obviamente mienten pueden parecer más auténticos.


Foto: Manuel María de Miguel